Claves
- Justo José de Urquiza tenía con Gualeguaychú un vínculo que iba mucho más allá de la política.
- Desde ese anclaje personal —y con dinero propio cuando las arcas del Estado no alcanzaban— impulsó buena parte de la infraestructura que transformó a la villa en ciudad.
- Su huella quedó marcada en toda la provincia, pero fue en Gualeguaychú donde esa capacidad de acción encontró uno de sus escenarios más concretos y personales.
Por Leticia Mascheroni A través de un recorrido por teatros, hospitales, templos y mercados, se revela un legado ejecutivo tan profundo que hoy los gualeguaychuenses lo habitan en su rutina diaria, convirtiendo el olvido involuntario en el homenaje más honesto. Justo José de Urquiza tenía con Gualeguaychú un vínculo que iba mucho más allá de la política.
La visitaba asiduamente: hacía operaciones comerciales, atendía las necesidades que las autoridades locales le informaban y, también, venía a ver a Dolores Costa Brizuela, la jovencita de quien se había enamorado y que sería madre de sus últimos once hijos. Desde ese anclaje personal —y con dinero propio cuando las arcas del Estado no alcanzaban— impulsó buena parte de la infraestructura que transformó a la villa en ciudad.
Por tratarse de un hombre admirado y odiado al mismo tiempo, no es menester detenerse en la grieta de opiniones que genera su figura, sino en destacar sus acciones en el campo de la política, la guerra, la cultura y sus obras, canalizadas a través de sus espacios de poder, al haber ejercido los cargos de Diputado provincial, Gobernador de Entre Ríos y Presidente de la Confederación Argentina.
Su huella quedó marcada en toda la provincia, pero fue en Gualeguaychú donde esa capacidad de acción encontró uno de sus escenarios más concretos y personales. Precisamente, en la casa paterna de su amada, que estaba ubicada en la esquina sureste de las calles 24 de enero (25 de Mayo) y Solís (España), hoy ocupada por el Banco de Entre Ríos. Allí, Urquiza hizo levantar una magnífica vivienda que ocupaba casi media manzana y que encargó al arquitecto Pedro Fossati, el mismo que diseñó el Palacio San José.
Otras obras a las que dedicó su atención y muchas veces dinero de su propio bolsillo, pues las arcas del Estado y las contribuciones de los vecinos no eran suficientes, fueron: Hospital militar. Por 1847 no existía en la ciudad un nosocomio que diera auxilio a los ancianos, a los pobres y a los afectados por las epidemias, sobre todo las de cólera y viruela. En el predio que ocupa actualmente la Escuela de Educación Técnica Nº 2 “Pbro. José M.
Colombo”, Urquiza apoyó la creación del hospital, que también sirvió para atención de los heridos de guerra. Hermoso edificio que se complementó con la construcción de una capilla. Comandancia. Un rancho en deplorable estado, sin puertas que garantizaran la vigilancia de los presos, decidió a Urquiza a apoyar el pedido de las autoridades y de la población que se veía amenazada. Por 1850 se construyó un nuevo edificio de siete puertas al frente, aunque el revoque y la pintura tardaron mucho en aplicarse.
En las procesiones, era común la procrastinación, por la que los prisioneros se veían beneficiados con el perdón o la postergación de su pena. Actualmente, el lugar es ocupado por la Jefatura Departamental de Policía en Sáenz Peña y cuyo edificio fue erigido en 1890. Teatro 1º de Mayo. En Urquiza, entre Mitre y 3 de febrero, vereda sur, se erigió este teatro en 1850.
La presencia de Urquiza en la villa -que fue elevada a la categoría de ciudad por decreto del 4 de noviembre de 1851- y su preferencia por los espectáculos teatrales, el baile y los juegos de entretenimientos, hicieron que apoyara la iniciativa, para que los artistas contaran con un edificio acorde con sus necesidades. Tal como ocurriera con otras construcciones, contribuyó con su aporte económico personal y el del estado, que se sumaron al de los vecinos. Mercado 1º de Mayo.
