domingo, 24 de mayo de 2026
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Entre Rios

Los primeros caudillos, el brazo armado de la Patria en el litoral

Surgidos de una sociedad rural explotada como una simple fábrica de materias primas, los primeros líderes entrerrianos lograron transformar a una masa...

Publicado Por El Dia OnlineLectura 8 min
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Claves

  • Surgidos de una sociedad rural explotada como una simple fábrica de materias primas, los primeros líderes entrerrianos lograron transformar a una masa popular postergada en un ejército comprometido con la causa de Mayo.
  • Esta modalidad produjo un notable desfasaje en la balanza comercial, que exigió a la región abastecer la demanda, en cantidad, calidad y época requeridas.
  • El equilibrio entre lo que salía de nuestros puertos y lo que comprábamos en manufacturas sólo se podía lograr con la provisión excesiva de productos de la tierra.

Surgidos de una sociedad rural explotada como una simple fábrica de materias primas, los primeros líderes entrerrianos lograron transformar a una masa popular postergada en un ejército comprometido con la causa de Mayo. El texto que sigue, parte de Cuadernos de Gualeguaychú, es de la historiadora local Nati Sarrot, quien a través de su investigación reconstruyó el rol decisivo de figuras como Bartolomé Zapata, José Gregorio Samaniego y un joven Francisco Ramírez en los albores de la Revolución.

Surgidos de una sociedad rural explotada como una simple fábrica de materias primas, los primeros líderes entrerrianos lograron transformar a una masa popular postergada en un ejército comprometido con la Revolución de Mayo. A través de su destreza y mando natural, figuras como Bartolomé Zapata y un joven Francisco Ramírez fueron fundamentales para movilizar los recursos de la región y enfrentar el dominio realista en las villas del Paraná y el Uruguay en los albores de la Revolución.

En tiempos anteriores a mayo de 1810, Entre Ríos apareció como una fábrica que producía materia prima que, por la Bajada, o embarcaderos y puertos naturales sobre el Paraná y el Uruguay, salía y se colocaba en Buenos Aires, Montevideo y Santa Fe; y desde esos centros se dispersaba, en operaciones totalmente ajenas a la determinación de los productores, hacia destinos que requerían y pagaban según criterio y conveniencia.

Esta modalidad produjo un notable desfasaje en la balanza comercial, que exigió a la región abastecer la demanda, en cantidad, calidad y época requeridas. El equilibrio entre lo que salía de nuestros puertos y lo que comprábamos en manufacturas sólo se podía lograr con la provisión excesiva de productos de la tierra. Si a ello se suma lo que se desangró en un contrabando que complicaba a Portugal, Inglaterra y Holanda, entre otros países, el perjuicio aumenta gravemente.

Para lograr la explotación, se ocupó un gran número de peones que efectuaban un trabajo depredador de la riqueza ganadera, maderera y mineral de la zona, por acción que ordenaban unos pocos terratenientes, en general, no residentes en el lugar, y que desplazaban a los pobladores.

Esa forma de vivir en Entre Ríos generó una masa popular a la que se conformó con una paga exigua y la disposición de carne, leña y algunos “vicios”, indiferente e incapacitada para acceder o entender a los acontecimientos económicos y políticos de su región, más lejos aún a los del Virreinato del Río la Plata o los de Europa.

Sin embargo, algunas características de ciertos pobladores hacendados, convivientes de aquella masa, les fue configurando una imagen que los convirtió en líderes de quienes admiraban su coraje, destreza y condición natural de mando. Son esos líderes “los primeros caudillos”, a quienes se les sigue sin preguntar, sin cuestionar, confiados en sentirse interpretados y representados.

Así surgieron, en cada zona, personajes de cuya vida poco conocemos, los que, desde el momento en que alboreaba la Patria, comprometieron su poder y sus bienes, jugando roles que mucho pesaron en el destino de la marcha de la Revolución. A ellos se recurrió cada vez que fueran necesarios. De algunos de esos primeros caudillos ha trascendido el nombre y ciertas hazañas que respaldan su fama.

Los inflamó un espíritu de amor a su región, y la defensa de ella embargó sus bienes y hasta su vida que entregaron sin esperar premios, ni menciones honoríficas. Tanto la campaña de Entre Ríos como la de la Banda Oriental fueron semilleros pródigos. El más resuelto es, sin duda, Bartolomé Zapata, vecino de Gualeguay.

Rivalizaron en valor, Mariano Aulestia, José Gregorio Cardoso y José Francisco Taborda, de Nogoyá; José Gregorio Samaniego, de Gualeguaychú; Pablo José Ezeyza, de Gualeguay; Bergara, Suárez, Rivarola, Román y, entre ellos, un joven del Arroyo de la China, Francisco Ramírez. En la otra Banda, el hacendado Paredes, el cura Martínez, el dominico Mestre, el alcalde Arbide.

Sobresalió por su actividad, Miguel del Cerro, acaudalado ganadero quien dejó Buenos Aires para ponerse al frente de los paisanos de su provincia oriental. Los hechos revolucionarios Producidos los hechos que culminan en mayo de 1810, la Junta de Gobierno difundió sus propósitos, en circulares veladas al principio con la manifestación de fidelidad al Rey Fernando VII de España.

