domingo, 24 de mayo de 2026
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Entre Rios

Camila Rufiner: “Los momentos más creativos son cuando me siento mal”

Entrevista con Camila Rufiner, docente y artista plástica. Tierra y pintura. Barullo e introspección. Estudiar arte: ¿cómo vivir? ¿Los mediocres son premiados?

Publicado Por UNO Entre Rios - La ProvinciaLectura 10 min
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Claves

  • Entrevista con Camila Rufiner, docente y artista plástica.
  • Por Julio Vallana Camila Rufiner: "Los momentos más creativos son cuando me siento mal".
  • La docente cuestionó el concepto dominante en el ámbito educativo de “entender” las obras y que cuando se va a un museo es “como entrar a una misa”.

Entrevista con Camila Rufiner, docente y artista plástica. Tierra y pintura. Barullo e introspección. Estudiar arte: ¿cómo vivir? ¿Los mediocres son premiados? Por Julio Vallana Camila Rufiner: "Los momentos más creativos son cuando me siento mal".

La artista plástica Camila Rufiner desnudó aspectos poco constructivos de su colectivo, que plasmó en una de sus obras, y se mostró partidaria de promover la interacción entre distintas expresiones al igual que formatos renovados de las clásicas exposiciones, que calificó de elitistas. La docente cuestionó el concepto dominante en el ámbito educativo de “entender” las obras y que cuando se va a un museo es “como entrar a una misa”. —¿Dónde naciste?

—En Ríos Gallegos, Santa Cruz, y cuando terminé el secundario vine a Paraná, ya que mi viejo es de acá y mi vieja de Gualeguay. —¿Cómo era tu barrio? —Es loco; donde nací teníamos a media cuadra el cementerio (risas)… —Casi como acá. —Tal cual, no lo había pensado. Estaba rodeado de plazas secas, me encantaba estar al aire libre y andar en bicicleta, a pesar del clima no agradable, seco, ventoso y frío. Había mucho cemento y chapas.

La casa tenía un patio muy grande, donde inventaba juegos y estaba con mis animales. —¿Otros juegos? —Enfrente vivía una señora que pintaba con tierra de colores y a la tarde me sentaba con ella; además cantaba en un coro español, del cual participé. —¿Aprendiste algo de pintura? —Sí, porque ella trabajaba como si fuera una acuarela; me enseñó sobre dibujo, mojar el pincel y diluir la tierra. Me encantaba. —¿Qué actividad profesional desarrollan tus padres?

—La mayoría de mi familia son profesores de Educación Física. Mi hermana mayor siempre tuvo habilidad para las manualidades y para pintar, y a la del medio le encantaba la poesía, escribía y hoy toca instrumentos. No había conciencia del arte, aunque mi viejo vive escuchando música e indagando, pero no es un melómano. —¿Tu mamá? —Vive en Bariloche y no tengo relación. —¿Por entonces? —Trabajaba en una AFJP, tejía mucho y hoy es artesana.

Vivimos un año con ella en Bariloche, cuando se divorciaron, y me mandó a un taller de caricaturas. Siempre me gustó dibujar y expresarme. En el secundario, en simultáneo, me mandaron a un polivalente de arte. —¿A dónde fuiste luego de Bariloche? —Volví a Río Gallegos, donde terminé el secundario y vine a estudiar arte acá en 2011, porque tenía a mis abuelos. —¿Leías? —No tanto; escuchaba mucha música y veíamos películas.

Teníamos libros ilustrados, uno de cuentos de terror, y me encantaba ojearlos, por los colores e imágenes. Me costaba leer en voz alta y llegué a la facultad leyendo bastante para el orto, aunque hoy tengo el dormitorio lleno de libros, y la lectura y la poesía me atrapan. —¿Películas y libros atractivos? —Uno de Oliverio Girondo, por una especie de trabalenguas y en el cual inventa palabras; fue el primer autor con quien me di cuenta que podía interpretar lo que quisiera.

Llegué a él por la película El lado oscuro del corazón, que también me encantó. También venía leyendo mucho a Sábato, así que estaba en una zona un poco oscurita… en los primeros años de la facultad. De niña, una película de Pixar que vi varias veces, sobre un caballo salvaje que lo querían domar, pero era indomable. —¿Otras aficiones? —Jugué mucho al hockey; soy demasiado deportista para ser artista, y demasiado artista para ser deportista.

