Claves
- Redacción EL ARGENTINO Por Milagros Martínez Garbino* Lo veo a mi alrededor.
- Hay personas de ochenta años que pasan gran parte de su tiempo solas, encerradas en sus casas, mientras la vida sucede afuera.
- Que necesitan una ciudad más amigable, que las invite a salir y no que las encierre.
Redacción EL ARGENTINO Por Milagros Martínez Garbino* Lo veo a mi alrededor. Hay personas de ochenta años que pasan gran parte de su tiempo solas, encerradas en sus casas, mientras la vida sucede afuera. Que necesitan una ciudad más amigable, que las invite a salir y no que las encierre. Que necesitan vínculos, propósito, alguien que las llame, un lugar donde sentirse parte de algo.
Y hay otras, también, que necesitan cuidados que hoy recaen sobre familias muchas veces sobrecargadas, que asumen esa responsabilidad sin apoyo ni preparación y que terminan pagando un costo invisible que la sociedad todavía no reconoce ni reparte. Pero cuando vemos personas de ochenta años o más que tienen proyectos que las despiertan a la mañana, deseos, ganas y razones para levantarse cada día, nos maravillamos y todos quisiéramos llegar así.
Personas que tienen mucho para dar y que merecen que como sociedad les hagamos lugar. Cuando imaginamos a una persona de ochenta o noventa años solemos pensar en dependencia y medicamentos. Pero pocas veces pensamos en alguien que puede enamorarse, empezar un proyecto, aprender algo nuevo, disfrutar una cena con amigos, viajar, reírse, emocionarse o hacer planes para el año siguiente. Alguien que todavía desea, sueña y espera cosas de la vida. Porque esos años que estamos ganando no son años vacíos.
Son años para seguir siendo quienes somos. En Argentina, la esperanza de vida pasó de 73 años en 2000 a 77,4 años en 2023. A nivel mundial, la población mayor de 65 años pasará de 857 millones de personas a 2.400 millones hacia fines de este siglo. Mientras tanto, la natalidad retrocede. En Entre Ríos, los nacimientos cayeron un 40% entre 2015 y 2023. El resultado es una pirámide poblacional que se invierte lentamente, pero sin pausa.
En Gualeguaychú, según el Censo 2022, el 17,8% de la población tiene 60 años o más, por encima del promedio provincial. El envejecimiento de nuestra ciudad no es una proyección futura: es una realidad presente. Detrás de esos números hay personas que ya están viviendo treinta o cuarenta años después de jubilarse, algo que ninguna generación anterior había transitado en estas dimensiones.
Los sistemas de seguridad social fueron diseñados para una población que vivía pocos años después de retirarse, no treinta años más. La seguridad social, los sistemas de salud, las estructuras urbanas, incluso los modelos de ahorro e inversión que aprendimos, todos fueron pensados para una demografía que ya no existe. Las últimas décadas nos enseñaron a planificar financieramente para llegar a la jubilación. El nuevo desafío es aprender a planificar una vida completa después de ella.
Porque ahorrar dinero es importante, pero también lo es construir salud, vínculos, curiosidad, propósito y redes de apoyo. La longevidad no se prepara unos años antes del retiro: se construye durante toda la vida. Para que esos años puedan vivirse plenamente, necesitamos empezar a pensar ciudades que inviten al encuentro y no al aislamiento. Necesitamos una salud que no solo prolongue la vida, sino que preserve la autonomía, el movimiento y el bienestar mental.
Necesitamos construir vínculos que nos sostengan cuando el trabajo deje de ocupar el centro de nuestros días. Y también necesitamos poder mirarnos al espejo y reconocernos, sentir que seguimos siendo nosotros, que seguimos teniendo un lugar en el mundo y razones para participar de él. Pero la construcción colectiva va más allá del diseño urbano o los sistemas de salud.
Hoy los cuidados en la vejez se resuelven en soledad, en el mejor de los casos los carga la familia, o se delegan en un geriátrico cuando ya no hay otra opción. Hay un espacio enorme entre esos dos extremos al que le falta mucho por explorar: redes de cuidado comunitarias que repartan la carga y mitiguen la soledad, políticas públicas que acompañen sin institucionalizar, modelos que permitan envejecer con dignidad y pertenencia, cerca de los propios, integrados a la vida del barrio y de la ciudad.
Eso no se construye solo. Requiere decisión política y voluntad de pensarlo antes de que la urgencia nos obligue a improvisar. No se trata solo de planificar para el futuro, las personas que hoy tienen ochenta o noventa años no son solo el espejo de lo que nos espera. Son una generación que acumula experiencia, memoria, perspectiva y tiempo, todo lo que a los que andamos corriendo nos falta. Lo que nos estamos perdiendo por no escucharlos es enorme.
Así como solemos decir que hay que escuchar a los jóvenes porque representan el futuro, también necesitamos escuchar a nuestros mayores porque forman parte fundamental del presente. La revolución silenciosa que ya está ocurriendo en nuestras ciudades no es tecnológica ni económica. Es demográfica. Estamos aprendiendo a vivir más años de los que cualquier generación anterior imaginó. Y la pregunta más importante no es cuántos años vamos a vivir, sino qué vamos a hacer con ellos. No alcanza con prolongar la vida.
Hay que llenar de vida los años ganados. Como toda realidad que llegó para quedarse, nos deja dos opciones: esperar que nos alcance o empezar a construirla. Yo elijo construirla. *Economista
Delta