Claves
- De la redacción de INFORME DIGITAL El 25 de Mayo dejó dos escenas religiosas con fuerte lectura política.
- En Buenos Aires, el Tedeum expuso la tensión entre la Iglesia y el gobierno de Javier Milei.
- En Entre Ríos, frente a Rogelio Frigerio, el obispo de Gualeguaychú, Héctor Zordán, eligió otro camino: una homilía centrada en la esperanza, sin confrontación directa con el poder provincial.
De la redacción de INFORME DIGITAL El 25 de Mayo dejó dos escenas religiosas con fuerte lectura política. En Buenos Aires, el Tedeum expuso la tensión entre la Iglesia y el gobierno de Javier Milei. En Entre Ríos, frente a Rogelio Frigerio, el obispo de Gualeguaychú, Héctor Zordán, eligió otro camino: una homilía centrada en la esperanza, sin confrontación directa con el poder provincial.
En la Catedral Metropolitana, el arzobispo Jorge García Cuerva habló ante Milei de un hombre paralítico que no podía caminar “por sus propias fuerzas” y trazó una comparación con quienes hoy están “paralizados en sus esperanzas, en sus oportunidades, en su dignidad”. El tramo fue leído como una crítica directa al clima social del país.
García Cuerva mencionó a “los abuelos, los niños, los enfermos, las personas con discapacidad, los adolescentes y jóvenes atravesados por la droga, los trabajadores informales y precarizados”. También cuestionó el “sálvese quien pueda” y advirtió sobre “la sombra de una nube de desmembramiento social”. El mensaje impactó de lleno en el discurso libertario, que rechaza la idea de justicia social y defiende una reducción extrema del rol del Estado. La reacción no tardó.
El diputado libertario Bertie Benegas Lynch —hermano del senador nacional por Entre Ríos Joaquín Benegas Lynch, dirigente oriundo de La Paz— acusó al arzobispo de militar “con sotana” y difundió fotos de García Cuerva junto a dirigentes peronistas como Sergio Massa, Alicia Kirchner y Malena Galmarini. Otros referentes libertarios fueron todavía más duros y trataron al arzobispo como un actor partidario antes que religioso.
Así, el Tedeum porteño terminó convertido en una nueva escena de la batalla cultural entre la Iglesia y el oficialismo nacional. En Gualeguaychú, el tono fue distinto. Zordán no esquivó los problemas sociales ni la crisis de convivencia, pero evitó convertir la ceremonia en una embestida contra Frigerio. El eje fue la esperanza. No como consigna vacía, sino como respuesta frente al insulto, la frustración, el cortoplacismo y la pérdida de vínculos. “La esperanza no defrauda”, sostuvo el obispo en varios pasajes.
También advirtió que “el cortoplacismo nos ahoga” y pidió “convertir el insulto agresivo y descalificante en palabras buenas y constructivas”. Zordán fue explícito al marcar distancia de los usos partidarios del Tedeum. “Es verdad que en algunas circunstancias se utilizó esta celebración como espacio de presión política”, dijo. Y agregó que incluso ocurrió “con fines altamente confrontativos, profundizando grietas y desencuentros”.
Luego dejó una frase central para entender el contraste con Buenos Aires: “Hacer de este lugar una tribuna de oposición es no entender lo que significa”. El mensaje, pronunciado ante Frigerio, el intendente Mauricio Davico y autoridades provinciales y locales, tuvo contenido político, pero no tono de ataque. Habló de democracia, republicanismo, respeto por las ideas ajenas, inclusión, acuerdos y bien común.
La diferencia quedó clara: mientras en Buenos Aires el Tedeum profundizó la pelea entre Milei y la Iglesia, en Entre Ríos la ceremonia mostró un clima de moderación institucional y un mensaje apoyado en la esperanza. Durante buena parte de la homilía, Zordán insistió en que la esperanza no debe entenderse como resignación pasiva, sino como una fuerza capaz de reconstruir vínculos y sostener a la sociedad en medio de la crisis.
“La esperanza es capaz de hacer madurar las posturas distintas y a veces opuestas, produciendo acuerdos sólidos aún en medio del disenso”, afirmó. También sostuvo que “la esperanza será capaz de alimentar las ganas de vivir de tantas familias, incluso cuando se hace difícil cubrir diariamente las necesidades básicas”.
El obispo reivindicó valores como “la honestidad”, “la cultura del trabajo”, “la democracia”, “el republicanismo”, “el respeto por las ideas ajenas”, “la inclusión” y “la preocupación por el bien común”. Además cuestionó “la crítica implacable”, “la queja amarga” y las actitudes que profundizan divisiones sociales.
Hacia el final del mensaje recuperó enseñanzas del Papa Francisco y dejó otra frase con fuerte contenido político y social: “Solo quien está animado por la esperanza es capaz de atravesar las noches más oscuras”. La escena terminó dejando una diferencia política evidente entre ambos escenarios: mientras en Buenos Aires el Tedeum derivó en un nuevo capítulo de confrontación entre la Iglesia y el gobierno libertario, en Entre Ríos la celebración mostró un tono más moderado y orientado a la convivencia institucional.
