Claves
- Taty Almeida falleció este domingo a los 95 años.
- La muerte de Taty Almeida, ocurrida este domingo a los 95 años en el Hospital Italiano de Buenos Aires, devolvió a la primera plana a una de las voces más reconocidas del movimiento de derechos humanos argentino.
- Taty era sobrina del exgobernador Raúl Uranga y prima hermana de todos sus hijos.
Taty Almeida falleció este domingo a los 95 años. La muerte de Taty Almeida, ocurrida este domingo a los 95 años en el Hospital Italiano de Buenos Aires, devolvió a la primera plana a una de las voces más reconocidas del movimiento de derechos humanos argentino. Detrás de la figura pública de la Madre de Plaza de Mayo, sin embargo, hay un hilo menos transitado que la unía de manera profunda a Entre Ríos: su sangre materna venía de Paraná, de una de las familias tradicionales de la capital provincial, los Uranga.
Taty era sobrina del exgobernador Raúl Uranga y prima hermana de todos sus hijos. Su nombre real era Lidia Estela Mercedes Miy Uranga. Había nacido el 28 de junio de 1930 en el barrio porteño de Belgrano, en el seno de una familia castrense. Su padre, Carlos Vidal Miy, era un oficial de Caballería de origen salteño. Su madre, en cambio, llevaba el apellido que la ataba a esta provincia: Alicia Uranga, según la propia Taty, provenía «de una familia muy tradicional de Paraná, Entre Ríos».
Alicia era, ni más ni menos, que una de las hermanas del exgobernador de Entre Ríos, Raúl Lucio Uranga, quien condujera esta provincia entre 1958 y 1962. Nacido en Paraná en 1906, abogado formado en la Universidad de Buenos Aires, Raúl Uranga llegó a la gobernación en las elecciones de 1958 por la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), el sector que respondía a Arturo Frondizi.
Su triunfo se apoyó, como en buena parte del país, en los votos del peronismo proscripto, que siguió la indicación de Perón de votar por las listas frondicistas. La marca distintiva de su gestión quedó grabada bajo el río. Fue Uranga quien impulsó la obra que terminó con el aislamiento carretero de Entre Ríos: el túnel subfluvial que une Paraná con Santa Fe por debajo del cauce del Paraná.
El 15 de junio de 1960, junto al gobernador santafesino Carlos Sylvestre Begnis, firmó el tratado interprovincial que dispuso su construcción, una decisión que ambas provincias adoptaron para sortear la inacción del Estado nacional. La obra, inaugurada en 1969 con el nombre de «Hernandarias», recién en 2001 pasó a llamarse, en homenaje a sus impulsores, Túnel Subfluvial Raúl Uranga–Carlos Sylvestre Begnis. El gobierno de Uranga fue interrumpido por el golpe militar que derrocó a Frondizi en 1962.
Recuperada parcialmente la vida institucional, fue electo diputado nacional en 1965. Murió en su Paraná natal el 26 de junio de 1976, tres meses después del golpe que instauró la última dictadura, en un país que ya había empezado a contar sus desaparecidos. En ese entramado familiar se crió Taty Almeida. Eran cuatro hermanos: el varón llegó a coronel y las mujeres se casaron con oficiales de Aeronáutica. El único civil que ingresó a ese mundo fue su marido, Jorge Almeida.
Criada entre uniformes y certezas, durante años creyó que los males del país venían de la mano del peronismo. Esa mirada, tan propia de su clase y de su época, se hizo añicos de un día para el otro. El 17 de junio de 1975, su hijo Alejandro Almeida, de 20 años, militante del ERP, fue secuestrado por la Triple A durante el gobierno de Isabel Perón. Nunca volvió.
En la búsqueda desesperada de respuestas, Taty golpeó las puertas de los militares que su familia conocía -entre ellos quienes luego serían jerarcas de la dictadura, como Albano Harguindeguy o Leopoldo Galtieri- y encontró silencio, evasivas y complicidad. Aquel desengaño fue su punto de quiebre. A partir de 1979 se sumó a las Madres de Plaza de Mayo.
Cuando, en 1986, el movimiento se dividió, integró la Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, de la que con los años llegaría a ser una de sus principales referentes y, finalmente, su presidenta. La mujer que había nacido en una familia atravesada por las Fuerzas Armadas terminó convertida en uno de los símbolos más persistentes del reclamo de memoria, verdad y justicia. De aquella búsqueda quedó también un legado íntimo.
Entre las pertenencias de Alejandro, Taty halló una pequeña agenda con poemas que revelaban su sensibilidad y su compromiso militante, uno de ellos dedicado a ella por si algo le ocurría. En 2008 los reunió en el libro «Alejandro, por siempre… amor», que sumó testimonios de familiares y amigos, y que años más tarde derivó en un disco en el que esos textos fueron recitados por figuras como Alfredo Alcón, Joan Manuel Serrat, Raúl Rizzo e Ismael Serrano.
Era su forma de devolver a su hijo a la vida pública, de hacerlo, según sus palabras, parte de la historia de todos. Hay en esa historia una simetría que no deja de conmover. La misma familia entrerriana que le dio a la provincia un gobernador y la obra de ingeniería que la sacó del aislamiento, le dio también a la Argentina una Madre reconocida, tal como sucediera también con Laura Bonaparte, fallecida hace unos años.
Raúl Uranga murió en 1976 sin llegar a ver el destino final de la causa de su sobrino nieto Alejandro ni el alcance de la transformación de su sobrina en aquella mujer del pañuelo blanco. Taty nunca perdió el vínculo con Entre Ríos. Visitó la provincia en numerosas ocasiones para dar charlas y participar de actos por los derechos humanos -estuvo en Gualeguaychú, fue recibida por organizaciones de derechos humanos en numerosas oportunidades en Paraná- y su figura inspiró trabajos como el documental Taty Almeida.
Historia de una Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, del realizador Claudio Pipo Sautu. La relación familiar con los Uranga en Paraná fue con aquellos que lograron vinculaciones con el peronismo, como el caso del exdiputado provincial Martín Uranga, cuyo origen fue el Partido Intransigente, previo al retorno de la democracia, aunque luego se enroló en el solanismo, sector al que actualmente pertenece. Hasta el final repitió la consigna que la resume: “La única lucha que se pierde es la que se abandona”.
La misma firmeza, quizás, con la que un tío suyo se había empeñado, décadas atrás, en horadar el río para unir dos orillas. De aquella estirpe paranaense, la de los Uranga, salieron las dos cosas: la obra que conectó a Entre Ríos con el resto del país y la mujer que ayudó a que el país no olvidara a sus desaparecidos. En Concordia, casi la mitad de la población es pobre y más de uno de cada 10 vecinos no reúne siquiera el dinero para comprar la comida que necesita.
En el Gran Paraná, un tercio de las familias vive por debajo de la línea de pobreza. En las dos ciudades el cuadro empeoró en el último tramo de 2025, contra la tendencia nacional.
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