Claves
- No porque hayan cambiado los problemas de la gente, sino porque cambió la forma en que la gente vive, se informa y presta atención.
- Y quienes aspiramos a representar a nuestros vecinos tenemos la obligación de entender esa transformación.
- Durante buena parte del siglo XX, la política se construía en los comités, las unidades básicas, los sindicatos, los centros de estudiantes y las plazas.
La política cambió. No porque hayan cambiado los problemas de la gente, sino porque cambió la forma en que la gente vive, se informa y presta atención. Y quienes aspiramos a representar a nuestros vecinos tenemos la obligación de entender esa transformación. Durante buena parte del siglo XX, la política se construía en los comités, las unidades básicas, los sindicatos, los centros de estudiantes y las plazas. Eran ámbitos donde se debatían ideas, se formaban dirigentes y se construían identidades colectivas.
Hoy, en cambio, el principal espacio de encuentro social cabe en la palma de una mano: el teléfono celular. Scrollear es ese gesto casi automático mediante el cual deslizamos el dedo sobre una pantalla buscando algo que llame nuestra atención. Lo hacemos mientras viajamos, trabajamos, esperamos un turno o tomamos un café. Diversos estudios muestran que las personas revisan su teléfono decenas de veces por día y pasan varias horas consumiendo contenidos digitales.
La atención se ha convertido en uno de los bienes más escasos de nuestra época. Muchos dirigentes siguen comunicándose como si viviéramos en el mismo mundo de hace treinta años. Elaboran discursos interminables para ciudadanos que reciben miles de estímulos diarios. Hablan durante una hora para audiencias que apenas les conceden unos pocos segundos. La consecuencia es evidente: cada vez cuesta más conectar con la sociedad.
Como dirigente joven de Entre Ríos, estoy convencido de que la discusión no pasa por demonizar las redes sociales ni por idealizar formas de militancia que pertenecen a otro tiempo histórico. El desafío es comprender el mundo tal como es y no como nos gustaría que fuera. La política ya no ocupa el centro de la vida cotidiana de las personas. Esa es una verdad que debemos asumir con humildad. Los temas políticos apasionan principalmente a quienes hacemos política.
Ya no encontraremos comités o unidades básicas repletos de jóvenes leyendo a Perón, a Gramsci o al Manifiesto Comunista. La mayoría de nuestros vecinos está ocupada trabajando, estudiando, criando a sus hijos o intentando resolver los desafíos concretos de cada día. Por eso, quienes participamos de la vida pública debemos aprender a comunicar de otra manera. Ahora bien, reconocer el cambio no significa resignarse a la superficialidad.
La política del like, cuando se convierte únicamente en una búsqueda desesperada de aprobación instantánea, termina vaciando de contenido el debate público. Un dirigente no puede gobernar a fuerza de tendencias, algoritmos o reacciones emocionales. La buena política sigue siendo, como enseñaba Aristóteles hace más de dos mil años, aquella que busca el bien común. Esa definición no perdió vigencia. Lo que cambió fueron los canales de comunicación.
Hoy tenemos apenas unos segundos para captar la atención de una persona. La tarea consiste en aprovechar esos segundos para transmitir ideas, valores y propuestas, no para reemplazarlos por consignas vacías. En una sociedad líquida, acelerada y fragmentada, la política tiene una responsabilidad aún mayor: ofrecer sentido, dirección y horizonte.
Las redes sociales son una herramienta formidable para llegar a millones de personas, pero ninguna tecnología puede reemplazar la necesidad de construir comunidad, confianza y proyectos compartidos. Creo en una política que entienda la lógica de los tiempos que vivimos sin renunciar a la profundidad. Una política capaz de comunicar en quince segundos, pero también de gobernar pensando en los próximos quince años. Una política que utilice el celular como puente y no como destino.
Porque los algoritmos pueden ordenar contenidos. Pero solamente la política puede darle un rumbo a una sociedad.
Delta