La adhesión a las disposiciones del 27 de mayo a los Cabildos, originó respuestas inmediatas de total apoyo de las tres Villas del sur entrerriano. El de la Villa de Arroyo de la China (Concepción del Uruguay) y el de Gualeguaychú se pronunciaron el 8 y el 22 de junio, respectivamente. Por referencias de notas posteriores, se sabe que Gualeguay lo hizo en una fecha cercana, aunque no se encuentra el documento de su adhesión.

No extraña la actitud de los cuerpos capitulares del sur de Entre Ríos, integrados en su mayoría, por españoles realistas que también posteriormente juraron obediencia al General Juan Ángel Michelena, cuando, desde Paysandú cruzó el río para asegurar el apoyo de nuestras Villas a la causa que sostuvo el Gobernador Vigodet, desde Montevideo. La Bajada del Paraná, erigida el 13 de enero de 1810 aún sin haber designado cabildantes, envió una nota de adhesión el 3 de julio envía.

Allí la Revolución encontró un ambiente favorable a su acción: recibió al delegado de la Junta, Manuel Belgrano, en marcha al Paraguay, con el total apoyo en hombres, armas, caballos y vacunos para fortalecer sus huestes. Estancieros poderosos como Antonio Candioti, Gregoria Pérez de Denis, el alcalde Juan Garrigó, el cura Antolín Gil Obligado y una cantidad de vecinos merecieron el entusiasmo con que el Teniente Gobernador de Santa Fe redactó su oficio a la Junta en estos términos: “No puedo menos Señor Exmo.

que hacer presente a V. E. el mérito de aquellos habitantes y singularmente el del señor cura Vicario de aquel destino y el del señor Alcalde, pues con el motivo de haberme dejado.... Algunos impresos relativos al acopio de caballos, los pasé a aquel destino y tuvieron tanta aceptación, que se inflamaron tanto, los ánimos de los habitantes que, a porfía ofrecían caballos de lo que éste lleva una lista”.

Definidas las actitudes de los de las Villas de las costas del Uruguay y del Paraná, en el centro de Entre Ríos, los primeros caudillos custodian la extensa y difícil región de montes, arroyos y cuchillas, a las que conocen hasta en los más recónditos lugares y en la que parecen tener misteriosos medios de comunicación como para servir a la causa de los criollos y de los españoles que acompañan el ideal de la Revolución.

Uno de ellos fue Bartolomé Zapata, quien se presentó a Martín Rodríguez en Santa Fe, en cuanto Michelena concretó la toma de las Villas costeras al Uruguay, poniéndose a sus órdenes. Recibió la misión de hostigar a los realistas, confiriéndole el grado de Capitán Comandante de la Compañía de paisanos que lograra reunir. Existía la amenaza de que José Gervasio Artigas, al frente de fuerzas españolas, avanzara sobre la Bajada.

Pero se retiró de los pagos de Nogoyá en diciembre de 1810, despejándose la tensión de los campos patriotas. Francisco Ramírez cumplió, a través de Entre Ríos, la misión de propaganda de la revolución, aún dentro de los cuerpos invasores, y de conducir como correo, las misivas y papeles reservados. Dice Arce que fue quién más hizo para posibilitar la deserción de Artigas y de Rondeau para pasar al servicio de las huestes revolucionarias. Bartolomé Zapata fue requerido por los caudillos de las Villas tomadas.

José Gregorio Samaniego lo reclamó para reconquistar Gualeguaychú, ya liberada Gualeguay (comienzos de febrero de 1811). En la medianoche del 21, Zapata y Samaniego ocuparon los alrededores de nuestra villa y el 22 realizaron su rescate para la causa de Mayo. Desde aquí, volvieron hacia Gualeguay para rearmarse y marchar a Concepción del Uruguay. El 6 de marzo, Michelena, en conocimiento de estos hechos, abandonó la Villa. Junto a él marcharon, con igual destino, notables vecinos realistas.

Zapata ingresó triunfante a ocuparla al día siguiente, reconociendo como Alcalde a Mariano Romero, hechos que comunicó a la Junta de Gobierno. En ausencia del Comandante General Díaz Vélez, surgieron disidencias entre el reconquistador y el Comandante de Milicias Francisco Doblas, por el cargo interino en lugar de Díaz Vélez. El 21 de marzo de 1811, Bartolomé Zapata cayó muerto a balazos, al resistirse a su detención que, el Teniente Mariano Zejas quería cumplir en nombre de Doblas.

El oficio de la Junta fechado en 11 de marzo de 1811, respondiendo al Parte de Zapata en que comunicaba la toma de Concepción del Uruguay para los patriotas, lo condecoró “con el adjunto Despacho de Capitán, esperando continúe con el mismo celo y esmero ejecutando y promoviendo cuanto sea conducente al mismo interesante objeto que se ha propuesto”. El pueblo de Entre Ríos continúo en su lucha por asegurar los derechos a la libertad y al funcionamiento de las instituciones republicanas y federales.

Le correspondió a Bartolomé Zapata, encabezar la lista de los sacrificados por las disensiones civiles que cobrarían tantos esfuerzos y consumirían tanto tiempo en el camino de nuestra historia. José Gregorio Samaniego y otros criollos continuaron la faena para brindar hazañas que asegurarían la merecida fama ganada en acción por nuestros primeros caudillos.