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Ni Una Menos: porque 11 años no bastaron para que nos escuchen

A once años del primer Ni Una Menos, la violencia de género continúa cobrándose vidas en Argentina. Entre recuerdos personales, casos que marcaron a una generación y una realidad que persiste, esta columna reflexiona so…

Publicado Por La PiramideLectura 4 min
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Claves

  • Simone de Beauvoir fue, es y seguirá siendo una de las grandes referentes del movimiento feminista.
  • Sus reflexiones sobre la política, la sociedad y la condición de las mujeres inspiraron a generaciones enteras a luchar por sus derechos.
  • Y sus palabras siguen vigentes hoy, quizás más que nunca: "No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados.

Simone de Beauvoir fue, es y seguirá siendo una de las grandes referentes del movimiento feminista. Sus reflexiones sobre la política, la sociedad y la condición de las mujeres inspiraron a generaciones enteras a luchar por sus derechos. Y sus palabras siguen vigentes hoy, quizás más que nunca: "No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados.

Estos derechos nunca se dan por adquiridos, deben permanecer vigilantes toda vuestra vida." A once años del primer Ni Una Menos, esta frase resuena con fuerza. Vivimos en una sociedad que se considera más libre y más consciente de las desigualdades de género, pero la realidad sigue golpeándonos de frente. En Argentina, una mujer es asesinada aproximadamente cada 30 horas. Basta con mirar las cifras para entender que la violencia de género sigue siendo una deuda pendiente.

El movimiento Ni Una Menos nació en 2015 como una respuesta colectiva al femicidio de Chiara Páez, una adolescente de 14 años asesinada en Rufino, Santa Fe. Su cuerpo fue hallado enterrado en el patio de la casa de su novio, de 16 años. Chiara estaba embarazada de tres meses y se había negado a interrumpir ese embarazo. Su asesinato generó una conmoción nacional y dio origen a una de las movilizaciones feministas más importantes de la historia argentina.

Sin embargo, antes de Chiara hubo muchas otras historias que marcaron a una generación. Recuerdo que en 2011, cuando yo tenía apenas ocho años, el primer caso que me impactó fue el de Candela Rodríguez. Era una niña como yo. Vivía en Villa Tesei, partido de Hurlingham. El 22 de agosto de ese año salió de su casa para encontrarse con unas amigas e ir a una actividad de scouts. Nunca regresó. Lo que más recuerdo no es solamente la búsqueda desesperada ni el dolor de su familia. Recuerdo cómo se la juzgó.

Cómo se juzgó a su madre. Las preguntas no apuntaban a los responsables, sino a ellas, con quién hablaba la nena, por qué iba sola, qué hacía, por qué la madre no la acompañó, qué responsabilidad tenía la familia. Una vez más, la sociedad parecía buscar explicaciones en las víctimas antes que en los victimarios. Dos años después, otro caso conmocionó al país. Ángeles Rawson tenía 16 años y vivía en el barrio porteño de Palermo. El 10 de junio de 2013 regresó de una clase de gimnasia e ingresó a su edificio.

Nunca salió. Al día siguiente, su cuerpo fue encontrado dentro de una bolsa de residuos en el predio de la CEAMSE de José León Suárez. Su asesinato volvió a exponer una realidad dolorosa, las mujeres no siempre corren peligro en lugares desconocidos, muchas veces el riesgo está más cerca de lo que imaginamos. En 2017, la violencia machista volvió a llevarse otra vida.

Micaela García tenía 21 años, estudiaba para ser profesora de Educación Física, militaba en el Movimiento Evita y participaba activamente de Ni Una Menos. Fue asesinada en Gualeguay. Su nombre se convirtió en bandera y su historia impulsó la creación de la Ley Micaela, una herramienta fundamental para la capacitación en perspectiva de género dentro del Estado. Podríamos seguir nombrando casos, Agostina Vega, Dulce Candia, María Soledad Morales, y tantas otras. Mujeres, niñas, hijas, hermanas, amigas, compañeras.

Historias que quedaron truncas porque alguien creyó tener derecho sobre sus vidas. Por ellas. Por las que ya no están. Por las que siguen sufriendo violencia. Por las que tienen miedo de volver solas a casa. Por las que aún buscan justicia. Hoy gritamos. Hoy marchamos. Hoy seguimos luchando. Porque nadie tiene derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, nuestras vidas o nuestros sueños. Nadie tiene derecho a perseguirnos, acosarnos, golpearnos o asesinarnos.

A once años de aquel primer Ni Una Menos, el reclamo sigue siendo el mismo y continúa siendo urgente. Nos queremos vivas, libres y sin miedo.