miércoles, 1 de julio de 2026
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Entre Rios

La pasión analógica de las figuritas en la era digital

Victoria.- Hay imágenes que la tecnología parecía haber sepultado para siempre, pero que la realidad insiste en rescatar con una fuerza desmedida. En...

Publicado Por Paralelo 32Lectura 4 min
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Claves

  • Con más de 900 hologramas y el avance de la Scaloneta, el álbum del Mundial despierta una fiebre colectiva en grupos de WhatsApp y revive los viejos códigos del recreo.
  • Victoria.- Hay imágenes que la tecnología parecía haber sepultado para siempre, pero que la realidad insiste en rescatar con una fuerza desmedida.
  • Completar la edición actual no es una tarea para tibios.

Con más de 900 hologramas y el avance de la Scaloneta, el álbum del Mundial despierta una fiebre colectiva en grupos de WhatsApp y revive los viejos códigos del recreo. Victoria.- Hay imágenes que la tecnología parecía haber sepultado para siempre, pero que la realidad insiste en rescatar con una fuerza desmedida.

En un banco de plaza, en las escuelas o en el buffet de una facultad, el ritual se repite de manera casi idéntica: dedos apurados que rompen un envoltorio metalizado, ojos fijos que escanean rostros en miniatura y una exclamación que puede ser de alivio absoluto o de sorda resignación.

El álbum impreso de la Copa del Mundo se ha convertido en una auténtica revolución social, un artefacto analógico que logra lo imposible en pleno auge de las pantallas: sentar a chicos, adolescentes y universitarios alrededor de una mesa compartiendo el mismo pulso coleccionista. Completar la edición actual no es una tarea para tibios. El desafío, pudo saber Paralelo32, requiere reunir un universo monumental de cerca de 980 figuritas, una cifra que asusta al bolsillo y estira la travesía durante meses.

Con paquetes que hoy superan la barrera de los 2.000 pesos en los kioscos, la logística de la compra se ha transformado en un fenómeno económico doméstico. Quien se acerca al mostrador ya no pide uno o dos sobres; las transacciones habituales trepan fácilmente a los 10.000 pesos por tanda, o más. Las billeteras crujen, pero la ilusión de ver los casilleros vacíos transformarse en un tapiz de selecciones internacionales parece justificar cualquier presupuesto.

A la par de la distribución en los comercios tradicionales, la verdadera ingeniería del intercambio se mudó a los teléfonos, pero no para jugar de manera virtual. El estallido de grupos de WhatsApp dedicados exclusivamente a la cacería de las “difíciles” ha generado una comunidad de fanáticos sin precedentes, algunos de los cuales han llegado a pagar hasta 30 mil pesos por la dorada de Messi.

Vecinos, perfectos desconocidos y compañeros de estudio, se organizan en listas dinámicas de números faltantes y repetidas, coordinando puntos de encuentro en casas, plazas o esquinas clave para materializar el canje físico. En estos foros digitales se vive una adrenalina paralela a la de los estadios, potenciada ahora que la Selección Argentina avanza con paso firme a la siguiente ronda del certamen, inyectando una dosis extra de patriotismo y urgencia por conseguir el escudo nacional o la figurita del capitán.

El contraste con los tiempos actuales es total. Si bien existe una versión digital del álbum que sigue otra dinámica enteramente virtual, el verdadero furor se concentra en el físico, es decir en las páginas que se pueden tocar.

Al ver lo que acontece con este fenómeno comercial, no podemos abstraernos a que ese objeto impreso rememora de forma directa la infancia de quienes hoy estamos detrás de este teclado, cuando intentábamos completarlo por una pelota de cuero o por el simple orgullo de ganarle las figuritas al compañero del banco de al lado. Hubo grandes amistades a partir de ello, y grandes desencuentros. Y es que, alrededor de estas páginas florecen otra vez los códigos callejeros que creíamos extintos por el bum tecnológico.

Volvieron quizás las clásicas “tapaditas”, ese juego de precisión donde, por turnos, se intentaba dar vuelta la figurita ajena haciendo una especie de ventosa con la mano en “cucharita”, o el desafío de dejarlas caer desde la pared, donde si lograbas tapar la del rival, te la llevabas a tu pilón. Lejos de ser un pasatiempo residual, esta fiebre ha borrado las fronteras de la edad.

El álbum del Mundial ha demostrado que, mientras la Selección nos hace vibrar en la cancha avanzando a la próxima fase, en las calles el deseo de tocar, cambiar y competir cara a cara sigue siendo la red social más efectiva y humana que se haya inventado.