Claves
- Nuestro entrevistado nació en Concepción del Uruguay, allá por el año 1972, habitante del barrio María Auxiliadora, muy cerquita del Ejército.
- "Menciono los lugares porque tuvieron que ver con todo lo que fue la etapa de crecimiento y todo lo lindo que pude vivir", recuerda con afecto.
- Pero hay otro dato que lo caracteriza de manera pasional y es que “me atraía que todos los sábados, como parte de las actividades que tenían, jugaban al fútbol en la canchita de la parroquia”.
Nuestro entrevistado nació en Concepción del Uruguay, allá por el año 1972, habitante del barrio María Auxiliadora, muy cerquita del Ejército. "Menciono los lugares porque tuvieron que ver con todo lo que fue la etapa de crecimiento y todo lo lindo que pude vivir", recuerda con afecto.
Y marcamos María Auxiliadora, como barrio, con mayor significación porque era el lugar de su parroquia, donde, a los ocho años, “ingresó a la Acción Católica, solamente como oyente, junto a un hermano, un año y medio mayor, que ya estaba en el grupo de aspirantes”, agrega. Pero hay otro dato que lo caracteriza de manera pasional y es que “me atraía que todos los sábados, como parte de las actividades que tenían, jugaban al fútbol en la canchita de la parroquia”.
“Y fue bellísimo, porque desde ahí empezamos a hacer todo un caminito, donde la propia iglesia se fue encargando de acompañarnos en todas las etapas del crecimiento”, acota Asín. Al mismo tiempo, comienza una etapa dentro de Gendarmería, ubicada muy cerca de su casa, ya que entusiasmado ingresó a la fuerza, porque “en ese entonces, con ocho años, vos podías ingresar a formar parte de lo que se llamaba la Gendarmería Infantil.
Ahí recibías parte de instrucción militar, orden cerrado con actividades de fajina, con posibilidades de realizar algunos talleres de talabartería, zapatería, carpintería, mecánica automotriz, etc. Y en su momento llegamos a ser 240, 280 gendarmes infantiles. Ahí podíamos hacer todo nuestro paso por la gendarmería entre los 8 y los 15 años, donde había también toda una escala jerárquica que podías ir recorriendo”, informa.
Con todas las reglas de Gendarmería, Javier no dudó en comprender eso de “formar buenos ciudadanos, constructores de ciudadanía”. Al año recibe un premio: acceder al grado inmediato superior del que empezó, es decir, un ascenso, el primero, y comenzaba a hacer carrera, con un grupo a cargo con solo 9 años. Recorrido que hace hasta los 13, sumando dos ascensos anuales.
Mientras tanto, cursaba en la escuela del barrio, más la Acción Católica; llega al cargo máximo en Gendarmería, donde lo condecoran como abanderado, justo al mismo tiempo en que recibe la bandera en la escuela, pasando de sexto a séptimo grado. Doblete para el Javier de ese tiempo.
Decide alejarse de la fuerza, llegando al cargo mayor de Gendarmería Infantil, justo al ingresar al secundario en el colegio Don Bosco, con orientación religiosa, pero con un dato importante para su gran pasión: “tenía una canchita hermosa y el fútbol siempre me iba marcando”, sumado a la habilidad como lanzador de jabalina que lo lleva a ingresar al equipo de atletismo de la ciudad. Repasemos: Acción Católica, Gendarmería, fútbol y atletismo, más el estudio.
El lanzamiento de la jabalina lo llevó a Mar del Plata a competir en el torneo de la Liga Nacional Intercolegial, donde logra ser subcampeón en su categoría. “Éramos como 70 competidores, y yo decía que entrar entre los 40 sería genial. En la primera ronda, nos avisan que íbamos a tener tres lanzamientos por ronda y que las seis mejores marcas iban a tener derecho a otros tres tiros más. En esa primera incursión de lanzamientos estoy cuarto. Yo dije: "Pucha, entre tantos estar cuarto es un montón.
Segunda ronda de lanzamiento, estoy segundo, tercera ronda de lanzamiento, primero. Ya me venía con la medalla dorada colgada al cuello, cosa que era totalmente impensada. Cuarta ronda de lanzamiento, sigo primero. Quinta ronda de lanzamiento, justo calma el viento que lo teníamos en contra, más una llovizna intensa. Calma el aire y justo un muchachito del sur engancha ese momento y me sacó unos 5 metros de distancia”.