La actividad deportiva me da felicidad y la artística, también, pero el trabajo del plástico es muy introspectivo, entre nostalgia y mambos. Me divierte moverme en distintos universos y lugares. —¿Materias predilectas? —Las de humanidades pero fui a una escuela que tenía que ver con economía, así que padecí los cálculos. Una profesora de primer año de Teoría del Arte fue importante. —¿Estabas segura de estudiar arte?

—No sabía qué carajo hacer con mi vida y la pareja de mi papá, que nos crió desde chicas, me preguntó por qué no estudiaba Bellas Artes; yo no sabía de qué se trataba y en el sur no había. —¿Cómo fue llegar a Paraná? —Estaba cagada hasta las patas porque era bastante hacia adentro y había cosas nuevas. Llegué y busqué laburo, porque pensaba que si atendía al público me aflojaría, comencé a trabajar en una tienda de ropa de deportes e inicié la facultad, lo cual me pareció raro, increíble y crecí muchísimo.

Tengo de amigos a cada loco que otra persona no se los bancaría en una conversación. —¿Y en lo social? —Allá es muy cerrado, por el clima, mientras que acá salís, te saludan y son cálidos. Me integré fácilmente, lo cual fue una sorpresa. Comencé a hacer (acrobacia en) telas, por invitación de una compañera y hoy amiga. —¿Fue contrastante la carrera con lo que sabías?

—En el polivalente las materias teóricas no las hice y me di cuenta de que en la escuela no me enseñaron nada de historia del arte, mientras mis compañeros tenían una base. —¿Con qué corriente te identificaste? —Me gustaron mucho las vanguardias. Tuve un profesor, Hugo Masoero, quien nos abrió la cabeza respecto a lo muy cerrado que veníamos viendo. El primer profesor de Historia fue muy teórico, iba muy al palo, no te esperaba y éramos una comisión grande, así que no entendías muchas cosas.

La campaña de Napoleón me encantó; cuando rendí hice un análisis sobre la representación de la mujer y a mi profesor Walter Musich le pareció increíble. —¿Formadores influyentes? —Con Hugo Masoero y Raquel Minetti me di cuenta de que no sólo estudiaba arte sino que quería hacer obra. —¿Qué idea te hacías de ser artista y poder vivir de ello? —No lo pensé, aunque mis viejos me advirtieron que “te vas a cagar un poco de hambre” (risas).

Cuando comencé tampoco decía que sería artista y no me pasaba lo de enorgullecerme por decir serlo o rodearme de ellos. Hoy sí, porque son sensibles y con pensamiento crítico. Y más allá de que la realidad no es la que queremos, salimos, buscamos, nos reinventamos y eso me gusta. No sé si aguantaría estar detrás de un escritorio. —¿Cuánto tiempo trabajaste en la tienda? —De febrero a agosto. Mi viejo me bancaba el alquiler y para comer. Comencé a dar clases de telas y más adelante de arte.

—¿Pintabas, por fuera de lo propio de la facultad? —No, porque en los trabajos prácticos le metía la cabeza como si fuera obra. Luego me di cuenta de que algunos que para mí eran una genialidad en ese momento son una mierda, porque cumplía una consigna, más allá de la carga de emocionalidad. Antes de la carrera dibujaba un montón. —¿Qué? —Todo el barullo que tenía adentro y por eso mis viejos me mandaron al polivalente, y además era bastante hacia adentro, no hablaba, me enojaba y me angustiaba.

—¿Qué ves hoy que enhebra a todo eso? —Mucha angustia. Incluso hoy, más allá de que lo maneje, los momentos más creativos son cuando estoy mal. La obra me permite ordenarlo y comienzo a sentirme mejor. Cuando ando muy bien o con muchas actividades, tengo ganas de sentarme a pintar porque hay ideas dando vueltas. —¿Siempre es así el proceso creativo? —A veces son un vómito, lo cual me pasa cuando me enojo, mientras que cuando es por la angustia, le doy más vuelta.

—¿Cuál fue la primera obra que la sentiste realmente artística? —(Piensa bastante). Una producción me marcó, con la cual me di cuenta de que quería comenzar a concebirme como artista. Fueron unos “entrerrianismos”, unos collages con juego de palabras de acá que no conocía, o también me pasó de decir otras y quedar muy mal parada. —¿Por ejemplo?

