Claves
- Desde que ganamos “la tercera”, el marketing y la cultura popular se impregnaron con la idea de que “ser argentino es ser campeón del mundo”.
- La fiebre por la Scaloneta dio lugar a nuevas formas de manifestar el orgullo patrio, que excedió ampliamente al mundo del fútbol y nos llevó a la celebración colectiva de cada “coronación de gloria”.
- Un fenómeno que persiste y muta, aunque no sin límites evidentes.
Desde que ganamos “la tercera”, el marketing y la cultura popular se impregnaron con la idea de que “ser argentino es ser campeón del mundo”. La fiebre por la Scaloneta dio lugar a nuevas formas de manifestar el orgullo patrio, que excedió ampliamente al mundo del fútbol y nos llevó a la celebración colectiva de cada “coronación de gloria”. Un fenómeno que persiste y muta, aunque no sin límites evidentes.
En los últimos años, o al menos desde diciembre de 2022, existe un fenómeno innegable: “lo argentino” se puso de moda. Buzos, remeras, gorras y accesorios con temática patria se cuelan en las vidrieras y ganan cada vez más espacio entre los jóvenes: el Sol de Mayo; la bandera nacional; San Martín; las Malvinas; el mate y el fernet; el asado y la milanesa; Messi y Maradona; el Papa Francisco; la UBA; el Conicet; el Gauchito Gil; el fileteado porteño; los carpinchos...
La lista es infinita y se acomoda según las ideologías, identidades, gustos y pertenencias que conforman ese gran mosaico social que somos los argentinos. Con esas mismas referencias se llenan de stickers los termos, y de memes e ilustraciones las cuentas de Instagram y Pinterest.
Surge así el concepto de “nacionalismo estético”, la tendencia cultural que toma elementos comunes de la identidad y las costumbres argentinas, en especial los símbolos patrios, y los exhibe con un diseño moderno, minimalista y desaturado. Las modas difícilmente son mera y exclusivamente estéticas, superficiales o carentes de significado. A veces son todo lo contrario, al igual que lo artístico.
Y, de por sí, siempre hay una razón por la que miles de personas validan y hacen propia una forma de vestirse o decorar su casa, por ejemplo. Son otras formas de comunicación que no pasan inalteradas ante un clima de época y hablan de criterios compartidos con otros, de nuestras aspiraciones personales, sentidos de pertenencia y la imagen que buscamos proyectar hacia los demás.
Lo cierto es que, para un país históricamente atravesado por la conflictividad política y las crisis económicas recurrentes, que alimentan el descreimiento en las instituciones y el derrotismo para con lo público y nacional, la búsqueda de un sentimiento de orgullo y pertenencia colectiva, que salve todas las diferencias y nos una bajo una mística de grandeza, más de una vez se volvió necesaria; casi inevitable.
Y el fútbol ha sido ese gran catalizador que lo ha hecho posible, o que al menos pudo encender la chispa “argentinizadora”.Más que cualquier otra cosa, es sabido que la pasión futbolera llega a todos sin distinguir clase social, y que excede ampliamente al deporte en sí. También es un hecho que la celeste y blanca actúa como un emblema común, que cada argentino puede hacer propio y cargar de significado.
Fue así que la epopeya de Messi, Scaloni y su equipo en Qatar 2022, que tuvo un arco narrativo de película y generó una enorme identificación con los sueños, alegrías y sufrimientos de sus protagonistas, desató un fervor mundialista que creció gradualmente con cada partido, movilizó hasta a los menos futboleros y culminó con los épicos festejos de su triunfo. El furor, la emoción y la felicidad se extendieron por alrededor de un mes.
Pero pasados los días en que miles se tatuaron las tres estrellas o la cara de Lionel, y todos cantamos “Muchachos” hasta el cansancio, algo quedó. Desde entonces, el marketing y la cultura popular se impregnaron con la idea de que “ser argentino es ser campeón del mundo”.
Ese “aura” o valoración social de la argentinidad se trasladó del fútbol y la Selección a todo un universo de significantes distintos; o más bien se construyó en paralelo, respaldada por un reconocimiento de nuestra grandeza y autenticidad que ahora estaba ante los ojos de todo el mundo. Además de la temática nacionalista que se metió en la moda y el diseño, el fenómeno cobró vida fundamentalmente en las redes, ese espacio intangible en el que cada día transcurre más nuestra existencia como sociedad.
Cada éxito de un artista, científico o deportista argentino, dentro del país o en el extranjero, pasó a ser celebrado colectivamente como “otra coronación de gloria”, con una mezcla de ingenio, orgullo y humor.
Lo mismo a nivel más irónico con videos virales o noticias de hechos insólitos protagonizados por argentinos, donde por fuera del status per sé que se le da hoy a la visibilidad masiva, se trata de confirmar la idea de que “somos distintos”, apasionados; genios, locos, o las dos cosas; reconociendo (con falsa modestia o no) que, “podemos ser lo mejor o también lo peor”, como dice la canción de la Bersuit.
Más que nunca, el talento y potencial de nuestro pueblo se empezó a exaltar en las redes, escenarios, canales de streaming y marchas y reclamos en defensa de la educación y la salud públicas, el desarrollo científico nacional y la industria audiovisual (por sólo nombrar algunos de los sectores desfinanciados e incluso agraviados por la actual gestión de gobierno).
Esto último no es un hecho menor, ya que la era Milei trajo consigo resistencias a su modelo abiertamente anti-estado, que arremetió contra instituciones de gran prestigio social como la UBA, el Conicet, el Garrahan o el INCAA. Muchos las tomaron como emblema de lo nacional, y respaldaron sus reclamos no sólo en las calles sino también compartiendo ilustraciones, slogans y otros contenidos en la digitalidad.
El éxito del streaming del Conicet desde las profundidades del Mar Argentino bien podría tener que ver con todo esto. En el plano internacional, el “argenverso” pareciera expandirse o retroalimentarse cada vez que un famoso confiesa su amor por Messi o empieza a tomar mate, difundido por la diáspora de jugadores argentinos en el exterior o por otras figuras del deporte como Franco Colapinto.
Sucedió cuando Dua Lipa recomendó a la escritora entrerriana Selva Almada o cuando los japoneses se fanatizaron con el truco después de ver El Eternauta, serie que tuvo repercusión mundial. El fenómeno hoy por hoy sigue vigente, y quizá pase más desapercibido porque ya se instaló como un lugar común en las expresiones de la cultura popular y del sentir colectivo. En el marco de este nuevo Mundial, es probable que se actualice o se transforme, imposible saberlo.
Lo que sí podría estar pasando y reforzando este brote contemporáneo de argentinidad, es una cierta nostalgia por los grandes ídolos populares y líderes que se van y, con ellos, una parte de nuestra historia y cultura, va quedando huérfana de otros que estén a su altura. Maradona, el Papa Francisco y, más recientemente, el Indio, son los mayores ejemplos.
Los límites de la imagen y del sentimiento genuinoEs válido cuestionar en todo esto qué tanto hay de mera estética, o performance para el afuera, y cuánto de verdadero orgullo patrio. Probablemente un poco de las dos cosas.
Pero el problema podría radicar más bien en que el alcance de la pasión y amor por la Patria se reduzca a expresiones efímeras de la digitalidad y rara vez se traduzca en protesta organizada para defender la soberanía y los intereses nacionales, desde la participación ciudadana y la construcción política.En esa línea, desde una lectura mucho más crítica, la politóloga y escritora argentina Leyla Bechara en su artículo “La nueva cara del progresismo: nacionalismo pop, para divertirse”, publicado en septiembre del año pasado, describió cómo “Argentina se volvió una tendencia estética” y que basta con “salir a ver cualquier vidriera para encontrar un sol de mayo o algún paisaje autóctono sublimado en tela para descubrir cómo la Nación puede ser un símbolo más en el banco de fotos de algún diseñador”.
Advierte que “lo que estamos viviendo no es un revival del orgullo nacional sino un intento desesperado por seguir siendo un país”. Según la autora, “la economía de la atención le quitó densidad a los símbolos y hoy la patria dura lo que dura un clip”. “El nacionalismo ya no se ejerce se estetiza. Y como toda estética sin mito, no funda nada, apenas sirve para vender y producir stock visual.
El aura nacional se escurre en la lógica del merchandising y, con ella, se diluye la potencia política del símbolo”, y explicó que “la nación es ante todo un relato compartido: una comunidad imaginada que se sostiene en historias, símbolos y prácticas que permiten reconocernos como parte de un mismo nosotros”, pero que “el problema aparece cuando ese relato deja de construirse en la experiencia real de un pueblo y se terceriza en la estética”.
“El conflicto inherente a la constitución de una nación está sublimado en el orgullo exacerbado de un país que no crece hace más de una década, con salarios aniquilados y condiciones laborales cada vez más paupérrimas. Nuestra economía no compite en ningún ranking, pero nos quedan aquellos orgullos biográficos. Personajes desperdigados por el mundo que encarnan el carisma de lo argentino en instantes virales.
En el mejor de los casos las figuras y los colores logran atrapar algo del sentido revoltoso y sublevado de la cultura nacional, pero al calor de la realidad política está claro que esas tonalidades solo revisten la domesticación de aquello que siempre surgió de abajo hacia arriba”, expuso Bechara.Y concluyó: “La paradoja es folklórica, cuanto más vacíos de relato verdadero están los espacios políticos y culturales, más se recurre al placebo visual de lo nacional.
Lo que debería ser mito vivo (...) se reduce a logo y a souvenir. Y el pueblo, huérfano de relatos que lo expliquen y lo organicen, consume ese placebo porque es lo único disponible. En la sociedad del espectáculo, lo real se sustituye por la representación y la bandera se convierte en la forma de participar de un nosotros que ya no tiene contenido político.
El nacionalismo chato permite simular pertenencia sin entrar en la incomodidad de los antagonismos y una Argentina sin conflicto, donde la unidad de sentido se reduce a un telón de fondo en el acto partidario o a un diseño gráfico en la colección de moda, significa un pueblo domesticado. Al estetizar lo patrio sin contenido, se inhibe la posibilidad de pensar una Argentina presente, conflictiva, contradictoria y real.
Una Argentina donde los símbolos sirvan para organizar pueblo y destino y no para decorar feeds y hacer campaña”.
Delta