Claves
- Como suele suceder en los pueblos, o en ciudades como la nuestra que conserva ese espíritu pueblerino, el nombre Carlos Fernández puede resultar difícil de identificar.
- Pero cuando se nombra a “Cachilo” Fernández, se sabe de quién se trata.
- Vecino desde el inicio de su historia, nuestro entrevistado se crio entre planchas, secadoras, aditivos textiles… en la Tintorería Albo, propiedad de su padre Rubén, que se ubicaba en La Rioja y Magnasco.
Como suele suceder en los pueblos, o en ciudades como la nuestra que conserva ese espíritu pueblerino, el nombre Carlos Fernández puede resultar difícil de identificar. Pero cuando se nombra a “Cachilo” Fernández, se sabe de quién se trata. Vecino desde el inicio de su historia, nuestro entrevistado se crio entre planchas, secadoras, aditivos textiles… en la Tintorería Albo, propiedad de su padre Rubén, que se ubicaba en La Rioja y Magnasco.
“Era una tintorería muy famosa”, recuerda con afecto Fernández, agregando “mi viejo fue el primero que pintó una furgoneta, allá por el año 70 cuando él salía con Matecito (José Antonio Blanc) que eran muy amigos, como de la familia y después hubo otro colega que también trabajó en el negocio de mi viejo, que fue disc jockey, para mí uno de los históricos y más respetados, que fue Ricardo Ríos”, planchador en el negocio de su padre a quien “le pedía permiso: don Fernández tengo una fiesta, iba en una Gilera negra, llevaba un cajoncito, los equipos valvulares y los parlantecitos”.
Ricardo tomó fama por entonces, más aún cuando comenzó a trabajar con Alfredo Lucardi en la Difusora Grecco, donde “a veces me llevaba; tenía 14 o 15 años y también a los bailes en el club social de Gualeguay, que, a pesar de mi edad, tenía que ir de saco y corbata. Eran unos bailes famosos, como los del Club Recreo Argentino acá, a fin de año”. Allí comenzaron sus primeros contactos con la música, más allá de que “de chico escuchaba en casa en el Winco que mi viejo tenía porque a él le encantaba la música.
Ahí mamé de chico todo lo que era el folclore, jazz, tango, pasodoble, fox trot. Además, mis viejos eran grandes bailarines, iban siempre a una cantina que había en España y Del Valle, se llamaba ´La cantina de la Gaviota´ donde los viernes se armaban los bailongos”. El gusto de su padre, que compraba los discos en Timets sobre calle 25 de Mayo, lo llevó a conocer varios estilos.
“Escuchaba de todo”, recuerda, y “las cumbias que había en ese momento eran Los Wawancó, que más sonaban, El Cuarteto Imperial y después los clásicos para las fiestas, como el Grupo Serpentina. Además, había muchos grupos de folclore, para hacer dulce”. “Cachilo” fue a la primaria en la Gervasio Méndez y luego cursó en la Escuela Técnica N°2, hasta recibirse de tornero.
Mientras estaba en el segundo nivel, hizo un paréntesis en sus estudios para trabajar “en Musical Uno, cuando estaba en calle Italia, pero retomé los estudios en el Agro Técnico, donde terminé en sexto año como experto agrónomo y también hice un curso donde me recibí de inseminador artificial, pero nunca ejercí. Finalmente, me fui a Concepción del Uruguay a estudiar Técnico Vial, pero no pude terminar porque mi viejo estaba complicado de salud y volví y dejé inconclusa la carrera”.
Al poco tiempo empezó “a probar suerte con el tema de la música, que si bien venía de antes, allí aproveché que mi hermano Rubén, el ´Chino´, era el que compraba los discos, que ya andaba en eso, pasaba música con ´Turulo´ Viviani, otro grande. Él pasaba música en los asaltos y yo iba también, pero a bailar nada más, pero miraba cómo pasaban”.
Fernández no se olvida de que “el primer boliche que conocí, porque mi hermano trabajaba ahí, fue Archivaldo, que era una boat, como se llamaba en ese tiempo, que en realidad no era un boliche como los que se conocen, sino que era solamente para parejas. Si ibas solo, no entrabas. Pero yo iba a escuchar música, nada más, además de que no era una buena época para salir porque era en plena dictadura militar”. “Un día mi hermano me dijo que no quería pasar más música y se fue a Bárbaro.