Hay otros momentos de su vida que Javier rescata y que los recuerda así: “Cuando estoy en el anteúltimo año de secundaria, me invitan a participar de una misión rural de verano, con un grupo grande de misioneros de distintos lugares de la provincia, y empezamos a hacer un caminito de preparación re linda con eso. Todo en función de la misión. Y eso, de alguna manera, como que me fue moviendo evidentemente algunas fibras ya desde los 8 años, que es cuando arranco con Acción Católica”, afirma.
Agrega luego: “Ese año tengo mi primer campamento también de Acción Católica y el padre Beto Benetti, que era el párroco de María Auxiliadora, se sienta en un silloncito playero amarillo y blanco y dice: ‘Tengo unas estampitas para repartirles'. Son en su mayoría de María Auxiliadora y hay muy poquitas, por no decir que son sólo dos o tres, de Don Bosco.
Y el cura, cuya palabra era santa, agrega: "Vamos a tomar como un signo de Dios que aquel que recibe una estampita de Don Bosco será porque evidentemente Dios le está pidiendo que le entregue su vida en el servicio, sea en la vida religiosa, sea en el sacerdocio, en lo que sea, pero es el signo de que les está pidiendo que le entreguen su vida". Todos haciendo cola y esperando recibir la de MA pero justo me tocó la de Don Bosco.
Vuelvo a casa a contarle a mi madre lo que había pasado y lo que el cura había dicho, por lo que ella puso paños fríos y me dijo: "Vamos a esperar a terminar la primaria y después de que termines vemos cómo sigue la vida”. “Pero —sigue Asín— al poquito tiempo me recontra olvidé de eso y arranqué con todo un caudal de actividades y eso pasó a un segundo plano.
Igual algo había que se iba despertando, más cuando de nuevo hacemos una primera experiencia de misión en el 6º distrito de Gualeguay, zona de campo, durante 20 días. Ese encuentro con la gente, con la posibilidad de transmitir un mensaje de esperanza y alentador, la buena noticia del evangelio a la gente, lo disfrutaba y pensaba que la cosa venía por ese lado y me preguntaba: "¿Por qué no tomar, encarar más en serio esto?".
Aunque todo indicaba que Javier se inclinaría por la Educación Física, en quinto año, luego de la misión, “abandonó todo lo que era el mundo de lo deportivo. Ya no más dos pretemporadas juntas y me meto de lleno en la parroquia, misa diaria, allá en María Auxiliadora y empezar a hacer todo un proceso de discernimiento vocacional con los curas de entonces, Rubito Melchiori y el Pololo Arias. Ellos fueron mis formadores y ahí se dieron cosas muy fuertes.
Por ejemplo, de repente el cura me llamaba y decía: "Necesito que me acompañes a un velorio" y yo decía "invítame a comer un asado, no a un velorio", pero era la forma de ir fogueándote con algunas cosas. Duro cuando me tocaba enfrentar un velorio de algún bebé, pero bueno, eran cosas que en la vida pasaban y había que estar también acompañando”. Como si resultara poco, también “uno de los curas me invita para que lo acompañe a la cárcel de Concepción, a la que le tenía terror.
Había un encuentro de catequesis y había que ir. Entramos en la cárcel, hubo una juntada en el patio principal, pero el recuerdo era el ruido del portón metálico y el candado de cada puerta y yo marchaba con la cola entre las patas, porque decía: "Si llega a pasar algo acá, ¿de qué me disfrazo?, ¿por qué tienen que comportarse bien cuando yo esté? Me preguntaba”.
Pero a medida que pasaba el tiempo, “comenzó a darse un ambiente de mucha familiaridad y entonces ya los miedos iban desapareciendo y decía: ‘¿Pero a qué le temía? Si lo que no había tenido era la posibilidad de un encuentro personal con ellos. Están encerrados porque están pagando una condena, pero son personas también de carne y hueso y seguramente hay una historia también detrás de ellos, por lo que obligadamente uno los empieza a humanizar y a darles una identidad.
Tal es así que allí se dieron cosas que fueron extraordinarias”. Finalmente, la vocación comienza a materializarse con el ingreso al Seminario de nuestra ciudad. “El 18 de marzo ya del 91 ingreso tomándolo como un proceso de discernimiento en el lugar adecuado y con las herramientas adecuadas. Fueron prácticamente ocho años de formación sumamente rica porque la Iglesia nos dio todo para que nos dediquemos solamente a crecer en nuestra vocación de servicio.
