Claves
- Por Leticia Mascheroni En muchos hogares de Gualeguaychú todavía debe haber algo comprado en el comercio de Enrique Betolaza y su esposa Amalia Cassani.
- Esos objetos no saben que son historia, pero lo son.
- Enrique Betolaza abrió un negocio de fotografía en 1910 y terminó construyendo el primer edificio de doce pisos de la provincia.
Por Leticia Mascheroni En muchos hogares de Gualeguaychú todavía debe haber algo comprado en el comercio de Enrique Betolaza y su esposa Amalia Cassani. Esos objetos no saben que son historia, pero lo son. Enrique Betolaza abrió un negocio de fotografía en 1910 y terminó construyendo el primer edificio de doce pisos de la provincia. En el medio, cortó el tráfico para hacer shows de tango, mandó fotos a revelar a Panamá y le regaló un trampolín al Club Neptunia. Eso era Casa Betolaza.
En aquel 25 de Mayo de 1910, mientras la patria festejaba su Centenario, Enrique y Amalia Cassani instalaron un negocio en su domicilio de Chalup 206, esquina Andrade. Su especialidad era la fotografía, pero con el crecimiento logró tener su primer local en 25 de Mayo y Chile —hoy San José— con el nombre de Casa Betolaza, donde formó la murga "Siete y medio" para amenizar el Carnaval y un émulo de Carlitos Chaplin deleitaba a los niños.
No tardaría mucho tiempo en trasladarse a 25 de Mayo al 700, donde introducía novedades que detenían a los paseantes frente a sus vidrieras. Los domingos por la tarde se cortaba el tránsito desde la Joyería Anastasi, en 25 de Mayo y Churruarín, hasta el Banco de Italia y Río de la Plata en Suipacha, para hacer espectáculos de tango. Se presentaban los mejores cantores del momento: Dellacasa, Américo Salazar, Miguel Ángel Chacón, la "Rubia" Angio y otros.
Beto era muy tanguero y sus clientes lo sabían: traía un surtido amplio de las mejores orquestas. El músico De los Hoyos le compuso el tango "Betolaza solo", en cuyo estribillo se leía: Solo en lo de Betolaza / en su grandioso local / justo en 25 de Mayo / setecientos treinta y tres, / venden las mejores radios / pianos, músicas, victrolas / discos, fotos y electrolas / lo mejor de lo mejor. Memorable es la foto que se tomó junto a Agustín Magaldi en el parque. También era muy ingenioso para hacer publicidad.
En la esquina de 25 de Mayo y Pellegrini, donde estuvo el Teatro Lírico, cuya demolición obligó a construir un paredón, se leía en grandes letras "Casa Betolaza", que podían apreciar paseantes de a pie y en auto cuando la calle corría de este a oeste. Un carro tirado por dos caballos y conducido por Don Cristaldo hacía el reparto de mercaderías con su anuncio. Un enorme aviso en Del Valle y las vías, y en el trampolín que, generosamente, donó su hijo Alejandro al Club Neptunia.
Una estatua viviente servía para hacer un concurso entre los clientes, quienes debían adivinar si era humano o no. También el famoso perrito de la RCA Víctor, que movía la cabeza y dejó en la jerga popular el dicho “quedó diciendo que sí como el perro de Betolaza”. Enrique contó siempre con empleados que conocían el negocio y lo hacían funcionar. Entre ellos: Teresita Flejas, Héctor Carrazza, Judith Costa, Alicia Banini, Herculano Maneto, Omar Scaglia y Nelly Coacci.
Por la década del sesenta, las fotos a color se enviaban a Panamá, donde Kodak tenía un laboratorio de revelado que tardaba entre treinta y cuarenta días en devolver el trabajo. Sin apremio de ganar o perder, compartía la bohemia con jugadas de ajedrez y de cartas en el café España de Bargas y Tressol. Así, su nombre se iba imponiendo en la sociedad de la época como un gran emprendedor-colaborador en obras de porte, como la creación del Teatro Gualeguaychú, en cuya construcción contribuyó con la compra de acciones.
Viajaba frecuentemente a Europa, lo que le permitía saber qué se usaba allí antes de que llegara a la Argentina, que luego ponía en práctica en su negocio, introduciendo vajilla, pieles, electrodomésticos, tocadiscos y combinados para reproducir música. Sus hijos, Juan Alejandro y María Amalia, se incorporaron a la firma y el apellido Betolaza siguió por muchos años más en el prestigio comercial de la ciudad.
En 1958, compró el “Rancho del Coronel”, como históricamente se llamaba a la esquina noreste de 25 de Mayo y Suipacha (Perón), que recordaba la vivienda del Coronel Eusebio Palma, quien había acompañado a Urquiza en la batalla de Caseros. En su intención permanente de contribuir al progreso local, Enrique propició la construcción de un edificio torre de doce pisos y setenta departamentos, primero en la ciudad y el más alto de la provincia de Entre Ríos al momento.
Allí trasladó su negocio en la magnífica fachada en planta baja y fue su última morada: Casa Betolaza cerró sus puertas el mismo día de su fallecimiento, el 1 de agosto de 1981. Partieron juntos y seguro que en muchas casas aún conservan algo que compraron en este negocio emblemático porque hay comercios que venden cosas y otros que organizan la vida de una ciudad. Casa Betolaza fue de los segundos.
No porque tuviera el mejor surtido —aunque lo tenía— sino porque Enrique entendió que un negocio en una ciudad chica es también un lugar de reunión, de espectáculo, de pertenencia. Eso no se aprende en Europa. Eso se construye acá, domingo a domingo, con el tráfico cortado y los cantores a punto. Por Sandra Insaurralde
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