Claves
- El viernes pasado nos encontramos con esa noticia que uno sabe que en algún momento va a llegar, pero que igual golpea en el pecho como un viento helado bajando por el río Uruguay...
- Quiero aclarar algo de entrada: no les hablo hoy desde el fanatismo ciego de la primera hora...
- Les hablo desde la admiración y el respeto por un tipo que formateó la educación musical de varias generaciones de argentinos.
El viernes pasado nos encontramos con esa noticia que uno sabe que en algún momento va a llegar, pero que igual golpea en el pecho como un viento helado bajando por el río Uruguay... Quiero aclarar algo de entrada: no les hablo hoy desde el fanatismo ciego de la primera hora... Les hablo desde la admiración y el respeto por un tipo que formateó la educación musical de varias generaciones de argentinos. Murió el Indio Solari.
Y aunque este sea un espacio donde nos sentamos a pensar la salud, su partida nos toca de lleno, de una manera casi clínica... Él mismo lo sentó en su mesa y le puso nombre a su padecimiento: "Mister Parkinson". Así llamó a esa sombra que, desde hace ya una década, empezó a disputarle el control de su propio cuerpo... una pulseada diaria contra la rigidez. En mi práctica cotidiana, sobre todo acompañando a las personas mayores, me toca conocer de cerca este diagnóstico.
El Parkinson es una enfermedad jodida, para qué vamos a andar con vueltas o tecnicismos pomposos... No es solo el temblor; es una amenaza directa a la autonomía. Pero fíjense qué interesante cómo el Indio dio esa batalla. Frente al avance de un cuadro que busca paralizarte, él decidió que su subjetividad no se iba a jubilar... Siguió pintando, escribiendo, grabando voces en su estudio, conectando con su gente a través de las pantallas.
En mis casi veinte años de consultorio en "La Histórica", he visto cómo nos cuesta aceptar que los años pasan. El viejo cliché de que "la vejez es una enfermedad" es una mentira cómoda que nos exime de hacernos cargo del dolor de estar vivos... El Indio demostró lo contrario. Eso que los manuales de gerontología llaman "Envejecimiento Activo" no es un eslogan de folleto; es, justamente, adueñarse del deseo y ponerle el cuerpo a la vida, incluso cuando el envase flaquea...
Es rebelarse contra el rol de convertirse en un objeto de cuidado pasivo. Ahora bien, la pregunta clínica que nos quema el cerebro es otra... ¿Por qué nos duele tanto la partida de alguien que jamás nos dio la mano o compartió un mate con nosotros? Ahí es donde tenemos algo para decir los psicólogos. Freud nos hablaba de la identificación como ese lazo afectivo tan temprano que nos une a un otro... Pero no nos quedemos con la teoría fría del pizarrón académico. En la vida real, el ídolo funciona como un espejo.
Si escuchás esa voz áspera todas las mañanas mientras ponés la pava para el mate, si su poesía te abrazó cuando te rompieron el corazón a los veinte... esa voz ya no es ajena. Es parte del living de tu casa, un testigo silencioso de tus batallas cotidianas. En la práctica, uno ve que el ídolo funciona como un amplificador de nuestras propias flaquezas. No admiramos al Indio desde lejos; metemos un pedazo de su mística adentro nuestro para abrigarnos del frío de la existencia.
Al final, el fanático no solo llora al artista. En realidad, está llorando un pedazo de su propia juventud... Llora el viaje en tren, el frío de la intemperie compartida, la complicidad con amigos que quizás ya no ve, o que ya no están. Cuando el Indio se apaga, nos pega de frente el paso del tiempo y la fragilidad de nuestros propios cuerpos. Si el tipo que parecía inmortal sobre el escenario tiene que pelear contra la vejez, nosotros también nos descubrimos vulnerables...
y la factura que nos cobra el tiempo se siente cara. Hacer el duelo por el ídolo es una forma de salud mental colectiva. Es darnos el permiso de llorar juntos para no tener que tramitar la soledad del desamparo cada uno en su casa... El "pogo más grande del mundo" nunca fue un amontonamiento de gente; fue un lazo social que nos salvó del frío. La salud, no es solo la ausencia de enfermedad o tener el colesterol en orden.
Es también la capacidad de producir sentido, de aferrarse a la belleza y de tejer redes con otros... Y en eso, el Indio nos dejó un doctorado sin pisar una sola aula. Que descanses en paz, Carlos. Nos queda la mística, las canciones y esa certeza de que la vejez se pelea con el deseo encendido.
Al final, cuando la sombra de Mister Parkinson se disipe, quedará flotando una pregunta que nos interpela a todos en el espejo: ¿qué estamos haciendo hoy con nuestro propio fuego para que el frío de la intemperie no nos gane la partida?
Delta