Debido a que la carne se vendía en carretillas o carros tirados por caballos, que recorrían las calles ofreciendo el producto a los pobladores y dejaban el rastro de sangre que chorreaba, de olores nauseabundos y de perros en alerta, se decidió la construcción de un edifico que reuniera a los comerciantes, locales y regionales, para vender sus productos con mejores condiciones de higiene y organización. Fue inaugurado en junio de 1865.
Indudablemente que estas construcciones más sólidas, iban dejando de lado el rancherío y daban un marco edilicio más agradable al progreso, que se mantenía sostenido por los períodos de calma. Cementerio del Oeste. La plaza Independencia (hoy San Martín) fue escenario de múltiples y variadas actividades de carácter religioso, cívico, cultural y, por momentos, bélico. Su entorno iba cambiando de acuerdo con las necesidades edilicias, ya fueren de índole oficial o particular.
Tanto la “casa de los Haedo”, primera de ladrillo cocido de azotea, cita en la esquina noroeste de Rivadavia y San José, la escuela, la iglesia, (ambas de barro y paja) y el cementerio contiguo, conformaban el paisaje edilicio de la zona. Con el tiempo, el deterioro se fue acentuando y requirió de la acción de las autoridades y del pueblo para mejorar las condiciones.
Así, los olores nauseabundos que despedían los restos humanos cuando “flotaban” por efecto de las lluvias, decidieron un nuevo emplazamiento del cementerio alejado del conglomerado urbano. Nació así el “Cementerio de la loma”, en una parte del predio que ocupara a partir de 1913 el hospital Centenario. En 1850 se inauguró con gran pompa y se trasladaron los muertos del cementerio viejo en solemne procesión por la calle Urquiza.
Una capilla en bóveda le daba vista y el general Urquiza donó las estatuas de madera de los santos Justo y Pastor, que se conservan en la sala religiosa del Instituto Magnasco. Iglesia y escuela. Un nuevo edificio para escuela fue construido en la esquina noroeste de San José y Urquiza, pero, el lamentable estado de la iglesia, determinó que ésta ocupara ese lugar y, que en 1863, Urquiza y su esposa colocaran la piedra fundacional del nuevo templo de la parroquia San José.
La escuela funcionaría en el ángulo noroeste de San José y Luis N. Palma, actual escuela Guillermo Rawson. Ese mismo año, Urquiza dictó la Ley de vagos, por la cual se penalizaba a los desocupados que produjeran desorden. La isla. La actual isla Libertad era de propiedad de Urquiza. Allí se firmó el tratado con Uruguay y Brasil con el objetivo de derrocar a Juan Manuel de Rosas. También estuvo Sarmiento a quién se lo nombró boletinero del Ejército Grande.
Luego, la isla se llamó “de Fraga” y su nombre definitivo recuerda el enfrentamiento con las fuerzas enviadas por el ya presidente Domingo Faustino Sarmiento para combatir a las de López Jordán, acusado del asesinato de Urquiza. La Chacra del Cura. El cura Manuel Erausquin había adquirido las tierras en donde se emplaza el regimiento. Como lindaban con el arroyo, los vecinos terminaron por identificarlo como Arroyo del cura.
Urquiza adquirió el terreno e hizo construir una casa al estilo del palacio San José, en donde recibía a diplomáticos, viajeros, familiares y amigos. Estas son algunas referencias que recuerdan el accionar de Urquiza en Gualeguaychú. Su legado es frondoso y destaca sus dotes de gobernante ejecutivo. La violencia que terminó con su vida no alcanzó para borrar lo que había construido. Pero hay algo más difícil de sostener que los edificios: la memoria de quién los hizo posibles.
Hoy, los gualeguaychuenses caminan por la calle que lleva su nombre, estudian en escuelas que él financió, van a misa en una parroquia cuya piedra fundacional colocó junto a su esposa. Lo hacen sin saberlo, que es quizás la forma más honesta en que una ciudad le rinde homenaje a alguien: incorporándolo tan profundamente a su cotidianeidad que ya no necesita explicación. Por Sandra Insaurralde
Delta