Claves
- Por Leticia Mascheroni Hubo un momento, en las últimas décadas del siglo XIX, en que las ciudades del interior argentino empezaron a preguntarse qué forma tendría el futuro.
- El progreso llegaba por el río, en barcos que traían maquinaria, técnicos y promesas.
- Esta es la historia de lo que pasó cuando una ciudad decidió, por primera vez, apostarle a la luz.
Por Leticia Mascheroni Hubo un momento, en las últimas décadas del siglo XIX, en que las ciudades del interior argentino empezaron a preguntarse qué forma tendría el futuro. No era una pregunta abstracta: era concreta, urgente y se medía en metros de cañería, en contratos con empresarios extranjeros, en ordenanzas municipales que intentaban regular algo que nadie había visto funcionar del todo. El progreso llegaba por el río, en barcos que traían maquinaria, técnicos y promesas. Gualeguaychú no fue la excepción.
Esta es la historia de lo que pasó cuando una ciudad decidió, por primera vez, apostarle a la luz. El 4 de octubre de 1888, durante la intendencia de Máximo Chichizola, se aprobó la propuesta presentada por Benito Pellerano para el establecimiento de una usina de gas de carbón de leña de primera calidad. Era la primera vez que, con criterio cierto, se encaraba la realización de un “novedoso” sistema de iluminación.
Se exigía la colocación de trescientas cincuenta columnas o brazos de hierro fundido, con sus correspondientes faroles, que deberían permanecer encendidos desde el oscurecer hasta el amanecer. La potencia iluminativa sería de veinte a veinticinco bujías cada pico en faroles esféricos, como los de la ciudad de Buenos Aires, instalados en 1856.
El contrato se hizo por quince años y la empresa se comprometía a abastecer al municipio, sus dependencias, plazas y paseos públicos con un descuento del 25% sobre el valor cobrado a particulares. Pellerano quedaba exonerado de todo impuesto comunal. El circuito por el que se extendería la cañería comprendía dos zonas. La primera recorría desde La Paz —hoy del Valle— hasta Villaguay —hoy Borques—, continuaba por Bolívar hasta la calle del Puerto —hoy Alen— y regresaba a La Paz.
La segunda partía de Federación —hoy Andrade— desde Perú —hoy Camila Nievas— hasta Rocamora, seguía por Mendoza —hoy Primera Junta— hasta Rivadavia, de ahí hasta República Oriental y Perú, y volvía a Federación. Todas estas calles estaban empedradas. La traza que conduciría el alumbrado hasta la estación del ferrocarril quedaría definida en una etapa posterior.
El terreno para la instalación de la usina de gas podía ser de propiedad del particular o del estado y debía estar ubicado al norte de la calle Urquiza y al este de la calle 1º de Mayo. Pellerano debía depositar $5.000 moneda nacional de curso legal antes de la firma del contrato, suma que quedaría para el erario municipal si las obras no se iniciaran antes de los doce meses. Uno de los aspectos más importantes que dilataron la concreción de la obra fue la falta de capitales que la financiaran.
La creación del Banco Territorial Gualeguaychú contribuyó enormemente en este sentido, permitiendo que otras obras de magnitud pudieran plasmarse en realidad. Capitales públicos y privados de Gualeguaychú permitieron dar solidez y garantía a los emprendimientos. La venta de acciones para la usina de gas tuvo pronta acogida, pues los mismos garantes se verían beneficiados por el nuevo adelanto. Uno de los principales accionistas fue Domingo Garbino.
Finalmente, el 24 de enero de 1894 durante la intendencia de Francisco Campi, comenzó a funcionar la usina de gas de carbón de piedra o carbón mineral. Su emplazamiento estuvo en el terreno ubicado entre las calles Misiones, San Juan, Brasil e Ituzaingó en el incipiente Barrio Franco. En poco tiempo, los asombrados paseantes vieron cómo se levantaba el edificio para administración, la imponente chimenea y el gasómetro. José Isola trabajó en la usina desde su comienzo.
