Claves
- Entrevista con Zulma Ruberto, entrenadora de gimnasia.
- Por Julio Vallana Zulma Ruberto: "Los chicos y sus papás tienen cero tolerancia a la frustración".
- “Están un poco más quedaditos porque no experimentan ni exploran”, describió la docente.
Entrevista con Zulma Ruberto, entrenadora de gimnasia. Siempre en movimiento. ¿Qué hacer con las emociones? Escuelas, clubes y chicos, o la nada misma. Por Julio Vallana Zulma Ruberto: "Los chicos y sus papás tienen cero tolerancia a la frustración".
La directora del Centro Gimnástico de Paraná (Cegipa), del Club Ciclista, Zulma Ruberto, analizó la importancia de la gestión emocional en la actividad deportiva, a la vez que remarcó los efectos mentales y de déficit de habilidades que genera el uso del teléfono celular en los niños. “Están un poco más quedaditos porque no experimentan ni exploran”, describió la docente. —¿Dónde naciste? —En Paraná, a dos cuadras del Club Estudiantes. —¿Cómo era la zona en tu infancia?
—Un barrio común y tranquilo, cerca de la Casa de Gobierno, la Escuela Centenario y el Parque Urquiza. Jugábamos en la vereda. —¿A qué? —A las figuritas y a la pelota, con mis hermanos varones, a saltar la soga, la payanca, y en el club. Mi juego predilecto era el elástico, con sillas, a la siesta, y despertaba a todos. Después me hice fan del softbol, practiqué básquet en el CAE, patín, vóley y danza clásica. Buscaba estar siempre en movimiento. —¿Hasta dónde te escapabas?
—No; era muy obediente y estructurada, y mi mamá era bastante rígida y cuando iba a otra casa tenía que llamarla. —¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres? —Mi mamá, docente, y mi papá, viajante. —¿Cuál fue el primer deporte que practicaste? —Natación, desde los seis años, una pasión durante quince años, en los cuales competí. —¿Fue con la actividad que mejor te identificaste? —¡Uh, qué pregunta! La natación era un deporte familiar, ya que lo hacían mis primos, hermanos, mi mamá y un tío.
—¿Cuál fue la mejor época? —Durante la niñez amé nadar, porque me facilitaba amigos durante el verano, con quienes íbamos a competir. A los 14 años me tomé un descanso por rebelde, pero sólo pude estar un mes sin hacerlo, y cuando volví y sentí que lo hacía por y para mí, “volé”. —¿Un entrenador importante? —Nadé en el CAE y en el Rowing. —¿Te lo perdonaron en la familia? —Hubo rivalidad pero mis papás se separaron y cambiamos de club. En el Rowing fue Liliana Abib, por su dulzura y quien me llevó a la docencia.
Siendo yo más grande me pidió que la reemplazara en unas clases, lo cual me abrió otro mundo. —¿Qué tomaste de ella al convertirte en entrenadora? —¡Uh, la dulzura de su trato, que no sé si todavía lo puedo hacer! —¿Qué te aportó la natación? —La constancia, la responsabilidad, la entrega al trabajo, el orden y la puntualidad, ya que en mi casa no eran puntuales. —¿Cuál fue la mejor etapa competitiva? —Cuando decidí hacerla por mí y para mí, que pude entrar a un nacional de invierno. —¿Sentías una vocación?
—Me gustaba cuidar chicos; en una época pensé en ser monja o empleada doméstica. —¿Por qué? —No tengo la menor idea. —¿Por las novelas? —Tal vez sí, porque me gustan. —¿La docencia también fue por mandato familiar? —Parece que sí porque mi mamá era maestra y mi abuela profesora, aunque no lo siento así. —¿Leías? —Sí, mucho, conducta que perdí. Mi abuela materna vivía con nosotros y siempre le gustó, así que había libros. —¿Alguno influyente? —El diario de Ana Frank fue muy movilizador, hasta hoy.
—¿Qué te quedó en torno a eso? —El poder de esa niña. Es “el libro”. —¿Materias predilectas? —Siempre fui muy obediente así que nunca me llevé materias, de las cuales me apasionaban Educación Física y Lengua. —¿Tuviste buenos profesores de Educación Física? —Sí. —¿Dudaste en elegir esa carrera? —Siempre dije que quería hacerla, así que no dudé. —¿Cuándo, durante los estudios, te convenciste de que era lo deseado?
