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A 71 años del bombardeo en Plaza de Mayo que intentaba matar a Perón y mató civiles

El 16 de junio de 1955, hoy hace 71 años, aviones de la Marina Naval y la fuerza Aérea atacaron la plaza de mayo. Tenían como objetivo matar al presidente. Mataron a civiles. Desde uno de los balcones del entonces Minis…

Publicado Por Chajari al DiaLectura 10 min
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Claves

  • El 16 de junio de 1955, hoy hace 71 años, aviones de la Marina Naval y la fuerza Aérea atacaron la plaza de mayo.
  • Supuestamente, la escuadrilla iba a participar de un acto de desagravio a la Bandera Nacional y a José de San Martín, sacudidos ambos por la violencia política desatada días antes.
  • Eran las 12:30 del jueves 16 de junio de 1955, hace ya 71 años.

El 16 de junio de 1955, hoy hace 71 años, aviones de la Marina Naval y la fuerza Aérea atacaron la plaza de mayo. Tenían como objetivo matar al presidente. Mataron a civiles. Desde uno de los balcones del entonces Ministerio de Ejército, hoy es el Edificio Libertador, sede del Ejército y del ministerio de Defensa, el entonces presidente Juan Perón, junto a sus más cercanos jefes militares, vio cómo se aproximaban a la Plaza de Mayo y a la Casa de Gobierno los primeros aviones navales.

Supuestamente, la escuadrilla iba a participar de un acto de desagravio a la Bandera Nacional y a José de San Martín, sacudidos ambos por la violencia política desatada días antes. Eran las 12:30 del jueves 16 de junio de 1955, hace ya 71 años. No habría tal desagravio: aquel era un ataque mortal. Una de las primeras bombas que dejaron caer los aviones navales, cayó detrás de la Rosada, sobre la avenida Paseo Colón, y dio de lleno en un trolebús que circulaba hacia el sur.

Cerca de Perón, el ministro de Ejército, general Franklin Lucero, ordenó cerrar todas las ventanas y correr sus cortinas. Perón, visiblemente conmovido según recordaría uno de los pocos marinos leales al gobierno, el almirante Gastón Lestrade, dijo a Lucero: “Lucerito, hágase cargo”. Afuera caían más bombas y estallaban los primeros disparos de la aviación naval contra la multitud reunida en la Plaza.

El bombardeo aéreo del centro de la ciudad, la metralla disparada desde el aire sobre edificio y avenidas del centro porteño que estaba poblado por la rutina de un jueves al mediodía pero, además, por una multitud que ansiaba ver un simple desfile militar, transformó aquel mediodía en una gigantesca matanza de civiles inocentes. El infierno duró hasta las 17.40, cuando los sublevados se habían rendido ya dos horas antes y los pilotos navales huían a Uruguay.

Fue entonces cuando uno de esos últimos aviones en cruzar el río se desvió un poco de su rumbo, lo comandaba el capitán Carlos Enrique Carpús, para lanzar sobre la Plaza, sobre lo que quedaba de la multitud, sobre los bomberos que intentaban sofocar las llamas y sobre los equipos de auxilio que intentaban salvar la vida de los heridos, una última bomba y su tanque suplementario de combustible.

Tras la primera oleada de aviones el presidente se había refugiado en los sótanos del ministerio, consciente de que los sublevados intentaban matarlo. La defensa de la Casa Rosada, y de Perón, estuvo a cargo del Regimiento de Granaderos a Caballo, custodia presidencial, que enfrentó a la Infantería de Marina que lanzaba sus ataques desde el ministerio de esa fuerza.

El plan de los golpistas Los golpistas contaban con la colaboración de los llamados “comandos civiles”, armados y confabulados para colaborar con el golpe de Estado y con el asesinato de Perón. Según la investigación publicada en 2010 con la firma del ministerio de Justicia y Derechos Humanos, la idea de los comandos civiles era instalar un gobierno con tres dirigentes a la cabeza: Miguel Ángel Zavala Ortiz, Américo Ghioldi y Adolfo Vicchi.

La participación de militares y civiles enemigos del gobierno de Perón está corroborada por la investigación del historiador Isidoro Ruiz Moreno, insospechado de alguna simpatía con el peronismo, en su obra en dos tomos: “La Revolución del 55”. En sus páginas Ruiz Moreno reveló que Zavala Ortiz, Vicchi y Ghioldi pensaban asumir el poder como una “Junta de la Revolución Democrática”, para delegar luego el mando en un Jefe que presidiría el nuevo gobierno.