Tenía veintinueve años cuando se iniciaron las actividades y en una entrevista que le realizara el diario El Argentino y publicara el 30 de abril de 1940, contó detalles de lo que recordaba. Conoció al ingeniero francés Víctor Russó que dirigió la obra. Cuando le preguntó el porqué del lugar del emplazamiento de la usina, respondió: “Ah!
Mon ami l`homme est comme la gaz que cherche toujours les hauteurs” (Mi amigo, el hombre es como el gas que busca siempre las alturas) y don Isola poco habrá entendido al francés que casi nada sabía de español. Durante varios días observó cómo se cavaban los cimientos y se arrojaban carradas y carradas de material para compactación del suelo. Lentamente, el cuerpo para oficinas de administración y casa para el personal en ladrillo colorado, fue tomando forma.
Máquinas, hierros, un importante cargamento de carbón de piedra y el enorme tanque donde se almacenaría el combustible —gasómetro— llegaron en barcos procedentes de Francia, vía Buenos Aires-Gualeguaychú. ¡Don Isola no pudo ocultar su emoción al recordar el día de la inauguración, toda una fiesta para la ciudad! (Afirmaba que la usina se inauguró el 1º de enero de 1894). Las oficinas se ubicaban hacia el norte, se ingresaba a la planta por el oeste y las viviendas estaban al sur.
Al mismo tiempo que se construía la planta generadora del gas, se extendía la red de cañerías subterráneas de hierro y plomo por las calles empedradas (zona dos del plan de Pellerano). Trepaban por las paredes rematando en bocas para alimentar cocinas y picos de luz interior y los faroles de las esquinas. Se colocaban los soportes en las paredes, verdaderas obras de arte de la herrería forjada, con reminiscencias españolas.
En algunas esquinas aún se observan, ante la mirada indiferente de un transeúnte, ignorante tal vez, de su significado. Los que podían, pagaban un abono extra para ingresar el gas a su casa. Si bien era un combustible seguro, al principio los resultados no fueron buenos; el gas era caro y con mal olor; fue necesario depurar las cañerías para que el combustible llegara en mejores condiciones y contribuyera a apagar las permanentes protestas de los abonados, que no veían satisfechas sus demandas.
En algunos barrios, la Municipalidad recurrió al antiguo alumbrado con kerosene y, esporádicamente, con alcohol, aunque era más costoso. El año de instalación de la usina de gas, la Municipalidad dictó una ordenanza que distribuía las luminarias de encendido de calles y de plazas: en las primeras irían 340; 20 en la Plaza Independencia (San Martín) y 4 en la Plaza Libertad (Urquiza). Debían permanecer encendidas durante todas las noches, salvo los cruceros que se apagaban de 10 a 11 de la noche.
Esta disposición demandó una cantidad considerable de postes de sostén y de farolas. Los artesanos tuvieron buen trabajo y el intenso movimiento de barcos en el puerto demostraba que materia prima no les faltaría. Para 1902, la intensidad de la luz en calles y plazas seguía siendo insuficiente. Por tal motivo, la Municipalidad decidió aumentar la iluminación de la plaza Independencia poniendo en los picos existentes bombas de luz a gas incandescentes.
La medida fue bien recibida por los que frecuentaban la plaza los días de retreta y mayor júbilo produjo la decisión de regar las veredas, ya que los perros cimarrones, los niños que corrían y las escasas lluvias de verano deterioraban considerablemente el calzado y los largos pollerones de las damas.
En 1908 el administrador de la usina de gas era Alfredo Elías, quien informaba a la población que se habían introducido importantes mejoras en todas las maquinarias, lo que reportaría una marcada mejora al servicio “dándole una luz sumamente buena”. Técnicos especializados se habían contratado en la Capital Federal y en pocos días se verían los efectos de ese progreso.