—Entré enamorada al profesorado pero algunos profesores me hicieron decir “este es mi lugar”, como el de Recreación, y cuya clase era pura alegría. —¿Qué enfoque dominante tuvo? —Dependía, porque había profesores que ponían el acento en lo lúdico y recreativo, cuyas clases eran magia y nos sentíamos como niños jugando, mientras que los de los deportes lo hacían en el profesionalismo. En natación lo teníamos a Carlos Scocco, lo máximo. —¿Se integraban las dos miradas? —No, estaban muy separadas. —¿Te hacía ruido?
—No, pero ahora que estamos hablando, sí. —¿Revisaste algo de tu trayectoria como nadadora? —A Scocco lo vi diferente en cuanto a la relación profesor-alumno y cómo transmitía, porque era un maestro especial. Él estaba en Echagüe y lo admiraba plenamente. —¿Cómo te imaginabas siendo docente? —No sé; sabía que daría todo y me comería el mundo (risas), hasta que el mundo te acomoda los patitos. Busqué trabajo y mientras estudiaba ya daba clases de gimnasia, con mi novio.
La gimnasia me apareció y me enamoré en el profesorado, siendo que había ingresado pensando en ser entrenadora de natación. No había mucho desarrollo en Paraná, ya que sólo estaban los gimnasios Cuerpo y mente, y el de Amalia Ruiz. Cuando nos recibimos tuvimos un ofrecimiento para enseñar en Echagüe, pero no pensamos que pudiéramos hacerlo sustentable. —¿Por qué te atrajo particularmente?
—No era de hacer gimnasia, así que cuando comenzamos me voló la cabeza, e hice un instructorado nacional de gimnasia artística y de entrenadora. Encontré otra forma de mover el cuerpo, aunque no pude hacer cosas que los chicos hacen ahora. —¿Referentes de ese entonces? —Mi profe, Mabel Galante. —¿Cómo encararon los inicios? —La competencia siempre nos atrajo, aunque no lo iniciamos con ese objetivo, sino que comenzamos con pocos elementos. Mi novio terminó el profesorado y no hizo más gimnasia.
En Echagüe estuvimos desde 1991 hasta 1994, fuimos a espacios particulares pero económicamente no fue funcional y hasta tuvimos que vender cosas para mantenernos, y volvimos en 2004. Un día, caminando por la zona de Ciclista en 1997, Fernando dijo “aquí podríamos poner nuestro gimnasio”, averiguamos, nos abrieron las puertas y comenzó una gran historia. —¿Qué evolución tuvo la gimnasia desde ese entonces hasta hoy en Paraná?
—Ahora hay muchos gimnasios e instituciones que tienen la disciplina y la práctica creció mucho. También se da en algunas escuelas, porque es una forma de ayudar al cuerpo a desarrollarse de una manera diferente y es muy formadora para otros deportes. Por ejemplo, para hacer salto con garrocha, necesitás algunas bases de la gimnasia, o para hacer yudo, que en el caso de Paula Pareto la practicaba. —¿Por qué es tan deficitario su desarrollo en el sistema educativo?
—Trabajé 30 años en escuelas primarias y amé la Educación Física porque es el vehículo para llegar a que un chico se mueva, y que socialice a través del juego y el deporte. No debe faltar porque es una materia que les trae alegría y felicidad para retomar Matemáticas y Lengua. Necesitamos jugar. —Pero el sistema no le da esa relevancia. —Desde siempre fue igual. —¿Por qué? —No sé, es una cuestión filosófica.
Tuve buenos directores que me dejaron desarrollarla y hacer proyectos grandiosos, porque nos uníamos con las maestras de grado y el profe de Arte, para traspasar la Educación Física. —¿Por qué no se hace sistemáticamente? —En algunos lugares se hace. No sé. Como en todo, el motor es uno y hay que meterle, y en ese sentido no aceptaba un no. —¿Hay algún caso de articulación entre sistema educativo y clubes? —No; a veces hablamos entre los profes. —¿Ideas que podrían funcionar? —Es difícil.
Podríamos ir a las escuelas y hacer captación, lo cual lleva tiempo, aunque lo más cercano sería que los profesores evalúen cuántos chicos pueden ser derivados hacia la gimnasia. Pero está el tema de los recursos del niño para poder hacerlo. —¿Con qué criterios comenzaron a trabajar en Ciclista? —Era un salón que no estaba explotado y lo veíamos como una posibilidad, porque había que ponerle piso y vidrios.