Habían preparado ya una serie de decretos que imponían la intervención de los gobiernos provinciales en sus tres poderes, con los jefes militares de mayor jerarquía en cada una de ellas que actuarían como comisionados, dictaba también la intervención de la Confederación General del Trabajo para “restituir la libertad de agremiación”, disponían la “inmediata libertad de todos los presos políticos y militares” y ordenaba el fusilamiento de quien “desacatara o resistiera la autoridad de la Revolución Democrática o atentara contra la vida o la propiedad”.

Gran parte de los oficiales navales que tomaron parte del complot y del bombardeo a la Plaza de Mayo desempeñaron altas funciones en la última dictadura militar, conocida como “Proceso de Reorganización Nacional”. Por ejemplo, uno de los ayudantes del entonces ministro de Marina, contralmirante Aníbal Olivieri, era el entonces capitán de fragata Emilio Massera, de veintinueve años, que en 1973 sería ascendido a Jefe de la Armada por Perón, el hombre al que había intentado asesinar dieciocho años antes.

Los otros ayudantes de Olivieri eran los capitanes Oscar Montes y Horacio Mayorga. Montes fue canciller del “proceso” en 1976, cuando sucedió al almirante César Guzzetti, herido en un atentado terrorista. Con Mayorga se da una historia singular. Los complotados tenían algunas dudas sobre cuál sería la reacción del ministro Olivieri cuando se desencadenara el bombardeo. Uno de ellos era Mayorga. Cuenta Ruiz Moreno que el joven capitán dijo: “No sé qué tengo que hacer desde el puesto de ayudante del ministro…”.

Un superior le contestó: “Mayorga, cuando el ministro haga el menor intento de abortar esto, usted le pega un tiro”. Mayorga se negó: “Cuente con mi silencio, pero no con mi participación. Un hombre de bien, a alguien que le ha dado tanta confianza después de un año y medio, nunca le podría pegar un tiro. Puedo impedir su movimiento. Pero ni sueñe con lo otro”.

El ensayo para el derrocamiento de Perón El ataque a la Casa de Gobierno y a la multitud reunida en torno a ella, fue el ensayo general del posterior golpe exitoso contra Perón, en septiembre de ese mismo año.

Entonces, las acciones serían lideradas desde Córdoba por el general Eduardo Lonardi quien, aquel mediodía de junio, cuando la primera bomba cayó sobre la Plaza, miraba todo desde la vereda del Banco Nación, en diagonal a la Casa de Gobierno, tal como reveló su hija, Marta Lonardi en su libro “Mi padre y la Revolución del 55”. Allí Marta Lonardi asegura que su padre no fue informado del complot de junio. El Ejército tenía sí comprometidos al general Pedro Eugenio Aramburu y al general Justo León Bengoa.

El intento de asesinar a Perón y de hacerse con el poder, lo que hace aún más grande aquella tragedia, se dio en medio de un aire político enrarecido, irrespirable para muchos, estremecido por episodios de violencia, de persecución política, de asfixia de la oposición y de aspereza institucional.

Para variar, la crisis económica sacudía los bolsillos, la inflación estaba casi fuera de control, un clásico argentino; el gobierno luchaba contra lo que llamaba “agio y especulación”, una campaña que, en un intento de controlar los precios, no encontraba mejor idea que desatar torpes y absurdas clausuras de almacenes, verdulerías y carnicerías de barrio. Todo en medio de un índice de participación de los obreros en el PBI del cincuenta y tres por ciento, un récord para la empobrecida América Latina.

Ya en 1951 un intento fallido de golpe militar liderado desde Córdoba por el general Benjamín Menéndez, había sido una señal de la resistencia que Perón despertaba en un sector de su propia fuerza. El presidente había descalificado el intento y a sus protagonistas con una frase gaucha y despectiva: “Una chirinada”, en alusión al asesino de Juan Moreira.

El gobierno también era cuestionado por casos de corrupción que entonces parecía intolerable y, en comparación con los niveles del siglo XXI, parece un juego de chicos. Uno de los personeros del gobierno peronista, Juan Duarte, hermano de Eva Duarte, se había suicidado el 9 de abril de 1953, un año después de la muerte de la segunda esposa de Perón, sospechado de participar en un negociado con la exportación de carne.