Ahí yo hablo con el dueño de ´Mi Tio Archivaldo´, de apellido Chapes, para trabajar allí y ahí comencé”, rememora. Agregando como dato importante: “Lo único que sabía es que los discos eran negros, redondos, con un agujerito en el medio, nada más. Así que en la semana me puse a escuchar toda la discoteca que había, los discos que se ubicaban prolijamente en un mueble.
En esa época y más en un boliche como ese, se pasaba francés, castellano, brasilero y de inglés nada, salvo melódico, más el folk rock americano, como Neil Diamond, Bread; después un poco de rock en aquella época, Deep Purple y de Brasil a María Creusa, Toquiño Vinicius, los españoles como José José, José Luis Rodríguez, Roberto Carlos, Erasmo Carlos, había que seleccionar muy bien”.
Agrega: “Lo primero que aprendí en la primera noche fueron los insultos que no conocía hasta ese momento, pero fui aprendiendo, porque incluso no tenía mucha técnica de enganche, no es como ahora; antes era el corte rápido, o cuatro golpes y se cortaba.
Hasta que un día, ya estando ahí en Archibaldo, que estaba en calle Ituzaingó, sobre calle Rivadavia, al lado de un mercado, frente a la plaza, habían habilitado otro boliche (La Casona) donde pasaba música gente de Buenos Aires, y resultó ser algo distinto porque ya traían los famosos discos Maxi que los empecé a conocer ahí porque me hice amigo del que pasaba música, que sabía mucho y fue quien me enseñó la técnica”.
Marcó un momento importante para él, ya que “conocí otro tipo de música, empecé a usar la técnica del enganche que me la enseñó él y para mí ya fue distinto”. Y vinieron más momentos y más lugares como O´Barquiño que “era un lugar de lujo, uno entraba como en un barco, los dueños eran fanáticos de los barcos, Guillermo Rivas y Lalo Moreira”, que recuerda era el lugar “adonde iban a bailar la mayoría de los grandes comerciantes que hay hoy; yo los hacía bailar cuando eran gurises”.
Para Fernández fue, como él mismo dice, “un arranque, porque ya venía con más experiencia, ya no zapateaba tanto, era más pulcro y tenía más conocimiento de la discoteca que estaba ahí, una de las mejores discotecas que había porque la persona que estaba compraba discos y tenía un excelente gusto musical, donde se estilaba mucho el brasilero”.
O´Barquiño fue su lugar durante bastante tiempo, hasta que un día decide grabar un cassette con temas enganchados y se lo lleva al disc jockey de Bárbaro, de apellido Isola, quien comenzó a utilizar ese material que “Cachilo” le había alcanzado. “¿Querés venir?”, me dijo, y empecé como iluminador, que consistía en ir manipulando las luces y donde los dedos te quedaban como pata de loro”, recuerda con humor.
Alberto Bahillo y Horacio Rivas comandaban el boliche de Bolívar y Maipú, a quienes recuerda con cariño, “Bahillo era muy estricto, él venía de Zodíaco, una confitería que tenía, si mal no recuerdo, en 25 pasando Montevideo. Y en Bárbaro él veía parejas en el reservado y les decía que el lugar era solo para conversar, o vos estabas bailando en la pista con el pullover en el hombro y el tipo se subía a la pista, te tocaba el hombro y decía: "El pullover, o se lo pone o lo lleva al guardarropa.
Pero cuando vio que la cuestión lo superaba, le vendió la parte a Horacio y se fue”. Fernández siguió su vida buscando nuevos horizontes, por eso en 1985 se fue a trabajar al sur del país, a Río Gallegos, “para probar nomás”, aclara. Y se ofrece como inseminador, pero no tuvo suerte, ni siquiera con los Benetton, dueños de muchas tierras en esa zona. Pero una persona le comenta sobre un boliche que tenía y le pregunta si quería trabajar allí, mientras desplegaba sus dotes de pintor.
Así pasaba toda la semana en el campo y los fines de semana llegaba a trabajar al boliche “Si Discoteque” como mozo “y mientras escuchaba al disc jockey, un muchacho cordobés. Mientras me hice amigo de un señor mayor de Concepción del Uruguay que era el encargado del boliche, además de tener una rotisería ´La Javiana´ donde iba a comer seguido. El disc jockey era un chico bastante soberbio y siempre caía al boliche con una banda de amigotes, cosa que no le gustaba mucho al encargado.
