Claves
- Por Leticia Mascheroni La historia de los molinos empezó lejos y llegó recién con la inmigración a la ciudad.
- Los movidos por el viento tienen un origen remoto: ya en el siglo VII se utilizaban en Persia (hoy, Irán) para el riego y para moler el grano.
- En estos artefactos, la rueda que sujetaba las aspas era horizontal y estaba soportada sobre un eje vertical.
Por Leticia Mascheroni La historia de los molinos empezó lejos y llegó recién con la inmigración a la ciudad. Los movidos por el viento tienen un origen remoto: ya en el siglo VII se utilizaban en Persia (hoy, Irán) para el riego y para moler el grano. En estos artefactos, la rueda que sujetaba las aspas era horizontal y estaba soportada sobre un eje vertical. Estas máquinas no resultaban demasiado eficaces, pero aun así se extendieron por China y el Oriente próximo.
En Europa, los primeros aparecieron en el siglo XII en Francia e Inglaterra y se distribuyeron por el continente. Eran unas estructuras de madera que se hacían girar a mano alrededor de un poste central para levantar sus aspas al viento. El molino de torre se desarrolló en Francia a lo largo del siglo XIV. Consistía en una torre de piedra coronada por un armazón rotativo que soportaba el eje y su maquinaria superior.
Estos ejemplares tenían una serie de características comunes: de la parte superior sobresalía un eje horizontal y de allí partían de cuatro a ocho aspas, con una longitud entre 3 y 9 metros. Las vigas se cubrían con telas o planchas de madera y la energía generada por el giro del eje se transmitía, a través de un sistema de engranajes, al mecanismo del molino emplazada en la base de la estructura.
El paisaje de las chimeneas Desde mediados del siglo XIX, Gualeguaychú crecía con casas bajas, pocas calles empedradas, mientras que las chimeneas y las veletas delineaban el paisaje. La lenta pero sostenida afluencia de inmigrantes que arribaban a la ciudad contribuyó al incremento de los saladeros y de los molinos harineros.
Así, fue surgiendo el molino de viento de don Lázaro Fontanarrosa, cuyo torreón desmantelado podía verse en la que fue luego la chacra de los Copello, ubicado al norte sobre la actual calle La Rioja. Acompañaban las tahonas movidas por caballos o por mulas de Etchezarreta, Carabelli, Cabilla, Torell, Bentacour y Molinari. En 1850, Buada y Crucet instalaron el primer molino a vapor en Seguí, entre Rivadavia y Luis N. Palma, llamado Molino Chico, que no tuvo la importancia de los otros.
Diez años después, Leonardo Caviglia inauguró un moderno establecimiento que ocupaba toda la manzana, ubicado en las actuales Borques, Andrade, Caseros y Bolívar, cuyo equipamiento fue traído de Londres. Elaboraba harina de maíz y de trigo, galletitas y fideos; sus productos se vendían en todo el país y se exportaban, para lo cual contaba con una fábrica de envases de hojalata, una imprenta para el etiquetado y un aserradero.
Lamentablemente, el 27 de marzo de 1884 un incendio lo destruyó por completo y se lo conoció por mucho tiempo como “el molino quemado”. Sobre sus ruinas, Pedro Augras levantó La Hobena por 1890. Finalmente, fue inaugurado en enero de 1908, según refiere el periódico local El Noticiero. El edificio tenía una nave central en forma de T, subdividida en cuatro espacios principales. A su alrededor se encontraban las dependencias de servicios, elaboración, empaque y depósito.
La fachada tenía tres planos horizontales separados por cornisas; numerosas aberturas (algunas falsas) modulaban el frente, la mayoría en arco de medio punto en el primer piso. Las de planta baja estaban enmarcadas por rejas de hierro forjado tipo abanico. Las jambas, con molduras y rejas móviles para descarga de mercadería, completaban una fachada de notable factura. El último piso, más corto, mostraba cinco ventanas de vidrios repartidos y arcos de ¼ de punto.
La cornisa doble superior reforzaba los arcos abiertos centrales que enmarcaban la fachada. Sobre las ventanas de la planta intermedia se distinguía el nombre de la empresa: Fábrica de Galletitas La Hobena y en la pared que daba al norte se leía La Hobena. Contaba con su propio sector de empaque y distribución. Las cajas que contenían el producto eran muy apreciadas, sobre todo por los dibujos artesanales, diseños proporcionados desde Buenos Aires, que distinguían la calidad.
Lya y Puma eran las galletitas preferidas y sus sabores y presentación eran muy requeridos para regalos al tiempo que para exportación. Sus nombres se prestaron para la rima en la publicidad que hacía en los periódicos locales. El 20 de mayo de 1927, la sociedad La Caridad festejó sus cincuenta años, con una exposición comercial e industrial en los jardines de la Sociedad Rural en Rocamora, próximos a la estación del ferrocarril.
Allí expuso La Hobena sus mercaderías que contaron con la aprobación de los concurrentes. No escapó a la crisis económica de mediados de siglo. La escasez de materia prima, la dificultad para conseguir mercados producida por un mundo en guerra y la mecanización agotaron la brillante trayectoria de este emprendimiento. Hoy, su edificio vetusto es testigo mudo de una época de esplendor y se ha salvado felizmente de la demolición.
También en 1860, los hermanos Esteban, Andrés y Domingo Carabelli transformaron su primitiva tahona en un importante establecimiento que denominaron Molino Central y el fideero La Esperanza, ubicado en Tucumán (actual Roca), entre Urquiza y Del Plata (actual Luis N. Palma). Ocupaba media manzana y por 1903 se asociaron con don Luis Luciano. Se dedicaban a la compra y venta de cereales, de máquinas agrícolas y de cigarrillos Monterrey y Vencedor; también era depósito de harinas, maíz y trigo pisado.
En este molino se construyó el primer pozo semisurgente de la ciudad, con una profundidad de 55 metros. Con el progreso, vendría el Establecimiento Molinero y los elevadores de granos San Pablo de Pablo Rossi y Cía. en 1876, situado en México (hoy Alberdi), cerca de donde se instalaría el ferrocarril. Por 1945 lo adquirió La Plata Cereales SA, que lo rebautizó Molino Concepción. Más tarde lo compró Goldaracena Hnos. SA y, en homenaje a Joaquín Goldaracena, pasó a llamarse Molino San Joaquín.
Cierra la historia de este predio un titular de Urdinarrain que lo denominó Molino Ross. En un paseo por los alrededores de la Avenida Parque y el Corsódromo, se pueden apreciar algunas estructuras que han vencido el paso del tiempo y traen añoranza a los más “grandecitos”, de épocas en que el silbato del tren anunciaba la próxima partida y los molinos se rodeaban de carros y carruajes que esperaban para transportar la carga.
Detrás de cada uno de estos nombres hay un inmigrante que llegó a una ciudad en construcción y apostó a alimentarla. No vinieron a hacer historia; vinieron a trabajar. Que su obra se cuente hoy, más de un siglo después, es la mejor prueba de que lo lograron. *Complejo Cultural Magnasco
Delta