Había que estudiar y había que formarse, prepararse para el futuro”, recuerda. Pero Javier admiraba más al “muchachito que se había ido a estudiar afuera de su ciudad, que tenía que estar trabajando para pagarse un alquiler y sacándole tiempo del estudio con el trabajo y tratando de estar todo el tiempo al día para poder recibirse cuanto antes con sus materias”.
Esos años en el seminario fueron muy intensos y ricos de formación, “de mucho contacto con las distintas comunidades de toda la diócesis y entonces eso nos fue dando un buen vínculo, una buena relación que nos fue haciendo crecer de lo lindo. Después, uno puede o no terminar cura, porque es escuela de discernimiento, pero me ordené convencido que era lo mío y después, con el tiempo, hubo que tomar decisiones, amando el sacerdocio y todo, pero sí teniendo claro que a dos puntas no se podía jugar”, aclara.
Acotando: “Después de tres años más o menos de ejercicio del ministerio, decido dar un paso al costado, dejar todo. Pero, mientras tanto, la idea fue dar lo mejor de uno en función de lo que había recibido”. Arranca su etapa de cura con el nombramiento como integrante del Consejo Presbiteral por parte del Obispo de entonces, Luis Eichorn, un acto de confianza.
Recuerda que “él quería que siga estudiando algo, para complementar los estudios del seminario; imagínate, lo que más quería era descansar un poco y estar entre la gente, que era por lo que había querido ser cura.
Pero, por mandato del Obispo marché a hacer un curso semipresencial en el seminario en Rosario, dictado por el Instituto Superior de Catequesis Argentino (ISCA), una formación donde participábamos curas, laicos, religiosos, de toda la región, muy intenso y muy aterrizado en cuanto a lo que tenía que ver con la formación en catequesis propiamente, con una, muy pero muy linda, versión de cómo hacer que la catequesis sea capaz de transmitir un mensaje claro que pueda mover o transformar la vida de la gente.
Y me sirvió de lo lindo también, así que eso fue también grandioso”. Cuando Asín culmina la formación en el seminario, recuerda una experiencia muy profunda cuando el padre Jorge Leiva, por entonces párroco de la localidad de Santa Anita, le dice: “vine a buscarte porque necesito que vayas a predicar la novena patronal de la comunidad de Las Moscas. Le dije gracias, pero es imposible porque no te sirve que vaya yo; acabo de terminar los estudios y no soy ni diácono todavía.
Lógicamente, insistió porque decía que necesitaba que le ayude a abrir puertas de relación con aquella comunidad que recién empezaba a conocer. Jorge se va y recibo el llamado del obispo, a lo que no pude negarme y fui de predicador de la novena patronal”. Javier ya tenía por esos días destino designado en la Comunidad de San José Obrero, en la ciudad de Basavilbaso. Pasó a dejar unas cosas en dicho pueblo y se trasladó a Las Moscas, que lo recuerda así.
“Llegué a la casa de Doña Josefa, una viejita, que tenía en su casa una habitación preparada exclusivamente para los curas que pasaran por el pueblo. Era todo un honor. El domingo a la mañana salí a caminar -tenía celebraciones a la tardecita-, había que empezar a difundir lo que iba a estar haciendo durante los días de la novena, porque en el pueblo se sabía que iba alguien para darle un poco de vida a la capilla, pero no mucho más que eso”.
Por lo que nuestro entrevistado acudió a su gran pasión como excusa, que es el fútbol: “Por eso pregunto adónde se juntan a jugar al fútbol”. Me informan en qué lugar y ahí estuve, me instalo detrás de un arco esperando que me inviten a jugar, pero pasaba el rato y no lo hacían, pero cuando cae una pelota cerca, la levanto haciendo una fantasía y se la devuelvo y me preguntan si me gusta el fútbol: "Me encanta", les contesté y la pregunta que esperaba: "¿Quiere jugar con nosotros?".
Luego del juego, “me junto con los jugadores, les cuento un poco lo que iba a estar haciendo y se anotaron todos para ir. A la noche los tenía ahí, firmes, por lo que terminamos la celebració...
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