Claves
- Sin embargo, con el paso del tiempo y al ritmo de transformaciones sociales más amplias, esa mirada comenzó a resquebrajarse.
- En Gualeguaychú, la disciplina dio sus primeros pasos justamente en ese contexto.
- El antecedente inicial se remonta a 2004 o 2005, cuando en Central Entrerriano surgió el primer equipo femenino de la ciudad y también de la provincia.
Por Pablo Díaz Durante décadas, el rugby fue concebido como un ambiente exclusivamente masculino, asociado a un deporte de alto contacto físico y exigencia corporal que parecía no dejar lugar para la participación femenina. Sin embargo, con el paso del tiempo y al ritmo de transformaciones sociales más amplias, esa mirada comenzó a resquebrajarse. En Gualeguaychú, la disciplina dio sus primeros pasos justamente en ese contexto.
El antecedente inicial se remonta a 2004 o 2005, cuando en Central Entrerriano surgió el primer equipo femenino de la ciudad y también de la provincia. En aquel entonces, un grupo de alrededor de 25 jugadoras entrenaba y disputaba partidos amistosos, llegando incluso a participar en un torneo nacional en Chaco. La experiencia no estuvo exenta de resistencias.
“Fue muy resistido, incluso por dirigentes del club en ese momento, que miraban con recelo una práctica que hasta entonces estaba vinculada únicamente a los varones”, recordó Joselo Guidoni, quien fue el primer entrenador de la rama femenina en la ciudad. El impulso inicial llegó de la mano de Elsa Yacobone, quien reunió a las jugadoras y convocó a Guidoni para hacerse cargo del equipo.
Sin embargo, el proyecto encontró dificultades para sostenerse dentro del club y terminó desarmándose algunos años después, tras el alejamiento del entrenador. En 2017, la actividad volvió a ponerse en marcha a partir del interés de nuevas jugadoras y con un mayor respaldo institucional, nuevamente con Guidoni al frente. “Desde entonces hubo etapas de mucho crecimiento, aunque sostener la continuidad sigue siendo un desafío, sobre todo por la dinámica de los grupos”, señaló.
Una de las protagonistas de esta segunda etapa es Anahí Camila Amentas, quien comenzó a jugar entre fines de 2019 y principios de 2020. “Mis inicios fueron a través de mi expareja, que jugaba en el club, y terminé de convencerme cuando entendí que no importa el físico: cualquiera puede jugar, solo se necesitan ganas”, contó. Sobre la evolución de la disciplina, agregó: “Desde el primer día vi lo cambiante que es este deporte.
Pasamos por años con apenas siete jugadoras, otros con 20 o 30, y en los últimos tres años llegamos a ser solo cuatro, pero resistimos. Es un deporte exigente, por el contacto y el miedo a las lesiones. Muchas veces, quienes tienen más experiencia se van alejando por ese motivo, pero nunca dejan de formar parte: siguen colaborando desde otro lugar. Hoy estamos en un nuevo inicio y queremos seguir sumando”.
En esa línea, remarcó las dificultades recientes: “El último año fue muy difícil y las tres jugadoras que quedábamos optamos por frenar. Retomamos gracias a una compañera, Daiana Barrios, que nos convenció de intentarlo una vez más. Hoy arrancamos de cero, con caras nuevas y muchas ganas. El objetivo es sostener el equipo, sumar jugadoras y poder llegar al próximo año en condiciones de competir”. Ese retroceso en Central coincidió con un reacomodamiento a nivel local.
Varias jugadoras se trasladaron a Carpinchos, club que actualmente sostiene el rugby femenino en la ciudad y busca darle continuidad al crecimiento de la disciplina. En la entidad tricolor, el proyecto fue impulsado por Alberto Fiorenza y Manuel Almada, a quienes luego se sumó Facundo Rodríguez, actual entrenador del equipo. “Alberto y Manuel iniciaron el proyecto hace un año y me sumé por un contacto personal.
Cuando arrancamos éramos apenas seis jugadoras y hoy estamos por encima de las veinte, así que el crecimiento en ese sentido es muy grande. Y también se nota en la cancha: desde el primer partido hasta ahora, las chicas evolucionaron muchísimo, tanto en lo individual como en lo colectivo”, explicó. “Hoy estamos enfocados en consolidar el plantel actual, sobre todo en la categoría Sub 18, buscando que las jugadoras aprendan y sigan creciendo.
A futuro, la idea es sumar más categorías juveniles para formar una base que alimente al plantel superior. Sabemos que es un proceso largo, pero estamos convencidos de que el camino es este: trabajar, enseñar y crecer partido a partido”, agregó. Carpinchos, que ya había tenido intentos previos de desarrollar la disciplina, se prepara para competir este año en el Torneo Provincial Binacional, que reúne a equipos de Entre Ríos y Paysandú.
Andrea Ojeda, jugadora con pasado en Central, también se refirió a los desafíos que enfrenta el rugby femenino. “Hoy una de las principales dificultades es lo económico. Para poder jugar tenemos que afrontar el fichaje, la cuota del club, el seguro anual y los gastos de cada viaje, además de cubrir costos como el tercer tiempo, el árbitro y el médico. Para sostenernos, organizamos ventas y rifas para armar un fondo común, aunque muchas veces también ponemos dinero de nuestro bolsillo”, señaló.
Entre avances y retrocesos, el rugby femenino en Gualeguaychú sigue abriéndose camino. El desafío ahora es sostener ese crecimiento y lograr que la disciplina se consolide definitivamente en la ciudad. Por Sandra Insaurralde
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