A mi amigo le comentó que yo pasaba música y le pedí me diera unos minutos para pasar en el boliche. 'Te voy a probar', me dijo, y así fue, tuve esa oportunidad y quedé yo”. Al tiempo, decide regresar a su tierra. “Voy a Bárbaro, abro la puerta y estaba vacío. ¿Qué pasó? Estaban Horacio y Molina, el encargado, y les preguntó qué era de la vida del boliche que se llenaba de gente. Y Horacio me dice: 'Hay un boliche, Airwolf, (en Churuarín, entre Gervasio Méndez y Tres de Caballería), donde va todo el mundo'”.
“Cachilo” decide ir a conocer ese boliche “y lo primero que escucho es la misma música que yo ponía en el sur, que seguramente habían traído de Buenos Aires y fue como una novedad para la gente de acá. Vuelvo a Bárbaro y le digo a Horacio: "Conocí el boliche, está bueno, está lindo, pero no es la infraestructura que vos tenés acá, pero si vos me dejás, así de una, en un mes te traigo a la gente de nuevo. En un mes y medio como mucho. Y si no, me voy y no cobro, no te cobro.
Entonces me pregunta: "¿Qué hay que hacer? Hay que ir a comprar música; uno en un boliche vende música y en esa época era ir a comprar, no es como hoy”. Ese “comprar” lo cuenta así: “Antes era más jodido encontrar la música, porque para conseguirla tenías que ir a Buenos Aires, pero había que entrar primero a la disquería, ya que no te daban mucha pelota si no te conocían. Te vendían lo que estaba en las bateas. Entonces, había que romper ese frío.
Así fuimos a la mejor disquería que hay; iba a salir caro porque los discos son importados y en dólares, entre 10, 15 y hasta 25 y 50 dólares, depende si son americanos o ingleses”, aclarando que “hoy comprar un disco, digamos un vinilo como le llaman ahora, es inalcanzable, es un lujo. Yo supe tener más de 400 discos y los vendí a todos y con eso le pagué el estudio a mis gurises.
Porque de qué me sirve tener un disco si no te vas a comprar una bandeja que hoy en día, una profesional Technic, te sale 2 millones y medio de pesos, sin la púa y sin la cápsula”. Con Horacio en Buenos Aires, fueron a la disquería “El Agujerito” que estaba en la esquina de la Embajada de Israel. “El muchacho que estaba ahí lo había conocido porque ya le había comprado cuando estaba en el sur. Y ahí empezamos a comprar”.
Hubo otros contactos para Carlos que le permitieron armar una excelente discoteca en el boliche, incluso con contacto en Montevideo. El desafío fue cumplido por Carlos, quedando Bárbaro como el boliche más convocante. A través de un amigo que hacía un programa en Radio Oriental, que se llamaba “Musicalísimo”, cuenta: “Era en los 80 y ese programa era como Tinelli, pero en Uruguay.
Un día nos fuimos a Montevideo con Horacio y fui a la casa de este muchacho Gustavo Evers y nos hicimos amigos; luego me presentó un disquero y ya después lo llamaba por teléfono a Montevideo y le comprábamos; él me los mandaba”. Después “abrió Sotap –rememora Fernández– y era la competencia, que estaba mi amigo Carlos Barello (Mundolo) y yo siempre lo jodía que él tenía el mejor sonido y la mejor luz, pero el mejor de todos estaba en Bárbaro”.
Pero este legendario boliche de la ciudad, tuvo una baja con la ida de Horacio Rivas “en los 90 y pico, donde ya había entrado Garage, un boliche en Rocamora y Bolívar, con toda una tecnología bárbara. En ese tiempo habré pasado unos meses sin hacer nada, hasta que me llaman de Power, en 25 de Mayo casi España, donde había un disc jockey de Campana y como se quería ir el encargado, le habían recomendado mi nombre. El sábado siguiente ya estaba trabajando; recuerdo que empezaba la época de los CD”.
Un tema aparte que explica: “Al final con Bárbaro me fue extraordinariamente bien y cierra Airwor, aparecieron los matinés de Sotap, pero cuando salgo de Bárbaro me voy a Concepción del Uruguay a trabajar a Laferrouge, de Guillermo Moyano. A Bárbaro llegó un muchacho de Buenos Aires que era operador de Radio Mitre, Mariano Andrade y trabajaba con CD y discos. El CD fue un boom". Pero —aclara— "una cosa es ser operador de radio y otra disc jockey. Una cosa es poner música y otra, leer la pista. ¿Qué pasó?
En un año, cada vez menos gente, y Sotap lleno. Hasta que lo cambiaron, llamaron a Chocho Iriarte y me proponen volver y...
Delta