domingo, 31 de mayo de 2026
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Entre Rios

El telegrama que te borra el apellido

Cuando el trabajo es el único espejo que nos devuelve quiénes somos, la desocupación golpea mucho más que en el bolsillo: desarma la propia identidad en cada rincón de nuestra ciudad.

Publicado Por La PiramideLectura 4 min
El telegrama que te borra el apellido - imagen de origen
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Claves

  • Caminar una tarde de estas por la Plaza Ramírez o cruzar distraídamente la mirada con algún vecino en la peatonal es entender que las peores tormentas no siempre avisan con truenos.
  • Se nota en la marcha lenta, en la mirada fija frente a la vidriera de un comercio histórico que bajó las persianas o en el silencio pesado que se instaló en los frigoríficos de nuestra ciudad.
  • La incertidumbre de quedar desempleado no es un número frío en un índice de desocupación provincial...

Caminar una tarde de estas por la Plaza Ramírez o cruzar distraídamente la mirada con algún vecino en la peatonal es entender que las peores tormentas no siempre avisan con truenos. Se nota en la marcha lenta, en la mirada fija frente a la vidriera de un comercio histórico que bajó las persianas o en el silencio pesado que se instaló en los frigoríficos de nuestra ciudad. La incertidumbre de quedar desempleado no es un número frío en un índice de desocupación provincial...

es un cimbronazo que desarma la vida entera en un segundo. El trabajo, en nuestra cultura, funciona como una suerte de compás que organiza el tiempo y el espacio. Nos dice a qué hora suena la alarma, qué ropa nos ponemos y con quiénes compartimos el primer mate de la mañana. Cuando esa rutina se interrumpe de golpe, el almanaque se transforma en una llanura inmensa, desértica y amenazante.

El gran problema psicológico aquí no es la falta de actividad en sí misma, sino el vacío de sentido que se come los días enteros... Solemos cometer el error de abordar el desempleo como un problema meramente técnico. Las estadísticas oficiales hablan de tasas, porcentajes y variables macroeconómicas... pero detrás de cada punto decimal hay una mesa entrerriana donde se charla en voz baja para que los chicos no escuchen.

Hay un sujeto que empieza a sentirse un objeto de descarte, una pieza que ya no encaja en el engranaje local. Nos han hecho creer que valemos únicamente por lo que producimos, que de alguna manera somos nuestra propia empresa. Entonces, cuando el sistema te suelta la mano de un plumazo, la tendencia inmediata es culparse a uno mismo... La angustia se privatiza, el dolor se vive puertas adentro y se paga una factura carísima que llega de noche, en forma de insomnio y ansiedad de la mala.

Esta lógica de mercado se vuelve todavía más perversa cuando la desocupación golpea en la mitad de la vida, camino a la madurez. Envejecer de manera activa y saludable no es un eslogan de folleto de PAMI ni salir a andar en bicicleta los domingos; es una conquista de derechos que requiere condiciones reales. Cuando la sociedad descarta a un trabajador de cincuenta años porque lo considera "caro", no solo comete una injusticia económica...

Le está expropiando su experiencia acumulada y su derecho a seguir proyectando el mañana. Un trabajador no puede ser reducido a un objeto pasivo que solo espera asistencia o cuidado. Es un sujeto de derecho con voz, con saberes y con una necesidad vital de pertenencia comunitaria. El aislamiento que produce perder el empleo rompe esos hilos invisibles que nos unen a los otros, y es ahí donde el desamparo subjetivo muestra su peor cara, transformando la crisis social en un síntoma corporal que quema el pecho.

La salida a este laberinto no se encuentra de forma individual ni comprando espejitos de colores de la autoayuda que promete reinventarse en cinco pasos fáciles. Nadie se salva solo desde el living de su casa, como si fuera un partido que se juega sin equipo. La resistencia psicológica se construye habitando el espacio público, sosteniendo los clubes de barrio, encontrándonos en los centros comunitarios y validando la palabra del vecino que hoy le toca estar abajo.

Necesitamos un enfoque interdisciplinario que entienda que reparar la dignidad es tan urgente como reactivar la economía. El gran desafío social es lograr que cada uno de nosotros pueda separar el ser del hacer... Sos un padre, una madre, un amigo, un tipo que sabe de mecánica, una vecina que opina en el club. El empleo era una circunstancia, no tu definición biológica ni tu apellido.

Cuesta muchísimo que el cuerpo se lo crea cuando el bolsillo quema y las deudas no esperan, lo entiendo, pero es el único camino para resguardar la identidad frente al intento de descarte. La incertidumbre es una sombra larga que estira las noches en los barrios, pero no tiene la última palabra si la comunidad no mira para otro lado. Al final del día, cuando las certezas se evaporan, la única balsa firme es la red social que armamos con los otros.

¿Seremos capaces de sostener esa trama local para que el telegrama no termine borrándole el apellido a nuestros vecinos?