Claves
- Miguel Céspedes, fraile dominico, paranaense, logró un permiso de la Orden de los Predicadores, y ahora está en ejercicio de párroco de San Agustín.
- En realidad, lo designaron como administrador parroquial.
- Se ordenó en 2004, en su comunidad, la parroquia San Martín de Porres, de barrio Anacleto Medina.
Miguel Céspedes, fraile dominico, paranaense, logró un permiso de la Orden de los Predicadores, y ahora está en ejercicio de párroco de San Agustín. Asumió en abril. En realidad, lo designaron como administrador parroquial. Céspedes, como se dijo, es paranaense. Se ordenó en 2004, en su comunidad, la parroquia San Martín de Porres, de barrio Anacleto Medina. Cuando fue su ordenación volvieron a la ciudad los recordados dominicos irlandeses que iniciaron trabajo pastoral en Paraná a finales de la década de 1960.
Timoteo Mulckahy, Noel Meade y Martin Hunter estuvieron en la ciudad para acompañar la ordenación como fraile dominico de Miguel Céspedes. La orden de los dominicos llegó aquí en 1967, por invitación de quien entonces era arzobispo de Paraná, monseñor Adolfo Servando Tortolo, y lo hizo para atender pastoralmente la parroquia de San Agustín, entonces en sus inicios, y cuando en la zona estaba todo por hacer en materia de evangelización católica.
Aquí llegaron con la vocación intacta y la avidez por hacer propio aquel mandato del fundador, Santo Domingo de Guzmán, que los envió a predicar y a salvar almas en todos los pueblos, con opción preferencial por los pobres. Llegaron de Irlanda sin una formación en el español de estas tierras y debieron hacer un curso ultra rápido para dominar las palabras básicas. Sin haber concluido esa batalla con el idioma, un buen día debieron partir de San Agustín.
Fue en el verano de 2001, un año antes de que aquí estallara la crisis social más furiosa de los últimos tiempos, y que ellos conocieron a la distancia. “Soy dominico, de esos dominicos que anduvieron por acá, por San Agustín”, se presenta. -¿Los irlandeses? -Sí.
Soy vocación de ellos, y me fui con ellos, y después de 30 años volví a Paraná porque quería, de alguna manera, devolverle a mi pueblo, a mi gente de Anacleto Medina, de Guadalupe, de Gaucho Rivera, de acá de San Agustín, lo que me regalaron, que fue esta vocación sacerdotal. -¿Tu ordenación fue en la capilla San Martín de Porres? -Sí, fue en San Martín de Porres, un 27 de marzo de 2004, cuando ya había hecho todos mis estudios canónicos, y también, como soy religioso, mis votos perpetuos.
-¿Qué rescatas del trabajo que hicieron los dominicos en la zona de San Agustín? -Yo estoy en la parroquia madre, porque esta es la parroquia madre de Guadalupe, de Cristo Peregrino. Han dejado una huella muy marcada en mucha gente. Dejaron el compromiso con la gente, con el pueblo, de caminar junto al pueblo. Es parte de nuestra formación como religiosos dominicos: somos frailes predicadores. Nuestra orden se llama la Orden de Predicadores, y es predicar la buena noticia, pero no con palabras sino con acciones.
Lo que quedó en el corazón de nuestra gente de San Agustín, de Guadalupe, del Volcadero, de Humito, de Gaucho Rivero, de Anacleto Medina, es la presencia muy sencilla de estos hermanos frailes que caminaban el barrio. Y eso es lo que quedó como testimonio de esta buena noticia de que Dios siempre se acuerda, y que Dios se acuerda de los que están más lejos, y eso es muy importante. -¿Sos el único dominico en Paraná? -Sí. El único. Me dieron permiso por gracia de Dios.
Creo que Dios ha estado ahí para regalarme este tiempo con mi gente. No quería seguir envejeciendo sin poder devolverle algo a las personas que me dieron a conocer a Cristo. Dicen que nadie es profeta en su tierra. Yo no vengo a ser profeta, sino a ser ser testimonio de Cristo y de ese amor que tiene por del pueblo. Yo no quiero tener olor a oveja, quiero tener olor a pueblo, porque me parece más explícita y concreta esa expresión. Tener olor a pueblo es estar con ese pueblo, sobre todo un pueblo sufriente.
De la Redacción de Entre Ríos Ahora
Delta