Los corsos adquirieron mayor relieve, pues la 25 de Mayo se reforzó con una iluminación más potente, fruto de la colocación de mayor cantidad de brazos. La empresa de gas hacía enormes esfuerzos por mantener en funcionamiento la planta; la electricidad se abría paso y se veía como inevitable su crecimiento. El 10 de abril de 1915, después de veinte años de intensa actividad, la planta cerró definitivamente sus puertas.
La crisis mundial producida por la gran guerra de 1914 cortó el suministro de carbón de piedra y, aunque se intentó reemplazar por carbón vegetal, los resultados fueron malos. Finalmente, fue adquirida por la Compañía de Electricidad en 130.000 pesos. La electricidad —ese descubrimiento que todavía asombraba— cambiaría la fisonomía, el progreso y el bienestar de la ciudad.
Durante ocho años, la usina de gas y la nueva compañía eléctrica compartieron el servicio de provisión de energía, aunque ninguna satisfizo plenamente las expectativas que generaron. Las instalaciones de la usina de gas permanecieron un tiempo abandonadas y pasaron a ser luego un corralón municipal. Prestaron servicio oportunamente al dar refugio a familias afectadas por las inundaciones. La chimenea roja era visible desde casi todas partes de la ciudad.
Los navegantes que venían por la Cancha Larga la avistaban, antes que nada, junto a la del saladero de Nebel, el molino de Carabelli y el San Pablo. Fue un signo distintivo para la época y su supresión produjo cierta tristeza en la población, sobre todo, en los que habían trabajado en su funcionamiento. No sólo el gas se apagaba. La insigne figura del farolero recortándose en la noche, escalera al hombro, mecha encendida, pasó también a ser un personaje de la historia.
No fue sólo el espacio público el que vivió esa transición. La historia del hotel Comercio está atravesada por la historia de su iluminación: nació con la luz de los candiles por 1870, creció con las lámparas de kerosene en 1898 y en 1907, cuando se instaló la luz eléctrica, fue de los primeros edificios en incorporarla.
Los personajes ilustres, viajeros, transeúntes, que desfilaron por sus instalaciones, habrán apreciado el esfuerzo permanente de sus dueños por dotar al edificio de un mejor confort de acuerdo con lo que la tecnología ofrecía.
En paralelo, Julio Irazusta, gran historiador de Gualeguaychú, en sus Memorias recordaba de niño a ese personaje que, saltando de farol en farol con la escalera al hombro y la mecha encendida, se perdía pronto en la oscuridad de la Plaza Independencia, frente a su casa: “Cuando vino la electricidad, en sus travesuras junto con los chicos del barrio, dejaban el tendal de vidrios rotos de los focos eléctricos y la plaza a oscuras. ¡Ahí recurrían, dice, a las velas de la Candelaria para aplacar la cólera divina!
En el trayecto hacia la Escuela Normal para cursar la primaria, corría velozmente para no llegar tarde, al ritmo del trepidar de los motores de la usina de luz eléctrica, que funcionaba en la calle de la escuela”. Aunque las luces del gas se fueron apagando lentamente, hubo otras que nunca perdieron presencia.
Con motivo de la conmemoración del 25 de Mayo y del 9 de Julio, José María Neyra recordaba: “Por la noche los fuegos artificiales, precedidos de salvas de bombas que estallaban en lo alto deshaciéndose de millares de luces, ponían término a los festejos destinados al pueblo. Reuníase para presenciarlos una multitud que boquiabierta se extasiaba ante las combinaciones de la pirotecnia, que tan bien simboliza ciertas cosas de la vida real que brillan, nos atraen y nos seducen para desvanecerse luego en el humo”.
Luego del fulgor, vendría el regreso a casa en la penumbra proyectada por los faroles de kerosene. * Leticia Mascheroni Complejo Cultural Magnasco Por Sandra Insaurralde
Delta