martes, 16 de junio de 2026
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Entre Rios

Oro Verde: Mario Wolff Furlong y los abusos a menores: la condena del SOCIO, AMIGO Y CUSTODIO de Daniel Enz

La causa de los abusos de Oro Verde dejó una de las condenas más graves de la historia judicial entrerriana. Entre los condenados aparece Mario René Wolff Furlong, ex comisario, hombre de medios y …

Publicado Por La CalderaLectura 5 min
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Claves

  • La causa de los abusos de Oro Verde dejó una de las condenas más graves de la historia judicial entrerriana.
  • Entre los condenados aparece Mario René Wolff Furlong, ex comisario, hombre de medios y señalado durante años como parte del entorno directo de Daniel Enz.
  • La pregunta que todavía incomoda es por qué un caso de esta magnitud no tuvo, en determinados espacios mediáticos, la misma intensidad investigativa que otros expedientes menos sensibles al poder.

La causa de los abusos de Oro Verde dejó una de las condenas más graves de la historia judicial entrerriana. Entre los condenados aparece Mario René Wolff Furlong, ex comisario, hombre de medios y señalado durante años como parte del entorno directo de Daniel Enz. La pregunta que todavía incomoda es por qué un caso de esta magnitud no tuvo, en determinados espacios mediáticos, la misma intensidad investigativa que otros expedientes menos sensibles al poder. La causa conocida como Oro Verde no fue una causa más.

Fue una historia de horror, abuso, sometimiento, explotación y daño irreparable contra niños. Un expediente atravesado por años de demoras, maniobras defensivas, silencios institucionales y una verdad que recién logró abrirse paso cuando la Justicia ya no pudo seguir mirando para otro lado. En ese expediente terminó condenado Mario René Wolff Furlong, ex comisario general de la Policía de Entre Ríos, a 22 años de prisión efectiva.

La condena no fue menor ni lateral: se lo consideró responsable por delitos vinculados a la promoción de la corrupción de menores agravada, en una causa que involucró a tres hermanos víctimas de un entramado familiar y social de abusos. Pero Wolff Furlong no era un desconocido. No era un marginal sin vínculos. Durante años fue presentado en distintos ámbitos como hombre cercano a Daniel Enz, periodista que construyó poder, influencia y reputación pública bajo la bandera de la investigación.

Furlong fue mencionado públicamente como ex socio, productor, custodio y hombre del entorno mediático-policial de Enz. Y esa cercanía, frente a una condena semejante, exige una pregunta periodística elemental: ¿qué sabía el poder mediático entrerriano y qué decidió no mirar? La causa tuvo un elemento central: la declaración de las víctimas en Cámara Gesell.

Durante años se habló de un video perdido, de registros que no aparecían, de una verdad infantil que parecía quedar atrapada entre expedientes, dilaciones y silencios. La intervención de la ex esposa de uno de los protagonistas habría sido decisiva para que esa prueba no terminara sepultada en el olvido. Sin esa persistencia, probablemente la causa habría seguido el camino de tantas otras: archivo, descreimiento, revictimización y protección indirecta de los adultos con poder.

El caso expone algo más profundo que una condena penal. Expone una matriz. En Entre Ríos, cuando los abusos involucran a personas conectadas con estructuras policiales, judiciales, políticas o mediáticas, la verdad suele llegar tarde. Y cuando llega, llega mutilada: sin todos los responsables sentados en el banquillo, sin todos los encubridores investigados, sin todos los silencios explicados. La condena de Wolff Furlong debería haber sido un terremoto público.

No solo por la gravedad de los hechos, sino por su trayectoria: policía, hombre de confianza, actor mediático, persona con relaciones suficientes para moverse durante años en zonas de impunidad. Sin embargo, en determinados medios, el caso no tuvo la centralidad que merecía. Se informó lo judicial, sí; pero no se investigó el entramado. No se abrió la pregunta incómoda.

No se reconstruyó quiénes lo protegieron, quiénes lo presentaban socialmente, quiénes compartían proyectos con él y quiénes prefirieron hablar de cualquier cosa menos de esa relación. Daniel Enz, que ha construido buena parte de su autoridad pública investigando a otros, debería responder una pregunta simple: ¿cuál fue su vínculo real con Mario René Wolff Furlong y qué hizo cuando supo de las denuncias? Porque el periodismo no puede ser una herramienta selectiva.

No puede servir para perseguir enemigos y callar amigos. No puede transformarse en tribunal moral contra algunos y en refugio silencioso para otros. Si un periodista se arroga el rol de fiscal público de la provincia, debe aceptar que también se investiguen sus propias zonas oscuras, sus vínculos, sus socios, sus custodios y sus omisiones. Oro Verde no es solo una causa de abuso. Es una causa sobre la infancia abandonada por el sistema. Sobre niños que hablaron y no fueron escuchados a tiempo.

Sobre una Cámara Gesell que se volvió clave después de años de resistencia. Sobre una condena histórica que llegó tarde, pero llegó. Y sobre una sociedad que todavía debe preguntarse cuántos adultos con poder ayudaron, por acción u omisión, a que el horror durara más de lo que debía. La condena de Wolff Furlong no cierra la historia. La abre. Porque ahora corresponde investigar el segundo plano: el de los vínculos, las protecciones, las omisiones mediáticas y los silencios interesados.

En especial, el silencio de quienes durante años dijeron investigar todo, pero no investigaron con la misma energía al hombre que tenían demasiado cerca. La pregunta queda planteada: ¿qué ayudó a encubrir Daniel Enz, aunque haya sido con silencio, minimización o falta de investigación sobre su propio entorno?

En una provincia donde muchos expedientes se usan como armas y muchas verdades se esconden por conveniencia, el caso Oro Verde obliga a mirar donde más incomoda: no solo al condenado, sino también a quienes lo rodearon mientras el horror permanecía debajo de la alfombra. Web: