domingo, 7 de junio de 2026
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Tecnología y una deuda con la educación

Tecnología y una deuda con la educación

Publicado Por La CalleLectura 4 min
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Claves

  • El país discute, con razón, cómo convertirse en proveedor global de litio, gas no convencional, agroindustria de precisión y servicios del conocimiento.
  • Pero esa conversación ocurre sobre un cimiento que se está desmoronando en silencio: el de la formación del capital humano.
  • Y los números, lejos de ser un detalle pedagógico, constituyen la variable macroeconómica más subestimada de la próxima década.

LA TRAMPA DEL CONOCIMIENTO: ARGENTINA QUIERE SER POTENCIA TECNOLÓGICA CON EL 73% DE SUS CHICOS SIN ENTENDER UNA REGLA DE TRES Hay una contradicción en el corazón del relato económico argentino que casi nadie se anima a nombrar. El país discute, con razón, cómo convertirse en proveedor global de litio, gas no convencional, agroindustria de precisión y servicios del conocimiento. Pero esa conversación ocurre sobre un cimiento que se está desmoronando en silencio: el de la formación del capital humano.

Y los números, lejos de ser un detalle pedagógico, constituyen la variable macroeconómica más subestimada de la próxima década. Las pruebas PISA de la OCDE ofrecen un diagnóstico que debería ocupar la primera plana de cualquier debate de política económica. El 72,9% de los estudiantes argentinos de quince años no alcanza el nivel básico en matemática. Siete de cada diez. En lectura y en ciencias, la mitad de los adolescentes no llega al umbral mínimo de competencia.

El país quedó en el puesto 66 de 81 sistemas educativos evaluados, detrás de Chile, Uruguay, México, Perú, Colombia y Brasil. Toda la región, sin excepción relevante, nos superó. El contraste internacional es todavía más elocuente, y conecta de manera directa con la discusión sobre el tipo de Estado que un país elige construir. Singapur lidera el ranking con una diferencia de 197 puntos sobre Argentina, una brecha que la propia OCDE traduce en casi cinco años de escolaridad. No es una casualidad estadística.

Singapur es, precisamente, el caso testigo de una nación que planificó su desarrollo con un Estado inteligente, capaz de articular sistema educativo, política industrial y demanda productiva en una misma estrategia de largo plazo. La calidad de su capital humano no es un accidente cultural: es el resultado de una decisión institucional sostenida durante décadas.

El dato que invalida el optimismo de los recursos La fe argentina en los recursos naturales como motor automático del desarrollo tropieza con una restricción que ninguna reserva de litio o de gas puede levantar. Solo el 0,5% de los estudiantes argentinos alcanza los niveles más altos de desempeño en matemática. En el promedio de la OCDE esa proporción es del 7,5%, quince veces superior.

Ese 0,5% es, en términos económicos, la cantera de ingenieros, programadores, investigadores y técnicos altamente calificados que una economía del conocimiento necesita para existir. No se puede construir una industria de software, biotecnología o energías avanzadas sobre una base que no produce, en volumen suficiente, el talento que esas industrias demandan. Aquí reside la trampa.

La transición productiva que el país proclama —de la economía extractiva a la economía del conocimiento— supone una fuerza de trabajo con capacidades cognitivas que el sistema educativo, en su configuración actual, no está formando. La brecha entre lo que la economía exigirá y lo que las aulas producen no es una externalidad menor: es el verdadero cuello de botella estructural del desarrollo argentino. Más presupuesto no es más educación La conclusión de política económica es incómoda para todos los sectores.

Defender el presupuesto educativo en términos meramente nominales, como reclama buena parte del arco progresista, no resuelve el problema de fondo. Inyectar más recursos en un sistema que forma para un mundo que ya desapareció equivale a financiar con mayor eficiencia el propio atraso. No se trata de gastar más en lo mismo, sino de transformar qué y cómo se enseña. Esa transformación tiene una dirección clara.

El currículo debe incorporar pensamiento computacional, literacidad en datos y competencias digitales sin abandonar las bases del razonamiento analítico clásico. La educación técnica y vocacional, históricamente despreciada en Argentina como un destino de segunda categoría para quienes “no servían para estudiar”, debe ser reconstruida como columna vertebral del sistema de formación de capital humano para la industria y la tecnología.

Es en ese segmento donde se forja la fuerza de trabajo calificada que la reindustrialización inteligente requiere. Conviene además una distinción que la moda emprendedora suele ocultar. Una cosa es el emprendedor genuino, fundador de empresas que crean valor, generan empleo y abren mercados; otra muy distinta es el cuentapropista de subsistencia, que gestiona su propia precariedad por ausencia de alternativas. El desarrollismo del siglo XXI no aspira a formar lo segundo disfrazado de lo primero.

Los países que se desarrollaron no importaron empresarios: los formaron, dentro de una cultura educativa que valoraba la iniciativa y la creación productiva. La pregunta que la política económica argentina evita formular es la más decisiva de todas. ¿De qué sirve discutir Vaca Muerta, el litio y la economía del conocimiento si siete de cada diez adolescentes no comprenden una operación matemática elemental? No existe desarrollo sostenible posible sobre un capital humano que el propio sistema decidió no formar.

El recurso más estratégico de Argentina no está bajo tierra. Está en las aulas. Y se está perdiendo.