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El estallido de la desesperación: a más de tres décadas de los saqueos de mayo de 1989

La memoria colectiva argentina suele guardar los traumas sociales en compartimentos estancos, pero hay fechas que funcionan como bisagras definitivas. Mayo de 1989 es una de ellas. No se trató de un rapto espontáneo de…

Publicado Por El HeraldoLectura 6 min
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Claves

  • La memoria colectiva argentina suele guardar los traumas sociales en compartimentos estancos, pero hay fechas que funcionan como bisagras definitivas.
  • No se trató de un rapto espontáneo de violencia; fue la dolorosa implosión de un sistema económico y social que ya no daba más.
  • Doce años más tarde, el escenario se repetiría con la caída del gobierno de Fernando de la Rúa y el fin de la convertibilidad.

La memoria colectiva argentina suele guardar los traumas sociales en compartimentos estancos, pero hay fechas que funcionan como bisagras definitivas. Mayo de 1989 es una de ellas. No se trató de un rapto espontáneo de violencia; fue la dolorosa implosión de un sistema económico y social que ya no daba más. Doce años más tarde, el escenario se repetiría con la caída del gobierno de Fernando de la Rúa y el fin de la convertibilidad.

El gobierno de Raúl Alfonsín, que había inaugurado la recuperación democrática en diciembre de 1983 con una esperanza inconmensurable, se desangraba en el terreno económico. El Plan Austral de 1985 y el posterior Plan Primavera de 1988 se habían pulverizado, dando paso al monstruo más temido por la sociedad argentina: la hiperinflación.Para mediados de mayo de 1989, el valor de la moneda de curso legal, el austral, se depreciaba por horas.

Remarcar los precios de los alimentos dos o tres veces al día se convirtió en una rutina macabra para almaceneros y supermercadistas. La inflación de ese mes rozó el 78,5% y treparía al 114% en junio. El salario real se licuó de tal manera que, para los sectores más vulnerables de los cordones urbanos, el dilema ya no era si llegarían a fin de mes, sino si tendrían para comer esa misma noche; una situación que parecería repetirse con cierta regularidad casi cada diez años.

El clima políticoEl 14 de mayo se llevaron a cabo las elecciones presidenciales, que consagraron ganador al gobernador de La Rioja, Carlos Saúl Menem. El traspaso de poder estaba previsto para el 10 de diciembre, pero el vacío de poder proyectado para los siete meses posteriores, sumado a la evaporación de las reservas del Banco Central y a un desabastecimiento galopante de productos básicos como la leche, la harina y el aceite, generó un caldo de cultivo insostenible.

El tejido social, ya debilitado desde el Rodrigazo de 1975 y por el peso de una deuda externa asfixiante, se quebró definitivamente en Rosario. La geografía del hambre y las jornadas de la furiaEl miércoles 24 de mayo de 1989, la tensión acumulada rompió el dique de contención en Rosario, la tercera ciudad más poblada del país.

Lo que comenzó como reclamos aislados de bolsones de comida frente a supermercados en los barrios empobrecidos del oeste y el sur rosarino, derivó rápidamente en ingresos forzosos a los locales. Las crónicas de la época reflejan una desesperación cruda: familias enteras, vecinos comunes de los asentamientos y obreros desocupados retirando bolsas de fideos, arroz y carne.La respuesta oficial inicial no alcanzó a dimensionar el fenómeno.

En cuestión de 48 horas, la ola de saqueos se propagó como reguero de pólvora hacia el Conurbano Bonaerense (con focos virulentos en San Miguel, La Matanza, Moreno y José C. Paz), San Miguel de Tucumán y la ciudad de Córdoba.

Las postales se repetían: persianas metálicas retorcidas, pequeños comercios barriales devastados y grandes cadenas de supermercados bajo asedio.El lunes 29 de mayo, ante el colapso total de la seguridad pública, el presidente Alfonsín decretó el estado de sitio en todo el territorio nacional por 30 días. Se suspendieron las garantías constitucionales y se movilizó a las fuerzas de seguridad estatales y federales. El paisaje urbano mutó al de una “mini guerra civil”, tal como titularon algunos diarios de la época.

Barrios enteros del Gran Buenos Aires se organizaron en barricadas nocturnas: de un lado, comerciantes armados defendiendo sus locales; del otro, rumores cruzados de invasiones vecinales que sembraron el pánico y la paranoia colectiva.Cuando las aguas comenzaron a calmarse a principios de junio, el saldo era trágico y demoledor: al menos 14 personas muertas (algunas fuentes elevan la cifra a más de 20 debido a la represión y a los enfrentamientos), cientos de heridos y más de un millar de detenidos.

Las cicatrices de un quiebre cultural y políticoLos saqueos de mayo de 1989 no fueron únicamente un problema de orden público; transformaron la subjetividad de la sociedad argentina. Fue la primera vez en la historia contemporánea del país que la protesta social no tomó la forma de una huelga sindical organizada o una movilización política tradicional, sino la de una acción directa y desesperada por la subsistencia básica.

Historiadores y sociólogos coinciden en que estos episodios instalaron en el imaginario nacional un nuevo “horizonte de posibilidad” de la crisis, un trauma que reaparecería calcado doce años después, en diciembre de 2001. La dimensión institucional del estallido obligó a acelerar los tiempos políticosIncapaz de sostener la gobernabilidad en medio del estado de sitio y la debacle económica, Raúl Alfonsín anunció la entrega anticipada del poder.

El 8 de julio de 1989, cinco meses antes de lo previsto, Carlos Menem asumió la presidencia de la Nación.

Los saqueos operaron como facilitadores de las reformas estructurales (privatizaciones y convertibilidad) del gobierno menemista, bajo la premisa de que cualquier orden era preferible al caos hiperinflacionario.A la distancia, las jornadas de mayo de 1989 quedan en el recuerdo como el momento en que la pobreza extrema y la marginalidad urbana irrumpieron en el centro de la escena política argentina, dejando una cicatriz imborrable que recuerda lo frágil que puede volverse la paz social cuando el derecho más básico (el acceso al alimento) queda suspendido en el aire.

Bibliografía y fuentes consultadas* Dalla-Corte Caballero, Gabriela (2014). Hacia los 25 años de los saqueos de la ciudad de Rosario, Argentina. Educación y memoria. Dialnet / Universidad de Barcelona.* Iñigo Carrera, Nicolás y Cotarelo, María Celia (1995). La revuelta argentina 1989-1990. Documento de Trabajo Nº 4, PIMSA (Programa de Investigación sobre el Movimiento de la Sociedad Argentina), Buenos Aires.* Neufeld, María Rosa y Cravino, María Cristina (2001).

Los saqueos y las ollas populares de 1989 en el Gran Buenos Aires. Pasado y presente de una experiencia formativa. Revista de Antropología, Vol. 44 (2), SciELO / Universidade de São Paulo.* Archivos de prensa escrita: Colecciones de los diarios Clarín, La Nación y Página/12 correspondientes a las coberturas de los meses de mayo y junio de 1989.Nota del autor: A pesar de que el autor de este artículo era un niño ingresando en la adolescencia, los recuerdos de esos tiempos quedaron impregnados en su memoria.

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