La oposición sugirió de inmediato que había sido asesinado, lo que sostuvo otra tradición argentina: suicidio sospechado de homicidio, y viceversa. Seis días después de la muerte de Duarte, el 15 de abril, mientras Perón hablaba a sus partidarios, un atentado terrorista en una de las bocas del subterráneo vecinas a la Casa de Gobierno había provocado cinco muertos y noventa y tres heridos. Perón vs.

la Iglesia En 1954 había estallado un conflicto al parecer sin vuelta atrás entre el gobierno y la Iglesia, conflicto que acaso impulsó a los conspiradores a actuar contra Perón. Los antecedentes del bombardeo a la Plaza de Mayo también tienen raíz en las pésimas relaciones del peronismo con la dirigencia católica. El sábado 11 de junio de 1955, una procesión callejera de Corpus Christi que el gobierno había prohibido, se realizó bajo techo, el de la Catedral.

Al terminar la misa, fervorosos católicos a los que se sumaron opositores a Perón tan lejos del catolicismo como lo estaban algunos dirigentes comunistas unidos a la protesta, salieron a la calle para protagonizar una serie de incidentes con sus rivales peronistas y con la policía. Resultado: fue quemada una bandera argentina.

El peronismo culpó a los católicos, pero las investigaciones sembraron la sospecha de que había sido el sector más duro del gobierno el que había ultrajado el símbolo nacional para poder culpar a sus rivales.

Como fuere, el gobierno decidió expulsar del país a dos obispos argentinos, Manuel Tato y Ramón Novoa, que debieron partir a Roma de inmediato mientras, como repercusión de los incidentes del 11 de junio, la comunidad católica acusaba al peronismo de haber intentado incendiar la Catedral aquel sábado de truenos. El Vaticano amenazó con la excomunión a los “responsables de la expulsión” de los dos sacerdotes. La Congregación Consistorial, encargada de dar a conocer la decisión, no daba nombres.

¿Se animaría la Santa Sede a excomulgar a Perón? Esa pregunta no tuvo respuesta porque fue conocida el 16 de junio, cuando la historia ya se había dado vuelta. El gobierno sabía que existía una conspiración en su contra, y los golpistas sabían que el gobierno sabía de sus planes: por eso los adelantaron para el jueves 16. Los conspiradores se reunían en el departamento “E” del primer piso del edificio de Cuba 2230, en el barrio de Belgrano.

Era la casa del almirante Samuel Toranzo Calderón, sede del comando revolucionario quien, en vísperas del bombardeo, trasladó la “base de operaciones” a su despacho en la sede del ministerio de Marina. El 15 de junio, el capitán de fragata Guillermo Rawson entró al despacho donde se reunía la cúpula de la conspiración y se topó con el anuncio de un camarada: “Nos largamos mañana”. Rawson dijo: “Ah, qué bien”. Y el otro: “No tan bien, porque lo que pasa es que nos han descubierto”.

Perón desarrolló su actividad normal ese día en el que nada sería normal. A las nueve de la mañana su leal ministro de guerra, el general Lucero, le había anticipado la novedad: la Armada se había sublevado. Perón recibió a las diez y cuarto de la mañana al embajador de Estados Unidos, Albert Nufer, que quería acercarle un obsequio de parte de un grupo de oficiales militares estadounidenses.

Luego, el embajador recordaría que Perón estaba “no sólo tranquilo y sosegado: estaba más afable que nunca”, y que le había asegurado que el conflicto con la Iglesia, que al parecer era una preocupación del diplomático, iba a aumentar su popularidad. A la hora en que Perón hablaba con Nufer estaba previsto el inicio del bombardeo a la Plaza de Mayo. No pudo ser porque el día había amanecido con cielo cubierto y con una tenue y molesta llovizna. De todas formas, una multitud colmaba la Plaza.

La información de los diarios anunciaba: “Hoy a las 12, una formación de aviones Gloster Meteor de propulsión a reacción pertenecientes a las unidades de caza interceptora de la Fuerza Aérea Argentina, con asiento en la VII Brigada Aérea, sobrevolarán la Catedral Metropolitana donde descansan los restos del General San Martín. (…) como acto de desagravio a la memoria del Libertador ante los hechos ocurridos el sábado último (…)” Aquello no era cierto.

A esa hora ya sobrevolaban la ciudad más de cuarenta aparatos d...