Claves
- Este 22 de mayo se cumple un nuevo aniversario de la inauguración de la Unión Vial Nuestra Señora del Rosario.
- Cuando el 22 de mayo de 2003 se habilitó el tránsito sobre el Paraná, Victoria dejó de ser una ciudad de destino final.
- "Antes, para llegar a Victoria, había que tener como destino a Victoria, porque todas las rutas pasaban por otro lado", recuerda el periodista Claudio V.
Qué cambió, y cómo se produjo esa alteración más allá de una obra que en muchas cuestiones ha sido un ‘puente’ para el desarrollo de la región, pero aún tiene un sinnúmero de cuestiones pendientes, sobre todo en lo ambiental. Este 22 de mayo se cumple un nuevo aniversario de la inauguración de la Unión Vial Nuestra Señora del Rosario.
Más que un nexo entre Santa Fe y Entre Ríos, la obra reconfiguró la geopolítica regional, se consolidó como nodo clave del Corredor Bioceánico y abrió una paradoja tan profunda como el río que atraviesa: la ruta del desarrollo es también la que tensa la cuerda de uno de los humedales más valiosos del mundo. Cuando el 22 de mayo de 2003 se habilitó el tránsito sobre el Paraná, Victoria dejó de ser una ciudad de destino final.
"Antes, para llegar a Victoria, había que tener como destino a Victoria, porque todas las rutas pasaban por otro lado", recuerda el periodista Claudio V. González, quien fuera director del Museo Anadón. La megaobra, que demandó una inversión millonaria y se construyó entre 1997 y 2003 a lo largo de 59,4 kilómetros —12 km de puentes y 47 km de terraplenes—, transformó la matriz logística del Cono Sur.
El impacto se midió rápido: menores costos de fletes respecto a Buenos Aires para el comercio con Brasil y Uruguay, ganancias económicas para el fisco provincial y desarrollo palpable para Rosario y Victoria. La cercanía con los puertos rosarinos potenció la actividad agrícola y agroindustrial de Entre Ríos, reduciendo drásticamente los costos de transporte.
El verdadero potencial del puente se magnifica bajo el paraguas del Corredor Bioceánico Central, el proyecto multinacional que busca conectar el Atlántico con el Pacífico mediante una red terrestre integrada. La conexión, que empalma con la Ruta Nacional 174, agiliza el tránsito de la producción hacia puertos chilenos como Antofagasta o Iquique y de allí a los mercados asiáticos. Se estima que estos corredores podrían reducir los costos logísticos entre un 30% y 40% y mover millones de toneladas anuales.
El viaducto principal de 608 metros —uno de los diez más importantes del continente— no es solo un cruce fluvial: es un eslabón crítico para el comercio exterior argentino. Pero ese mismo corredor que impulsa las exportaciones cruza 47 kilómetros de terraplenes sobre el corazón del Delta del Paraná, un humedal de agua dulce que hoy cobra relevancia mundial.
En un contexto de crisis hídrica global, donde la ONU advierte que la demanda de agua se duplicará hacia 2050, estas 1,8 millones de hectáreas de bañados, lagunas y pajonales funcionan como un riñón natural: regulan crecidas, filtran contaminantes y reservan agua potable para una región que concentra el 70% de la población argentina.
El puente puso bajo las ruedas de 6,3 millones de vehículos anuales un ecosistema estratégico, y la convivencia entre el tránsito pesado de exportación y la fragilidad ambiental sigue generando reclamos. Esa misma traza tendió un puente humano inesperado. Miles de jóvenes de Victoria, Gualeguay y Nogoyá eligen cada año Rosario para estudiar carreras universitarias y terciarias.
Antes de la obra, cursar una carrera demandaba mudarse o resignar la formación superior; hoy la Unión Vial permite migraciones estudiantiles diarias o semanales que sostienen la matrícula de la Universidad Nacional de Rosario y de institutos privados. Es un impacto silencioso: profesionales que se forman gracias a este nexo y que, en muchos casos, regresan a sus localidades a volcar conocimiento.
Sin embargo, el corredor logístico que da vida a la región amenaza con acelerar un modelo extractivo que pone en riesgo la integridad del humedal. Los proyectos de dragado del Paraná, orientados a facilitar buques de mayor calado, modifican la dinámica natural del río: alteran la sedimentación, afectan las zonas de desove del sábalo —base de la cadena alimenticia— y profundizan la erosión costera.
Organizaciones ambientalistas advierten que un dragado agresivo, sumado a incendios intencionales y al avance agropecuario, podría degradar irreversiblemente un ecosistema que no solo es refugio de biodiversidad, sino sumidero de carbono contra el cambio climático. A esto se suman las deudas de infraestructura.
Vialidad Nacional colocó en los últimos años pórticos y sistemas inteligentes de transporte sobre la Ruta 174, pero los usuarios advierten sobre la peligrosidad del tramo posterior a los puentes, que carece de banquinas adecuadas y presenta un trazado angosto para el tránsito actual. Además, la obra original no contempló espacio para una futura conexión ferroviaria, una carencia que limita las posibilidades multimodales en pleno auge del tren de carga bioceánico.
A 23 años, el Puente Rosario-Victoria es testimonio de una visión de integración regional que cambió el mapa productivo y social de la Mesopotamia. La paradoja es filosa: el puente que integra es también la ruta de las topadoras y las dragas que fragmentan. El desafío hacia el futuro será equilibrar el desarrollo logístico con la preservación de ese tesoro de agua dulce que, literalmente, sostiene el camino.
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