sábado, 23 de mayo de 2026
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Entre Rios

Feria y solidaridad: la reinvención del comedor Las Tres Hermanas para alimentar a 90 familias

El espacio comunitario sufrió una explosión en la demanda: pasó de asistir a 50 familias a alimentar a 90, incluyendo a niños en situación de calle

Publicado Por Diario El ArgentinoLectura 6 min
Feria y solidaridad: la reinvención del comedor Las Tres Hermanas para alimentar a 90 familias - imagen de origen
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Claves

  • Por Sandra Insaurralde Según datos oficiales correspondientes a abril brindados por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), la pobreza bajó 10 puntos porcentuales y la indigencia 2 en un año y medio.
  • Sin embargo, el costo de vida se disparó: las familias necesitan ingresos mucho más altos para cubrir necesidades básicas.
  • Por ejemplo, una familia de cuatro integrantes necesitó casi $1,5 millones mensuales para no ser considerada pobre.

Por Sandra Insaurralde Según datos oficiales correspondientes a abril brindados por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), la pobreza bajó 10 puntos porcentuales y la indigencia 2 en un año y medio. Sin embargo, el costo de vida se disparó: las familias necesitan ingresos mucho más altos para cubrir necesidades básicas. Por ejemplo, una familia de cuatro integrantes necesitó casi $1,5 millones mensuales para no ser considerada pobre.

En este contexto de alta vulnerabilidad social, la eliminación del Registro Nacional de Comedores y Merenderos (Renacom) profundizó las dificultades de quienes sostienen la asistencia alimentaria. La medida, tomada a nivel nacional en julio de 2025 por el Gobierno nacional, se justificó en supuestas “fallas estructurales graves” del registro y fue reemplazada por relevamientos presenciales y tecnológicos bajo el programa Alimentar Comunidad.

Con esta baja, la asistencia quedó sujeta a verificaciones municipales y provinciales, lo que generó incertidumbre y retrasos en la llegada de insumos. En el ámbito local, crearon el Registro Municipal de Comedores y Merenderos Comunitarios, en el marco del Plan Integral de Abordaje Alimentario y cumpliendo con lo establecido en la Ordenanza Nº 12886/2024, para suplir el vacío. En Gualeguaychú, los comedores y merenderos comunitarios se han transformado en un sostén vital para cientos de familias.

Sin embargo, la ayuda estatal que reciben es limitada y muchas veces condicionada por requisitos burocráticos difíciles de cumplir. En este escenario, referentes como Silvia Benedetti del comedor Las Tres Hermanas, debe apelar a la creatividad y la solidaridad vecinal para seguir de pie.

La cocinera comentó que la Municipalidad les entrega cada semana un listado fijo de insumos: “15 kilos de pollo, 8 kilos de papa, 5 kilos de cebolla, 3,5 kilos de zanahoria, 20 paquetes de fideos, medio kilo de sal, dos paquetes de condimentos, un litro de aceite y 13 cajas de salsa de tomate”. Con eso, explicó, apenas pueden preparar un guiso grande o una comida completa para algunas de las familias, una sola vez a semana.

El resto de los días, el merendero depende de donaciones espontáneas y de la solidaridad de los vecinos. De esta manera: “Con los insumos entregados por el Estado se puede preparar un guiso o plato de fideos con pollo y verduras para unas 80–90 personas. Si tomamos un promedio de cuatro integrantes por familia, la entrega alcanzaría para no más de 22 familias en una comida completa”. Un número que pone en alerta al comedor ya que en la actualidad asisten a 90 familias.

“Hay que buscar formas para reinventarse y poder salir”, remarcó Silvia, consciente de que ya no alcanza con abrir las puertas y cocinar. Uno de los cambios fue la reducción en la cantidad de días de funcionamiento que contrasta con el aumento sostenido de personas que se acercan en busca de un plato de comida, lo que obliga a repensar estrategias y modos de organización.