Desde que comenzamos nunca nos sentamos a analizar con qué mirada lo haríamos, aunque siempre lo competitivo estuvo presente. En cuanto a lo humano se dio según nuestra esencia y las herramientas que traíamos cada uno. Ahora, con el tiempo, me encuentro con ex gimnastas y dicen “qué lindo la pasábamos; lo que nos enseñaste; nos tenías cagando pero puedo hacer todas las cosas…”. Entrás en la vida de esas personitas y por entonces no me daba cuenta. —¿Cuánto estuvo presente ese factor humano durante tu trayectoria?
—La profe Lili siempre fue amorosa, nos llevaba a su casa, merendábamos, compartíamos charlas y nos daba consejos, y fue una gran inspiradora. —¿Cómo entrenadora te han resultado incompatibles esta actitud con el factor competitivo? —A nivel conciencia no los tuve pero siempre fueron de la mano: la persona y el deporte, y hoy para mí se trata de una persona que hace un deporte y se forma a través de él. —¿Cuál es el contexto general respecto a eso?
—Estoy a favor de seguir evolucionando y creciendo pero veo que antes nos ingeniábamos y divertíamos con poco y no nos aburríamos, mientras que ahora la tecnología, más allá de todo lo que aporta, que a los chicos les juega una mala pasada. Me gustaría que se aburran un poco más, que tengan momentos de creación y para solucionar problemas. —¿Aunque estés retirada, en qué momento de la docencia notaste que esto se agravó? —Lo que noté fue en torno a la resolución de problemas y situaciones.
No puedo creer que los chicos no sepan los números de sus propios teléfonos. Tengo un hijo de 1993 y la nena de 1995, y con dos o tres años ya le comenzabas a enseñar dónde vivían, cómo se llamaban, el número de teléfono y a quién tenían que llamar. Ahora todas esas herramientas para prepararse, si no tienen el celular, no las tienen. ¿Qué hacen; a quién buscan; dónde van? Por eso es tan importante el deporte como herramienta para ayudar a solucionar problemas. —¿Y en cuanto a la motricidad?
—Están un poco más quedaditos porque no experimentan ni exploran, ni corren ni se trepan a los árboles, jugar a la mancha, a la escondida, como lo hacíamos nosotros. Juegan pero dura un minuto y preguntan qué hacemos. Es difícil decirles ahora estamos haciendo esto, viví el momento. —¿Cómo gestionás esos estados siendo entrenadora? —No hay una sola herramienta sino que hay tantas como gimnastas tengo, porque a cada una tengo que bajarle el nivel de ansiedad, según su vivencia. Pero a veces se me queman los papeles.
—¿Qué otras dificultades son recurrentes? —Tienen cero tolerancia a la frustración y los papás también se frustran, entonces no saben cómo ayudar. Dicen que el chico no quiere ir más pero no es eso sino que tiene miedo o no le sale algo, lo cual hay que explicarlo, porque lo que vale es el intento. —¿Cómo se evidencia la presión de los padres por los resultados?
—Desde el primer momento les planteamos que se sumen al grupo de competencia y explicamos que acompañamos y validamos el proceso, y que no es el resultado lo que nos mueve. Que jamás daremos una clase técnica o sobre qué tiene en cuenta un juez, porque para mí una nota o un puesto no te determina. —Pero se compite para obtener resultados. —No, para lograr superarse a uno mismo. —¿En un torneo? —Voy a dar mi mejor serie y no sé si Buenos Aires lleva una mejor.
Los millones que practican fútbol quieren ganar y no lo logran, pero lo siguen intentando, porque es el motor y entender que di mi mejor versión y estoy formando mi carácter. —¿Qué adoptaste y qué descartaste de cuando te entrenaban a vos? —De lo que me brindaron, tengo flashes del cariño y la forma de recibir cuando llegan, y no mucho más porque no soy la misma de hace diez años y evolucionamos. Lo que ayer pensaba que estaba bien hoy tal vez lo hago diferente.
—¿Cuál es el concepto en materia de entrenamiento más novedoso de los últimos años? —Lo que me atravesó por completo hace unos años es lo relacionado con las emociones y la forma de trasmitir un mensaje respetando cómo llegará al otro. —¿Ejemplos de equipos y atletas en los cuales observás un trabajo de gestión emocional óptimo? —Hay muchos deportes que lo trabajan. En gimnasia se comenzó a trabajar hace un tiempo pero es difícil porque es muy estructurado, y...
Delta