—El primero fue “chinchuda”, porque siempre lo fui, pero también es otra cosa, entonces en el collage aparece el insecto y una nena enchinchada, y debajo la significación de la palabra. También “vaquero”, y con otras hasta hice entrevistas para que me dieran la definición. Lo más chistoso fue que a algunas no las podían definir, como “fo” y “fa”. Finalmente hice un diccionario, que presenté junto con las obras. —¿Habías desarrollado la escritura? —Sí, aunque es algo que me frustra bastante.

Algunos poemas son una cagada. Ahora escribo breves reseñas sobre las obras terminadas, porque me las hace entender, al igual que el proceso creativo. —¿Definiste un estilo? —En estos últimos años. No sé si es mi esencia pero siempre fui muy irónica, me gusta meter el dedo en la llaga y genero imágenes que cuesta que pasen desapercibidas. A veces con la paleta, a veces con algunas formas, como la que tengo en el atelier, que es una verga gigante, con colores primarios. Pero detrás hay una idea.

Hay representaciones con las cuales no termino de amigarme pero siento que no pasan desapercibidas y eso para el arte es un montón. Puedo hacer una genialidad pero si no genero algo, aunque sea que digan que es una cagada… —¿Y en cuanto a la técnica? —Voy de acuerdo a la idea, que es la que me pide el material, y lo resuelvo. Odiaba pintar con acrílico y amaba el óleo, porque nunca termina de secarse, entonces permite seguir trabajando. En los últimos cinco años trabajé con acrílico y le encontré la vuelta.

Esa (la señala) es con carbonilla y jamás la había trabajado. —¿Cómo evaluaste el panorama local en los primeros años de estar acá? —Hay un altísimo potencial y grandes artistas en todas las especialidades, pero me cuesta mucho lidiar con el recelo y el me corto solo. Lo cual termina haciendo que gente muy grossa no pueda ni asomar un poquito la nariz. Y gente muy mediocre, está en la cruz de la cruz.

Lo de mediocre lo pienso desde la mezquindad de no abrir un poco más los ojos y mirar alrededor, porque, tampoco, somos un millón de artistas en la ciudad. En un momento estuve muy enojada con eso; esta obra (la señala) se llama Gremio y es una parodia de los artistas plásticos. —¿Y ahora? —Me encanta ir a las exposiciones y saludarlos a todos con respeto, porque el hacer, lo merece, más allá de que no esté de acuerdo con muchas cosas.

Me hice un lugarcito y me costó caro, pero también recibo un saludo de respeto y reconocimiento. —¿Qué surge al conversar esto entre colegas? —Estamos todos bastante de acuerdo… —¿Pero? —Somos así y no hacemos demasiado. No quiero ponerme de ejemplo, porque recién ahora estoy más en actividad. Pero esa cuestión del arte plástico como exposición elitista, en la cual te espero… No me vas a comprar la obra, no te cobro la entrada, pero tenés un vinito y un canapé, no me va.

Es algo viejo, incluso un garrón para el propio artista. En los últimos eventos que hice cobré una entrada como cualquier otro espectáculo, porque estar frente a una obra es una situación que se da en ese momento, y si la cambio de lugar tiene otro sentido. A la vez traté de acercarme a otras disciplinas porque no sé si quiero que mis mismos colegas o mi papá vaya a ver mis obras, sino que vaya gente nueva que diga “no sabía que se hacía esto”, porque fue a ver a un cantautor.

Y que todos nos nutramos y potenciemos, como por ejemplo alguien de las artes plásticas que no sabe que existe tal poeta o los libros de las editoriales independientes. —¿Cuál fue el primer cruce en ese sentido? —En 2018 tenía una obra que no estaba hecha, era una idea, para cerrar un ciclo con mi madre biológica y recién la hice unos días antes de la muestra. Necesitaba dos plásticos más que estuvieran con un mambo psicológico (risas).

Busqué a un profe de Historia de la facultad, que no sabía que hacía obra, y a una colega que trabajaba en una obra con un lemon pie relacionado con su abuela y recetas. Comenzamos a crear, ellos hicieron sus cosas, le pusimos Introspección, llamamos a un músico, dos personas leyeron poemas y otra noche fue una psicóloga para hablar sobre la introspección. Fue un exitazo, porque fueron distintos públicos. —¿Te sorprendió algo?

—Que se completó la propuesta y entró por todos los sentidos, lo cual hoy lo tengo consciente en cuanto a que quiero que haya buena onda y que sea un buen espectáculo (ver recuadro), en el cual también puede haber una comida rica. —¿Publicás contenidos? —En mi Instagram, laenffantterrible. Rufiner opinó del sentido de ser artista en el actual clima de época ultra digital...