Claves
- Redacción EL ARGENTINO *Jorge Pedro Jurado El 13 de junio es el Día del Escritor en homenaje al nacimiento de Leopoldo Lugones (1874-1938): poeta, cuentista, ensayista y novelista.
- Nació en Córdoba y a los 20 años se radicó en Buenos Aires.
- Se casó con Juana González, con quien tuvo un hijo, Leopoldo llamado “Polo”.
Redacción EL ARGENTINO *Jorge Pedro Jurado El 13 de junio es el Día del Escritor en homenaje al nacimiento de Leopoldo Lugones (1874-1938): poeta, cuentista, ensayista y novelista. Nació en Córdoba y a los 20 años se radicó en Buenos Aires. Se casó con Juana González, con quien tuvo un hijo, Leopoldo llamado “Polo”. En 1928, fundó y fue el primer presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), la asociación civil que, tras la muerte del escritor en 1938, declaró el 13 de junio como el Día del Escritor.
Desde temprano nació su vocación de escritor: compuso poesías, cuentos, relatos, ensayos y una novela. Entre ellos: La guerra gaucha; Odas seculares; Romances del río Seco; El payador, reivindicando al gaucho como una figura cantora y alegre, alejándose del gaucho de la queja de José Hernández. Su única novela fue El ángel de la sombra. Con Emilia Santiago Cadelago, su gran amor, mantuvieron una relación clandestina que el hijo del escritor reiteradamente logró frustrar.
Leopoldo Lugones tiempo después, le escribiría a su amante: “Lo que aquella tarde me cambió la vida, / dejándola a la otra para siempre atada, / fue una joven suave de vestido verde, / que con dulce asombro me miró callada”. No solamente le dedicó Lunario Sentimental, sino que además le regaló un ejemplar de Las horas doradas. Ella, 20 años; él 52. Le enviaba poesías en castellano, francés e inglés, firmadas con seudónimos para mantener en el anonimato su relación con Emilia.
La confidente de ella era su compañera en Filosofía y Letras, María Inés Cárdenas de Monner Sans. Emilia dispuso que, a su muerte, las cartas de amor pasaran a sus manos. En el libro que escribió Leopoldo Lugones sobre cartas y poemas inéditos, conocemos las cartas de un poeta profundamente enamorado: “Cuánto y cuánto te quiero, mi dulzura lejana. No hago ni he hecho más que recordarte y padecer con tu ausencia, y así será, querido amor, hasta que vuelva a verte.
¿Cuándo?” “El sabor de tus labios queridos permanece en mi boca con un gusto de flor, que es el tuyo, mi diamela, y hasta el vacío de mis brazos conserva todavía la suavidad de tu cintura.” “…nunca imaginarás lo que vale como perfume del alma este dolor que me queda, único, de las palabras con que me daba en ti, un delirio, mi pasión, mi sangre, mi tortura, mi agonía…” “Ya entre nosotros no hay poder que pueda borrar el encanto que supimos crear queriéndonos.” “Qué dulce y tierna eres, mi garcita de plata, mi pichoncito de oro.
Y si te tuviera aquí una vez más, una y mil te devoraría”. Las amenazas surtieron efecto. Nunca más se volvieron a ver. Él siguió escribiendo: “Ayer mientras iba del Círculo a La Fronda, ¡tenía tanto deseo de verte! Me parecía a cada instante que serías una de todas; y todas eran feas, vulgares, tontas, cursis. Y la primavera se quedó triste sin su golondrina”. Fueron las súplicas de su padre a Hipólito Yrigoyen lo que a su hijo Polo lo salvaron de la cárcel.
Uriburu, como presidente de facto, lo nombró comisario inspector de la Policía, donde dio rienda suelta a sus métodos de tortura, que incluía la picana eléctrica, que aplicaba en la Penitenciaría Nacional. En febrero de 1938 Leopoldo Lugones le dijo a su secretaria María Alicia Domínguez que debía salir, ya que lo habían convocado a una reunión en Campo de Mayo. En cambio, tomó el tren a Tigre. Llegó a un recreo en un recodo del Paraná de las Palmas.
Pidió una habitación fresca, porque hacía mucho calor, una botella de whisky y una jarra con agua. A la hora de la cena, golpearon a su puerta. “Ya voy”, se escuchó. Como el tiempo pasaba y no la abría forzaron la puerta lo encontraron en la cama. La botella de whisky estaba por la mitad. Se había envenenado con cianuro. Dejó dos cartas, una para su esposa y otra para su hijo. En una nota se leía: “No puedo terminar el libro de Roca. Basta”.
Luego: “Que me sepulten en la tierra sin cajón y sin ningún signo ni nombre que me recuerde. Prohíbo que se dé mi nombre a ningún sitio público. Nada reprocho a nadie. El único responsable soy yo de todos mis actos”. En contra de su voluntad, fue inhumado en la Recoleta. En una reunión social, cuando a Lugones le preguntaron por su hijo, respondió: “No me hable usted de ese esbirro”.
Emilia siempre culpó a Polo del estado depresivo del padre, que lo terminó llevando al suicidio, y que la principal causa fue que haya hecho lo imposible por cortar la relación. El 18 de febrero de 1938, mientras el hombre que amaba moría, Emilia, que se encontraba con una amiga paseando por Montevideo, vio como sorpresivamente su espejo de mano se rompía sin que lo hubiera golpeado. Atinó a decir: “Hoy cambia el curso de mi vida”. Falleció soltera en 1981.
Su última voluntad fue que la enterrasen con un gato de peluche que le había regalado Lugones. Al día de hoy, las luces literarias de Lugones continúan brillando, como escritor y amante enamorado. *Abogado, escritor y periodista Por Luciano Peralta
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