Claves
- El medio que alguna vez se presentó como fiscal moral de la provincia terminó convertido en una estación de servicio política para los mismos sectores que durante veinte años administraron Entre Ríos como botín.
- La pregunta ya no es qué denuncia Análisis, sino a quién protege, a quién disciplina y a quién le cuida la espalda.
- Durante años, Daniel Enz construyó una imagen pública de periodista implacable, de denunciante permanente, de investigador incómodo.
El medio que alguna vez se presentó como fiscal moral de la provincia terminó convertido en una estación de servicio política para los mismos sectores que durante veinte años administraron Entre Ríos como botín. La pregunta ya no es qué denuncia Análisis, sino a quién protege, a quién disciplina y a quién le cuida la espalda. Durante años, Daniel Enz construyó una imagen pública de periodista implacable, de denunciante permanente, de investigador incómodo.
Llegado desde Santa Fe en los años ochenta, con paso por El Diario, sociedad con el “Pacha” Mori y una historia empresarial que muchos en Paraná todavía recuerdan con preguntas abiertas, Enz convirtió a Análisis en una marca provincial. Pero el tiempo, que suele ser más cruel que los archivos, fue dejando al descubierto otra cosa: el supuesto látigo del poder terminó funcionando como guardia pretoriana de una fracción del mismo poder.
Hay quienes todavía recuerdan aquel crédito del Banco de Entre Ríos que, según se comentó durante años, habría quedado impago por los primeros socios del emprendimiento. También se dijo que, en tiempos de privatización, la administración bustista habría terminado mandando esa deuda al cajón de los incobrables. Si eso fue así, no se trató de un dato menor: explicaría mucho mejor que cualquier editorial la relación subterránea entre cierto periodismo de denuncia y el poder político que decía controlar.
El problema de Análisis no es haber denunciado. El problema es haber elegido siempre con precisión quirúrgica a quién denunciar. Durante años hubo abundancia de tinta para los perejiles, para los caídos en desgracia, para los que ya habían perdido cobertura política o para quienes osaban tocar intereses superiores.
Pero cuando había que entrar al corazón del sistema, cuando había que seguir el rastro de los verdaderos responsables del saqueo provincial, la valentía se volvía prudencia, la investigación se convertía en insinuación y la denuncia quedaba a mitad de camino. Ese método se repite hasta hoy.
Cada semana aparecen reciclados los mismos nombres del poder entrerriano: Laura Stratta, Adán Bahl, Adrián Fuertes, Gustavo Bordet, Rosario Romero, Guillermo Michel y otros representantes de una estructura que pretende justificar dos décadas de manejo discrecional del Estado.
No aparecen como parte de un balance crítico serio, sino como protagonistas de una normalidad política artificial, como si nada hubiera pasado, como si Entre Ríos no hubiese sido vaciada por redes de contratos, cajas públicas, favores judiciales, silencios mediáticos y complicidades cruzadas. Lo de Diego Lara es un ejemplo brutal del mecanismo. Análisis tiró la piedra, insinuó, marcó la cancha, pero cuando la denuncia exigía continuidad, profundidad y consecuencias, el tema se apagó.
Pareció más una maniobra para condicionar que una investigación para llegar a la verdad. Denunciar para negociar no es periodismo: es apriete con formato editorial. Así, Análisis pasó de ser un medio digital provincial a convertirse en un aguantadero político del bustismo residual y de sus herederos. Un espacio donde se blanquean nombres, se reciclan dirigentes, se ordenan internas y se administra la memoria pública. Ya no incomoda al poder: lo acomoda. La decadencia no empezó cuando dejó de denunciar.
Empezó cuando sus denuncias dejaron de buscar justicia y empezaron a funcionar como herramienta de regulación del sistema. Ahí murió el periodismo y nació otra cosa: una escribanía moral del viejo régimen entrerriano. Web:
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