“Estos son entrerrianos”: Selva Almada habló sobre literatura, tonada y territorio
Desde las bibliotecas populares de Villa Elisa hasta la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, Selva Almada construyó una de las voces más reconocidas de la literatura argentina contemporánea. En diálogo con La…

Hay escritores que abandonan el lugar del que vienen para escribir sobre el mundo, Selva Almada parece hacer el movimiento contrario: cuanto más lejos, más vuelve. Entre el monte, las casas que guardan secretos y las voces de pueblo, la autora nacida en Villa Elisa convirtió la memoria “del interior” en una de las narrativas más singulares de la literatura argentina contemporánea. Durante la conversación, hubo algo que volvió una y otra vez: el origen. Los pueblos pequeños, las bibliotecas, la manera de hablar del litoral y esas historias que, aun lejos, siguen insistiendo en ser contadas. Antes de las traducciones, los premios y el reconocimiento internacional, hubo una biblioteca escolar en Villa Elisa. Para Selva, el vínculo con la escritura nació lejos de una librería sofisticada o un escritorio de autora: surgió entre anaqueles prestados. “Nació en la biblioteca, en las bibliotecas. Primero, en la biblioteca de la escuela; yo hice la primaria en una escuela de mi barrio, en Villa Elisa, la Escuela Nº 84, y ahí había una biblioteca muy linda de libros infantiles y juveniles. Ahí empezamos a leer con otras dos amigas, porque nos gustaba mucho compartir lecturas. Después ya empecé a sacar libros de la Biblioteca Mitre, que es la biblioteca popular, pública y ahí fue todo; o sea, todo mi recorrido lector fue de bibliotecas, más que nada, porque en Villa Elisa no había librerías. Había un bazar que traía algunos libros y ahí podíamos comprar algo, pero no existía la librería como espacio de visita, como espacio de reunión; esas librerías que no solamente están ahí para vender libros, sino también para la conversación con la librera o el librero, para generar esas relaciones”. Pero en las obras de Almada no todo son paisajes, memorias de infancia o voces de pueblo. En ellas abre espacio para aquello que pocas veces se dice: las violencias cotidianas, las ausencias y las heridas profundas que persisten en los pueblos alejados de las grandes ciudades. En Chicas muertas, la autora reconstruye tres femicidios ocurridos durante los años ochenta. La semilla del libro nació mucho antes de su escritura: en el recuerdo persistente del caso de Andrea Danne, asesinada en San José, a pocos kilómetros de Villa Elisa. “Nos había conmocionado muchísimo todo lo que pasó”. Con los años, aquella historia volvió una y otra vez. “Cada vez que veía un femicidio en la televisión me acordaba de Andrea”. La decisión de escribir llegó cuando comprendió que aquellas historias individuales revelaban una violencia estructural que atravesaba la vida de muchas mujeres. A la investigación inicial se sumaron otros dos casos ocurridos también en pequeños pueblos del país, un elemento que, de algún modo, seguía dialogando con el universo narrativo de sus novelas y cuentos. La investigación fue apenas una parte del proceso. Escribir Chicas muertas también significó enfrentarse a historias profundamente dolorosas y encontrar la forma de seguir adelante sin quebrarse por completo, en una experiencia que Selva reconoce como especialmente difícil. Su paso por la carrera de Comunicación Social (que cursó antes de inclinarse definitivamente por Literatura), cuenta, le dio herramientas para enfrentar entrevistas complejas y construir cierta distancia emocional. “En algún momento hay que decir: ‘Bueno, esto es’. Tomar un poquito de distancia y poder escribir, porque si no te quedás en el impacto”. Sin embargo, aclara que nunca dejó de sentir el peso de aquello que estaba contando: “Nunca perdí de vista que estaba hablando de chicas que habían estado vivas y que alguien había decidido matarlas”. Encontrar el tono adecuado fue, quizá, la parte más ardua. Una vez logrado, la escritura avanzó rápido: apenas tres meses. “Era muy triste estar en ese proyecto de escritura”. Después de sumergirse en el dolor y las huellas de la violencia en Chicas muertas, Almada vuelve en Una casa sola a un territorio distinto, aunque atravesado también por las ausencias. Esta vez, la mirada se posa sobre aquello que queda cuando las personas ya no están: los espacios vacíos, los silencios y las casas que conservan rastros de vidas ajenas. La novela comenzó a tomar forma a partir de una idea que venía rondando a la autora desde hacía tiempo: ¿qué sucede con los lugares cuando dejan de ser habitados? A partir de esa idea construyó una historia en la que una familia de peones rurales desaparece misteriosamente y es la propia casa la que asume la voz narrativa, observando el abandono y el paso del tiempo desde adentro. "La casa sigue esperando que ellos vuelvan”. Diez años después de la ausencia de los Lucero, ese espacio convertido en hogar permanece como testigo silencioso, acompañado además por otra presencia: una voz “del monte”, poblada por fantasmas y memorias de quienes alguna vez pasaron por allí. Aunque las historias son distintas, hay algo que permanece constante en la obra de Almada: el paisaje humano y lingüístico "del interior". Frente a un mercado editorial que muchas veces parece inclinarse hacia lo urbano, la autora sigue volviendo al litoral. “Hasta ahora, siempre lo que aparece para contar, lo que a mí me interesa, tiene que ver con el Litoral, tiene que ver con Entre Ríos”. En su escritura, la identidad también se construye desde la lengua: en la manera de hablar, las pausas, el ritmo de las frases y una musicalidad que permanece incluso con los años y la distancia. La autora menciona que, cuando se mudó a Buenos Aires, estaba convencida de que los entrerrianos no teníamos tonada. “Yo juraba que nosotros hablábamos normal”, recuerda entre risas. “Pensaba: ‘Los cordobeses sí, los del norte también’. Y ahora, con la distancia, te das cuenta de que no: sí hay una tonada”. La musicalidad del habla aparece también en su literatura. Escucha muletillas, registra voces, memoriza maneras de decir. Hace poco, cuenta, reconoció a un grupo de entrerrianos en un avión simplemente por cómo hablaban: “Dije: ‘Estos son entrerrianos’. Y sí, eran entrerrianos”. La distancia puede alterar la tonada, pero no siempre el origen. La escritora participará de La Noche de las Librerías este viernes 15, a las 22 horas, en Sarmiento 785, junto a Gonzalo, librero local, en el marco de una jornada cultural que reunirá distintas actividades en la ciudad. A lo largo de nuestra conversación, Entre Ríos apareció más de una vez: en las bibliotecas, en la manera de hablar, en los pueblos chicos, incluso en aquello que se pierde un poco cuando uno se va. Aunque Selva Almada diga haber dejado atrás parte de la tonada, en sus libros todavía permanece algo de ese ritmo: una manera de mirar y narrar el mundo desde el litoral.
Delta