Por Francisco Albarenque Rausch (*)
En junio de 1982, mientras se desarrollaba la Guerra de Malvinas, Juan Pablo II realizaba una histórica visita pastoral al Reino Unido. En aquel contexto, y ante la preocupación por la posible interpretación política de su presencia allí, el Papa decidió viajar también a la Argentina. Llegó el 11 de junio y permaneció hasta el día 12.
A mi papá le habían ofrecido un lugar en el colectivo que saldría desde nuestra ciudad, María Grande, a unos quinientos kilómetros de la capital. Cuando mi mamá se enteró, prácticamente lo convenció de que fuera. «Me embaló para que fuera», me contó hace poco. Supongo que percibí algo de esa charla y de ese «embalar». Mi mamá estaba embarazada de mí.
Mi papá terminó viajando. Recuerda haber pasado frente a la Embajada Británica, que estaba vallada por el contexto de la guerra, y haber participado de la misa que Juan Pablo II celebró en el Monumento a los Españoles. En el mismo lugar a donde voy a ver a León en unos días.
Mi mamá no fue a esa visita, para cuidar a tres hijos y uno que venía en camino. Pero cinco años después, en abril de 1987, Juan Pablo II regresó a la Argentina y ahí sí ella pudo verlo. Su segunda visita tuvo lugar entre el 6 y el 12 de abril de 1987 y esta vez fue el turno de ella de verlo en Buenos Aires, a donde fue con mi hermana mayor, Laura. Varias veces me contó de la emoción de haberlo visto al Papa a su paso en el papamóvil.
También mi papá pudo verlo, con mis hermanos Martín y Silvia (mayores que yo), en la visita que en esa gira hizo el Papa en Paraná.
Y ahora estoy por ir a verlo al Papa León, en Buenos Aires. Hay algo de reencuentro familiar en este viaje. No solamente voy a ver a León XIV: también voy a encontrarme con una parte de mi propia historia y, de alguna manera, con un deseo que mi mamá seguramente hubiera compartido.
Pero mi deseo de ver al Papa no tiene solamente una explicación nostálgica o familiar. También hay una dimensión bíblica y devocional. Siempre me impresionó un pasaje de los Hechos de los Apóstoles (5, 15), en el que se cuenta que sacaban a los enfermos a las calles y los colocaban en camillas para que, al pasar Pedro, al menos su sombra alcanzara a alguno de ellos.
Es una escena muy fuerte. Una multitud que busca acercarse al apóstol, que desea estar cerca de él, que espera recibir algo de aquella presencia.
Cuando pienso en las multitudes que se congregan para ver al Sucesor de Pedro, no puedo evitar recordar ese pasaje.
Quizás por eso quiero estar allí, entre tantas personas, aunque solamente pueda verlo unos instantes.
También quiero ir porque León XIV es alguien a quien admiro. En un mundo donde determinados liderazgos políticos parecen pretender que todos se alineen detrás de sus intereses, me resulta importante que el Papa conserve la libertad de hablar. Me interesa particularmente su posición frente a quienes tratan de cristianizar o deificar posiciones de extrema derecha contrarias a la dignidad humana y la justicia social. No interesa dar nombres, creo que no es necesario.
Después de haber sido elegido Papa hace más de un año, León XIV explicó que había elegido ese nombre pensando en León XIII, el Papa que, a finales del siglo XIX, afrontó los desafíos sociales de la Revolución Industrial.
Con todo lo que pasa a nivel global y las posiciones de extrema derecha, a mí el nombre León también me lleva a otro Papa: León Magno. Cuando pienso en León Magno enfrentando a Atila, aquel episodio histórico en el que el obispo de Roma se encontró con el poderoso jefe de los hunos (representado en la pintura de Solimena que acompaña estas líneas) encuentro una imagen que tiene eco en el enfrentamiento del Papa León XIV con poderosos líderes mundiales. No es algo que se haya iniciado con León XIV.
Ese mensaje no es original de este Papa. Como me dijo un sacerdote amigo poco después del último cónclave: «León XIV tiene la estética de Juan Pablo II, la precisión de Benedicto XVI, pero el mensaje es el mismo de Francisco».
Quizás, cuando finalmente lo tenga delante, sea solamente durante unos segundos. Pero no importa. Para mí, ese encuentro tendrá detrás muchos años de historia. En definitiva, no voy solamente a ver a un Papa. Voy también a encontrarme con una parte de mi historia.
(*) Francisco Albarenque Rausch es profesor de Inglés; exseminarista.
Delta


