domingo, 21 de junio de 2026
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Entre Rios

La fuerza de reinventarse

La semana pasada reflexionábamos sobre la difícil situación que atraviesan cientos de trabajadores vinculados a Granja Tres Arroyos y sobre la necesidad de acompañar a las familias afectadas en este momento de incertidu…

Publicado Por La PiramideLectura 5 min
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Claves

  • Detrás de cada puesto de trabajo hay personas, proyectos de vida y una comunidad entera que siente el impacto de una crisis de estas características.
  • Pero una vez reconocida la urgencia, aparece una pregunta más profunda: ¿qué hace fuerte a una ciudad?
  • La respuesta no siempre está donde solemos buscarla.

La preocupación sigue vigente. Detrás de cada puesto de trabajo hay personas, proyectos de vida y una comunidad entera que siente el impacto de una crisis de estas características. Pero una vez reconocida la urgencia, aparece una pregunta más profunda: ¿qué hace fuerte a una ciudad? La respuesta no siempre está donde solemos buscarla. Muchas veces creemos que la fortaleza de una comunidad depende de una empresa, de una actividad económica o de una obra determinada.

Sin embargo, la historia demuestra que las ciudades más fuertes no son las que evitan los cambios, sino las que logran adaptarse a ellos. Y si observamos nuestra propia historia, encontraremos varios ejemplos. Uno de los más significativos ocurrió en 1883, cuando Concepción del Uruguay dejó de ser la capital de Entre Ríos y esa condición pasó definitivamente a Paraná.

Para una ciudad que durante décadas había sido uno de los principales centros políticos y administrativos de la provincia, aquello representó un golpe económico y social de enorme magnitud. Gran parte de la actividad vinculada al gobierno provincial se trasladó hacia la nueva capital. Las crónicas de la época describen un clima de incertidumbre, una fuerte retracción económica y una importante caída del valor de las propiedades. Para muchos uruguayenses de entonces, el futuro de la ciudad parecía comprometido.

Sin embargo, lejos de resignarse a la decadencia, la ciudad encontró nuevas razones para crecer. El comercio, la actividad portuaria, la educación y el desarrollo de nuevas iniciativas económicas permitieron recuperar dinamismo y construir una nueva etapa de progreso. Años más tarde, otro de los motores económicos de la ciudad comenzó a transformarse. Durante décadas, el puerto fue una pieza fundamental de la economía regional.

Desde allí se movilizaban granos, productos agropecuarios, mercaderías de distinto tipo y materiales destinados a la construcción que abastecían distintos mercados del país. Pero los cambios en la logística y el transporte, la expansión de la red vial, el crecimiento del transporte de cargas por camión y el desarrollo de complejos portuarios cada vez más competitivos, especialmente en la zona de Rosario, fueron modificando progresivamente el mapa del comercio argentino.

A ello se sumaron cambios productivos y tecnológicos que afectaron algunas de las actividades que tradicionalmente habían generado movimiento en nuestro puerto, como el transporte de arena y canto rodado para la construcción. Lo que durante décadas había sido una de las principales fortalezas económicas de la ciudad dejó de ocupar el lugar central que había tenido en otras épocas. Sin embargo, una vez más, la ciudad volvió a adaptarse.

La educación, el comercio, los servicios y nuevas actividades productivas comenzaron a ocupar espacios que antes habían sido dominados por otros sectores. Quizás uno de los mejores ejemplos de esa capacidad de reinvención llegó durante la década de 1960 con el desarrollo de la llamada revolución del pollo parrillero. Lo que inicialmente parecía una actividad complementaria terminó transformando profundamente la economía del departamento Uruguay y de buena parte de la costa del río Uruguay.

A partir de allí surgieron granjas, plantas de alimento balanceado, frigoríficos, empresas de transporte, servicios especializados y miles de puestos de trabajo directos e indirectos. La avicultura se convirtió en uno de los pilares económicos de nuestra región y permitió generar oportunidades para generaciones enteras de familias entrerrianas. Nada de eso era evidente décadas antes.

Quienes vivían las dificultades derivadas de la pérdida de la capitalidad provincial o de las transformaciones del puerto difícilmente podían imaginar cuál sería el próximo motor de desarrollo de la ciudad. Y quizás allí se encuentre una de las principales enseñanzas que nos deja la historia. La fortaleza de Concepción del Uruguay nunca estuvo en una actividad económica determinada. Nunca dependió exclusivamente de una empresa, de un puerto o de una función administrativa.

Su verdadera fortaleza estuvo siempre en la capacidad de sus habitantes para adaptarse, emprender, trabajar y construir nuevas oportunidades cuando las circunstancias cambiaban. Por supuesto, esto no significa minimizar los problemas actuales. La situación que atraviesa el sector avícola es relevante para toda la comunidad y merece la máxima atención de los distintos niveles del Estado, de las empresas y de las organizaciones involucradas. Pero también es cierto que las crisis suelen funcionar como una radiografía.

Nos muestran nuestras debilidades, pero también nuestras fortalezas. Y cuando buscamos esas fortalezas en nuestra ciudad encontramos algunas muy valiosas. Encontramos una tradición educativa excepcional que pocas ciudades argentinas de tamaño similar poseen. Desde el histórico Colegio del Uruguay hasta nuestras universidades, escuelas técnicas e institutos de formación, existe un capital humano acumulado durante generaciones que constituye uno de nuestros mayores activos.

También encontramos algo menos visible, pero igualmente importante: organizaciones, instituciones y espacios de encuentro que han perdurado en el tiempo. Entidades educativas, empresariales, profesionales, culturales y sociales que, más allá de las diferencias naturales de toda comunidad, han contribuido a construir proyectos colectivos y a sostener el desarrollo de la ciudad a lo largo de distintas etapas de su historia.

Encontramos una ubicación estratégica, experiencia industrial, capacidad emprendedora, potencial turístico, infraestructura logística, riqueza cultural y una historia que demuestra una notable capacidad de adaptación. Las ciudades no eligen los cambios que ocurren en el mundo. No eligieron perder una capitalidad, ni que cambien las rutas comerciales, ni que aparezcan nuevas tecnologías, ni que surjan competidores más eficientes. Lo que sí pueden elegir es cómo responder a esos cambios.

Y cuando observamos la historia de Concepción del Uruguay en perspectiva, descubrimos que su principal fortaleza nunca fue un puerto, una capitalidad provincial o una actividad productiva determinada. Su principal fortaleza fue la capacidad de reinventarse cada vez que el contexto cambió. Las empresas pueden crecer o atravesar dificultades. Los gobiernos cambian. Los ciclos económicos van y vienen. Lo que permanece es la capacidad de una comunidad para aprender, innovar y construir futuro.

Por eso, quizás la pregunta más importante no sea cómo atravesamos esta crisis, sino qué oportunidades seremos capaces de construir a partir de ella. Después de todo, la historia de Concepción del Uruguay demuestra que cada generación enfrentó desafíos que parecían enormes en su tiempo. Y también demuestra que cada generación encontró la manera de seguir adelante.