“La realidad es que muchos merenderos y comedores ya tienen lista de espera: familias que deben anotarse y esperar su turno para recibir asistencia”, afirmó. Este fenómeno refleja cómo los espacios comunitarios se transforman en verdaderos centros de contención social. “Si calculás bien, esos 15 kilos de pollo rinden unas 75 a 90 porciones, las verduras que acompañan son para unas 80 o 90, y los fideos alcanzan para unas 100 a 120.

Pero nosotros tenemos muchas más personas o porciones para entregar”, aseguró Silvia. Un gran ausente desde hace varios meses es el producto lácteo: “La leche me la sacaron desde hace un año porque no tengo espacio físico para dar la merienda. Nosotros nos organizábamos desde la pandemia con botellas de leche, que entregábamos para que, ese niño o niña, la comparta con un hermanito o con un adulto mayor”.

“Hoy, el comedor funciona gracias a dos garrafas mensuales que nos regalan y a donaciones esporádicas de comestibles de vecinos. Un litro de leche, un churro, una galletita, una factura, lo que conseguimos, vamos entregando. No siempre porque no tenemos para dar todos los días”, relató y agregó: “La demanda creció: de 50 familias pasaron a 85 y luego a 90 en muy pocas semanas, con más niños en situación de calle.

No puedo pedirles planillas ni datos a la gente que viene a pedir un plato de comida y no voy a negárselo por cuestiones administrativas. Son chicos que pasan frío y hambre”. Ante la falta de recursos, el equipo que integra el comedor se reorganizó: “La estrategia para seguir funcionando es estar unidas, tirando siempre para adelante, apoyándonos unas a otras.

Todos los días tengo gente golpeando mi puerta para ver si les puedo ofrecer un paquete de fideos, uno de arroz, un colchón, una camita… A mí me duele el alma porque no soy asistente social, pero trato de conseguir lo que puedo y darlo”, contó Silvia. Las donaciones espontáneas son clave: “Me llaman por teléfono y me dicen: ‘Tengo esto para donar, ¿te sirve?’. Mi respuesta es siempre la misma: ¡Acá todo sirve! Lo que me dan lo pongo en el grupo de WhatsApp o si sé que alguien lo necesita se lo llevo.

No tenemos nada que ocultar, nada que esconder, somos transparentes. Ahora, un grupo de vecinos planteó organizar una feria comunitaria en la plaza Trinidad. Cada persona que tenga algo para vender o canjear puede venir, poner su manta, su mesita y hacerlo una vez al mes. La idea es tipo trueque o vender a precio muy accesible para que la gente pueda llevarse un pantaloncito o unas zapatillas para su hijo. No más de 5 mil pesos, porque si vamos a vender caro podemos ir al centro a comprar.

De esta manera, los vecinos van a generar alguna entrada y nosotros tenemos la posibilidad de juntar algo de dinero para el comedor”. Por otro lado, Silvia informó que ya comenzaron a juntar juguetes reciclados para el Día del Niño: “Me preparo dos meses antes para llegar a la fecha bien. Recibimos juguetes, peluches, juegos y todo lo que quieran darnos para los gurises y gurisas del barrio”.

La planificación a mediano plazo y la diversificación de las actividades solidarias se han consolidado como los ejes principales para sostener la estructura de estos espacios. A la par de la recolección anticipada de donaciones para fechas festivas, los integrantes de los comedores coordinan redes de intercambio directo de indumentaria y calzado entre los propios habitantes de la zona.

Estas iniciativas buscan mitigar el impacto de la inflación en la economía familiar y generar alternativas de abastecimiento complementarias a la preparación de las viandas semanales. De esta manera, el tejido comunitario asume funciones que exceden la asistencia alimentaria estricta, transformando los domicilios particulares y los espacios públicos barriales en puntos de recepción de demandas sociales diversas.

La gestión diaria de estos centros depende de la trazabilidad y la transparencia en la distribución de los recursos particulares recibidos, en un escenario donde el incremento de la demanda de porciones convive con la necesidad de implementar mecanismos de autogestión colectiva para evitar el cese de las actividades. Por Luciano Peralta