“La palabra de Dios que acabamos de proclamar nos orienta en este compromiso. Nos habla de esperanza. Dice en la primera lectura de la palabra de Dios que San Pablo, el apóstol, le escribía a los cristianos de Roma: ‘La esperanza no quedará defraudada’. Y cuando nos animamos a cultivarla, tampoco ella defrauda, ni desilusiona, ni acobarda, ni mete miedo.
Esta palabra de Dios nos señala también que las dificultades asumidas y sobrellevadas, abrazadas, podríamos decir, con constancia, van generando actitudes y valores capaces de sostener la esperanza, como aquel edificio construido sobre roca firme del que hablaba Jesús en el Evangelio que escuchamos recién. Pueden venir vientos y tormentas más terribles, pero la esperanza, como la casa del ejemplo de Jesús, permanece firme. Lo sabemos por experiencia.
La mirada corta, el cortoplacismo nos ahoga, nos abruma en sí misma, nos repliega y nos mete en un camino lleno de sombra y oscuridad.
En cambio, la esperanza nace, crece y se plenifica cuando sabemos mirar más allá de lo inmediato, cuando nos animamos a poner la mirada en las cosas sólidas y que dan solidez a la vida, porque no están sujetas al vaivén de los acontecimientos y de las circunstancias, como por ejemplo lo decía también la palabra de Dios, el sabernos inmensa e inmerecidamente amados por Dios, que es nuestro padre.
La esperanza se afianza y consolida cuando somos capaces de construir sobre buenos cimientos, particularmente los que llamamos valores, aquellos que nos dejaron nuestros mayores, como la honestidad, la laboriosidad, el sentido creyente de la vida, el valor de la palabra dada, el aprecio por la justicia, además de los valores cívicos, como la democracia, el republicanismo, la preocupación por el bien común, el respeto por las ideas ajenas y los valores que hemos ido aprendiendo con las nuevas generaciones, la valoración de la diversidad, el cuidado del buen nombre de los otros, el valor de la inclusión, un profundo cuidado de la intimidad de los otros, el respeto por la opción de cada uno.
La esperanza se consolida cuando somos capaces de edificar sobre estas bases sólidas, aunque a veces no sean demasiado vistosas ni suficientemente valoradas en nuestro mundo. Recuerdo una enseñanza del Papa Francisco. La esperanza es la virtud de quien tiene un corazón joven, de quien tiene los ojos llenos de luz, de quien vive una atención sana y permanente hacia el futuro. Porque solo cuando el futuro es percibido como una realidad positiva, se hace llevadero también el presente.
Solo quien está animado por la esperanza es capaz de atravesar las noches más oscuras. Quedémonos con esta certeza, la certeza de que la esperanza es capaz de transformar la decepción en nuevos impulsos hacia adelante. Que la esperanza es capaz de dar vuelta la queja amarga y la crítica implacable, generando compromisos de colaboración para el bien común, sumando el trabajo de todos.
Que la esperanza es capaz de convertir el insulto agresivo y descalificante en palabras buenas y constructivas, incluso cuando haya que reclamar o exponer cosas que son incómodas y consideramos justas. Que la esperanza es capaz de hacer madurar las posturas distintas y a veces opuestas, produciendo acuerdos sólidos aún en medio del disenso que siempre supone la diversidad de miradas, porque eso nos hace crecer y nos potencia.
Que la esperanza será capaz de cambiar la costumbre de vivir de los otros en abnegada laboriosidad y en actitudes responsables. Que la esperanza es capaz de transformar la razón de mente y corazón en caminos de encuentro creativo y de colaboración mutua. Que la esperanza nos hace capaces de ser generosos y solidarios, incluso a veces a escala de heroísmo, hasta que duela, en el dicho atribuido a la Madre Teresa de Calcuta.
Que la esperanza hace capaces de pensar la patria como algo que me pertenece, de la cual me siento parte y me compromete. Que la esperanza es de verdad capaz de transformar la tristeza en serena alegría. Nos llevamos también la seguridad de que la esperanza será capaz de sostener el trabajo de tanta gente que no se achica y sigue adelante apostando por un futuro mejor.
Que la esperanza será capaz de alimentar las ganas de vivir de tantas familias, incluso cuando se hace difícil cubrir diariamente las necesidades básicas. Que la esperanza será capaz de sostener el esfuerzo de los educadores que tienen la mirada puesta en el futuro más prometedor para sus estudiantes. Que la esperanza permite hallar, aún en medio de la desazón y del sinsentido, un sentido válido para vivir, la seguridad de que la vida vale la pena.
También del Papa Francisco: ‘La esperanza es un don que viene directamente de Dios, no surge de nosotros, no es una obstinación de la que queremos convencernos a toda costa’. Por eso la pedimos confiadamente para nosotros y para todos los habitantes de nuestra patria. Y a María, que nosotros tenemos como patrona bajo el título de Nuestra Señora del Rosario, ella es la madre de Jesús y a lo largo y ancho de nuestra patria la contemplamos con tantos títulos y nombres distintos.
A ella la llamamos también Nuestra Señora de la Esperanza. Por eso le pedimos como hijos que nos contagie su esperanza.”
Delta